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EL CAMINO DEL CEREAL

De Frómista a Carrión de los Condes (y IV)

Clément (izqda.), asistente social parisino; la iglesia de Villalcázar de Sirga, dedicada a Santa María la Blanca; y Míkel y Márkel (padre e hijo), durante el Camino - FOTO: M. F.
Clément (izqda.), asistente social parisino; la iglesia de Villalcázar de Sirga, dedicada a Santa María la Blanca; y Míkel y Márkel (padre e hijo), durante el Camino - FOTO: M. F.

CRÓNICA PEREGRINA DE MANOLO FRAGA  | 26.08.2019 
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Mila me despide, afectuosa, en el hostal Camino de Santiago al filo de las ocho. Frómista es un pueblo llano por donde pasa el tren. En el cruce del centro se juntan peregrinos y bicigrinos. Los italianos hoy van en masa andando hacia Población. Guillermo, que lleva once años con el bar Arrabal, señala que este es el año "más flojo". Tiene una gorra del Rácing, porque es de Cantabria, y se sorprende de que un joven seminarista quiera ordenarse: "¡Cómo está la vida, por favor!", exhala. En las afueras de la localidad ayudo a orientarse a Clément, un asistente social parisino que busca "reflexionar" porque quiere cambiar de profesión. Entre tanto, nos cruzamos con un rebaño de ovejas cuyo pastor no piensa cambiar el oficio de su vida.

Todos los pueblos de esta etapa están enlazados por rectas kilométricas, con pistas de zahorra en paralelo a la carretera. Las alfombras de girasoles distraen al caminante. Antonio es un parado de la construcción que atiende como voluntario el cuño en la iglesia de San Lorenzo de Revenga. Está de siete a dos y señala que por el pueblo pasan unos ciento veinte peregrinos diarios, "pero solo la mitad sellan", según apostilla. A 1.704 recibió en julio según la estadística que pasó al Obispado de Palencia.

Tras cruzar Villarmentero en un suspiro, la vista no alcanza la siguiente localidad, Villalcázar de Sirga, núcleo que posee una bella iglesia dedicada a Santa María la Blanca, con expresivas arquivoltas bajo un pórtico monumental. Ayudo a una simpática francesa con su autofoto y entro, donde María José cobra un euro por la visita, que merece la pena. En la capilla de Santiago hay una imagen pétrea de Santa María de las Cantigas. Lírica medieval del rey Sabio como esta: "...romeus que de Santiago / y an forón lle contando / os miragres que a Virgen / faz en Vila-Sirga". En esta iglesia se casó una hija de Aquilino, me dice, ufana, ella misma. Con ambos hablo en la calle y acabamos haciéndonos una foto delante del mural que los chavales han pintado de la edificación religiosa que es transición del románico al gótico. Me llevo un décimo de Navidad de este lugar tan interesante a una hora de Carrión. A la salida tropiezo con Paco, que hace de coche escoba de una docena de peregrinos procedentes de la pamplonica Cizur. Es un tipo majo y hablador al que le grabo una entrevista, pero al recordar a un ser querido se le aguan los ojos, aprieta los dientes y no puede seguir. Sabido es que las personas nunca mueren mientras permanecen en la emoción de los vivos.

Enfilo mi última recta interminable y, cuando creo que ya no habrá más testimonios, me dan juego Míkel y Márkel, padre e hijo de once años a los que llevo viendo un par de días. Es su decimoquinta etapa desde Roncesvalles y el chaval, tras algún dolor inicial, "ahora lo lleva mejor". El adulto cuenta que ya hizo el Camino también con su hija, cuando la niña solo tenía nueve años; y él, por primera vez, en el 93. "El Camino es una carrera de fondo, con mucho componente psicológico; y a mí me ha enseñado muchas cosas, entre otras a saber gestionar el dolor", relata con franqueza el vasco, aunque viven en Asturias.

Poco antes de entrar en la villa condal, literaria desde Mío Cid, me cruzo con un francés que cuando llegue a casa de vuelta llevará en sus botas tres mil km. Eso dice. Entonces adelanto a un holandés por las calles en busca de un peluquero. Uno se niega a darme vez para primera hora de la tarde, porque atiende al primero que esté en la puerta. En fin. Me relaja la visita a la iglesia de Santa María del Camino, donde sello por última vez, y donde por última vez veo a María Jesús, la abuela peregrina que también planta aquí la ruta jacobea. Compro el Diario Palentino y un poemario del autor local Ilia Galán: "Los campos de oro / que durante siglos a tantos amamantaron / ya están segados". Un buen entrecot y un par de cafés en el bar España preceden el corte de pelo que me hace Marta en su establecimiento mixto. Revisitar San Zoilo es obligado, donde recuerdo el día que lo descubrí con mi madre, Isabel. Ella me dejó el interés por los cenobios. ¡Buen camino!