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La otra mirada del Camino

Pese a tener una discapacidad visual aguda, John Honeyman ha hecho varias veces la Ruta Xacobea // Se apoya en un bastón de montaña y sigue las flechas amarillas

El escocés John Honeyman ha recorrido diferentes rutas jacobeas que discurren por Italia, Francia, Portugal y España.
El escocés John Honeyman ha recorrido diferentes rutas jacobeas que discurren por Italia, Francia, Portugal y España.

M. MAYO  | 04.08.2019 
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El escocés John Honeyman es un fanático del Camino. Desde que se jubiló hace cinco años ha recorrido muchas de las rutas que discurren por Francia, España y Portugal: la Vía Primitiva, el Camino Mozárabe o el Francés, por citar algunos. No es un peregrino al uso: tiene una capacidad visual diez veces inferior a lo normal, no tiene visión periférica y, en situaciones de baja luminosidad, solo distingue sombras. Nunca han sido un impedimento.

"Siempre que estoy a punto de empezar un viaje en solitario intento convencerme de que una persona como yo, con discapacidad visual y 59 años, no corre ningún peligro ahí fuera. En estos momentos siempre sufro algo de ansiedad, pero ya he aceptado que es algo normal", explica. Honeyman acaba de publicar Confessions of a Blind Pilgrim (confesiones de un peregrino ciego, en castellano), un artículo en el que desgrana cada uno sus viajes con el objetivo de motivar a otras personas con ceguera a superar sus miedos.

Explica, en primer lugar, como la casualidad jugó a su favor un día que viajaba en un ferry camino a Ullapool (Escocia), en el que un señor aficionado al ciclismo le habló de la existencia de la Ruta Xacobea. "Me contó que había hecho el Camino Francés en bicicleta y que el coste de los albergues era solo de 5 euros la noche. Un mes después mi bicicleta estaba lista y yo estaba subido a un avión a Santander", cuenta.

Con esta misma determinación encaró Honeyman sus primeros kilómetros hacia Santiago, que empezaron en San Jean Pied de Port y en los que pronto se vio fascinado por la magia del paisaje y la naturaleza. "En la parte superior de los Pirineos, mirando los campos españoles y sintiendo el sol en la cara me quedé asombrado. Ahí empezó mi historia de amor con el Camino", narra.

No todo fue coser y cantar. El escocés también atravesó momentos muy duros. "Cuando el terreno era muy rocoso y desigual en seguida perdía el control de la bicicleta. No tengo visión periférica y tengo un deterioro en la mácula del ojo; pero esto no me impedía distinguir las flechas amarillas pintadas que señalizan la dirección del Camino. Fueron una gran ayuda", explica.

Aunque fue operado cuando tenía 30 años de cataratas y recuperó algo de percepción, se quedó sin visión estereoscópica, es decir, sin esa facultad del cerebro que permite unificar en una sola imagen aquello que captan nuestros dos ojos. "Para mí es difícil saber si un escalón mide cinco o veinte centímetros. Para solucionar este problema me ayudaba de un palo especial para caminar", cuenta.

No todo era hacer kilómetros, y el escocés explica cómo una buena parte de sus viajes transcurría en bares y locales de ocio de los pueblos que visitaba, donde degustaba los vinos de la zona. "Los peregrinos experimentados, y me incluyo a mí mismo, han reemplazado las visitas a catedrales por los bares. El Camino transcurre entre vino tinto y café". Entre vaso y vaso aprovechaba para entablar conversaciones y conocer a otros peregrinos, que "no tenían problema en compartir aspectos íntimos de su vida mientras almorzaban o se tomaban una copa de vino".

REÍRSE DE UNO MISMO. El humor es para Honeyman su modus vivendi. El peregrino sabe que, ante situaciones adversas, no hay nada mejor que reírse de uno mismo, y cuenta sin ningún tapujo cómo, en sus rutinarias paradas en los bares, la escasa luminosidad le hacía confundir a menudo el baño de hombres y el de mujeres, dando lugar a situaciones muy embarazosas.

En sus memorias también narra otras anécdotas ocurridas durante su estancia en los albergues, en cuyo interior solía imperar la oscuridad y la falta de luz le impedía desenvolverse fácilmente. "Una vez me puse mis zapatillas Crocs en el pie equivocado. Intenté cambiármelas, pero en seguida me di cuenta de que las dos eran del mismo pie. O bien me equivoqué al meterlas en la maleta, o bien le quité a alguien su Croc izquierda por equivocación", reconoce.

Por este motivo -"aunque siempre llevaba conmigo una potente linterna no me atrevía a utilizarla por miedo a molestar a otros húespedes- Honeyman ha comenzado a llevar a todos sus viajes un bastón blanco plegable, que le permite alertar a los demás sobre su discapacidad. "Al principio me resistía a llevarlo conmigo porque no quería llamar la atención. Ahora es un indispensable en mi kit del Camino. Tenerlo me evita situaciones confusas, como entrar en un bar o una tienda y no saber quién me está saludando", explica.

UN CAMINO ESPIRITUAL. Por encima de estas recomendaciones el escocés busca trasladar con su testimonio el trasfondo humano del Camino, en el que, seas o no creyente, la vivencia espiritual es de gran calado. "Cuando hice mi primera peregrinación a Santiago mi padre acababa de morir. Él estuvo conmigo en cada etapa, y cuando llegué a Compostela no pude contenerme y lloré de emoción. ¡También de felicidad!", explica.

Honeyman también recuerda con especial cariño la primera vez que visitó la tumba del Apóstol, un encuentro que llevaba posponiendo desde sus primeras visitas a Compostela. "Fue un momento precioso. Muy, muy emocionante. Yo soy protestante, pero ya tengo suficientes Compostelas como para ser católico", afirma entre risas. Y todo indica que conocer Santiago le ha transmitido fuerza para embarcarse en nuevas aventuras, como la que vivirá junto a una amiga el próximo mes de septiembre peregrinando hasta Muxía. "La vida está llena de Caminos", señala este peregrino. Solo hace falta valor para seguirlos.