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"Con 72 años estoy como un chaval: no sé qué es un médico"

Endika Armengol puede presumir de haber hecho el Camino ni más ni menos que 70 veces. Ha vivido un terremoto, momentos desternillantes y hasta la muerte de otro peregrino, y lo cuenta todo en un libro

El navarro Endika Armengol, ayer, durante la presentación de su libro Las sandalias peregrinas en el local de O Camiño Empeza Agora - FOTO: Antonio Hernández
El navarro Endika Armengol, ayer, durante la presentación de su libro Las sandalias peregrinas en el local de O Camiño Empeza Agora - FOTO: Antonio Hernández

M. MAYO  | 13.08.2019 
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Dicen que no hay dos caminos iguales. Si no que se le pregunten a Endika Armengol, un jubilado navarro de 72 años que, de existir una categoría en el libro Guiness sobre la Ruta Jacobea, probablemente estaría entre los finalistas por más número de caminatas hechas. Ha peregrinado ni más ni menos que setenta veces a Compostela y asegura que aún le quedan unas cuantas más. "Me siento como un chaval. No tengo ni colesterol, ni problemas de huesos ni nada: casi no sé que es un médico", afirma.

Acaba de terminar su último Camino desde Saint Jean Pied de Port, una de sus rutas favoritas, que le ha llevado un poco más de un mes. Aprovechando su visita a la capital gallega, ayer presentó en el local O Camiño Empeza Agora Las sandalias peregrinas, un libro en el que compila anécdotas y reflexiones sobre sus vivencias jacobeas. "Lejos de ser una guía de viajes, es una colección de recuerdos e historias de otra gente. Cuento cómo viví un terremoto en Sarria, aventuras de bar, cómo superé la pérdida de un amigo que caminaba conmigo, y otras muchas aventuras", relata. A Armengol el amor por la Ruta Xacobea le viene de familia. Cuando aún era muy pequeño, su abuelo Santiago le hablaba del Camino mientras observaban el firmamento desde la casa de su pueblo (Milagro), donde podían verse perfectamente las estrellas. "Me explicaba que antaño la gente seguía la Vía Láctea para llegar a Finisterre, el fin del mundo... Ya por aquel entonces yo quería crecer para poder repetir sus pasos y peregrinar a Santiago", explica.

Tuvo que esperar, no obstante, hasta que cumplió los 46 años, porque su objetivo era recorrerlo entero, como se hacía antiguamente. Su primer Camino, reconoce, fue una pesadilla. "Salí desde mi casa en Tarragona totalmente a la aventura. Por aquel entonces (en el año 92) la señalización del Camino Francés era muy pobre, y básicamente tenía que guiarme por el cielo. Lo peor fue atravesar el desierto de los Monegros, apenas había alojamientos y las condiciones eran muy duras", señala.

Lejos de disuadirle, esta mala experiencia le dio ánimos para hacer una segunda peregrinación, esta vez desde Roncesvalles, de donde partió con un grupo de amigos hasta Compostela. El viaje en grupo no le convenció. "Lo único que aprendí de ese Camino fue que no volvería a hacerlo con gente. Esperar por unos, estar pendiente de otros... eso te aleja mucho del objetivo, que es conectar contigo mismo", afirma. Después de estos primeros viajes las peregrinaciones a Santiago se convirtieron en una auténtica rutina. "Todos los años caminaba una media de tres o cuatro veces. Empecé a probar nuevas rutas, como la portuguesa o la inglesa, y me volví adicto al Camino", confiesa. El trabajo de Endika posibilitaba todas las escapadas, ya que, durante años, el navarro se encargaba de administrar las obras de una cadena de hoteles, y, durante los periodo de construcción, podía cogerse tranquilamente vacaciones. "Ahora estoy jubilado, así que puedo peregrinar hasta seis veces al año. Estoy encantado", señala.

Además de ser un gran aficionado al montañismo, Armengol tiene vocación de comunicador. Desde hace años escribe en revistas sobre cultura y viajes y tiene un libro en el que relata sus vivencias en los Pirineos, donde pasa temporadas junto a su mujer e hijos regularmente. "Siempre me ha gustado comunicar. No me agrada quedarme las cosas para mí. Me interesan las historias de otros, y que la gente las conozca", explica.

En su última obra recopila todas las anécdotas vividas durante sus más de medio centenar de peregrinaciones, algunas más alegres que otras. "Una de las cosas más tristes que me pasó en el Camino fue perder a un amigo, un compañero con el que compartí catorce rutas diferentes. Falleció durante una de ellas, y yo fui el encargado de hacérselo saber a su familia. Les llevé la última foto que nos habíamos hecho juntos junto con una Compostela post mortem".

Otros recuerdos aún le sacan una sonrisa, como cuando "coincidió con un periodista que buscaba desesperado fotografiar a un urogallo y al preguntarle a una lugareña por ellos, le respondió que sí que había visto argentinos y bolivianos, pero que en el Camino no abundaban los uruguayos". El navarro también vivió en uno de sus viajes un terremoto de magnitud 4.7 cuando pasaba por Sarria, y aún recuerda con claridad el gran susto que vivió. "Tembló toda la habitación. Al principio nadie me creía, pero al día siguiente salió en todos los medios", cuenta.

Sobre todas las cosas, la Ruta tiene para Armengol un sentido espiritual. "El Camino no es otra cosa que el camino de la vida. Tienes momentos de euforia, de tristeza, de paz... Pero, por encima de todo, te enseña a vivir con muy pocas cosas, a prescindir del reloj y de los agobios". Una idea que transmite en su libro, con el que espera animar a mucha gente en esta aventura de la vida.