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¿Una Xunta Frankenstein a la vista?

LUIS PÉREZ  | 30.06.2019 
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La calidad de la democracia española está en caída libre. La moción de censura truncó la norma no escrita de que gobierne el más votado. Desde entonces, hace un año, a nadie extraña la toma del poder por cualquier formación, incluso la tercera, cuarta o última en apoyo popular. Como consecuencia llegó el Gobierno Frankenstein, en atinada definición de Rubalcaba, a quien sus principales enemigos -los de casa, pues los otros son adversarios- dedicaron los más encendidos elogios, tantos y tan hiperbólicos que bien pareciera la entonación del mea culpa o la manifestación más palpable del cinismo reinante en la política. En España se entierra bien.
Su inesperado fallecimiento no deja de ser un alivio, en el plano político, para el sanchismo. ¿Qué opinaría hoy el anterior líder del PSOE ante el grotesco espectáculo que protagonizan Sánchez e Iglesias, tal para cual, por el poder? Pasaron más de dos meses desde las elecciones y no han avanzado nada. Al contrario, retroceden. Y todo porque uno no quiere que el otro entre en el Gobierno y el otro porque desea pisar moqueta ministerial a cualquier precio. La única discrepancia de ambos es sobre el reparto de cargos. Ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas, que celebraron un mes después los comicios, están ya constituidos o a punto de hacerlo. El Gobierno de la nación, con muchas más responsabilidades y asignaturas pendientes, queda para septiembre. O repite curso. La opción de nuevas elecciones gana peso cada día que pasa. Depende de los intereses de Sánchez. Los del país están claros: urge un gobierno.
Con el primer Gobierno Frankenstein llegaron los decretazos, el modelo de gobernar de los populismos. Véase Trump o Maduro. Al Parlamento se le asigna el papel de florero. Y no se amordaza el poder judicial porque los jueces no se dejan, a pesar de las indicaciones de algunos altos cargos y del expresidente ZP sobre como dictar ciertas sentencias. Si la presión no hace mella se les enmienda la plana con los indultos.
El último episodio acreditativo del deterioro democrático del país lo sufrimos con la renuncia de Borrell a eurodiputado, cargo para el que fue el más votado hace un mes. Las explicaciones no solo son increíbles sino que también contradictorias. Según él, porque se espera un largo periodo en funciones; según la ministra Montero, la investidura es inminente. Borrell se queda por razones partidistas. Es el mejor gancho del PSOE para robar votos a Rivera. A Iglesias ya se los quita Sánchez. Pero, ¿qué pensarán sus votantes? Qué más da.
Negociaciones y pactos secretos, órdagos, teatrillo, disputa por las poltronas, mentiras y medias verdades empobrecen la vida política española, con el Gobierno central como paciente comatoso. ¿Se extenderá la epidemia a Galicia? ¿Tendremos una Xunta Frankenstein para el Xacobeo 2021? Falta más de un año para las autonómicas pero, dado el deterioro de la salud democrática española, es posible que el próximo gobierno gallego esté formado, o apoyado, por cuatro o cinco partidos. Podría llegar antes la vacuna. Extremadura y Castilla-La Mancha superaron la patología.
En Galicia hubo gobiernos bipartitos y tripartitos. Duraron poco tiempo. No porque lo hicieran mal. Cayeron porque es imposible mezclar agua y aceite. Acaba de reproducirse el efecto disgregante con En Marea. Autonomistas y nacionalistas tienen difícil convivencia, ni siquiera en modo instrumental. El rechazo termina aflorando porque, como en física, son elementos con distintas densidades y polaridades.
Como alternativa a Feijóo -el PP lo tiene aun más difícil si no se presenta- estaría el conglomerado disperso de PSOE, BNG, la parte de Unidas Podemos que se cepilló a Villares, la parte que perdió en la que se incluye el magistrado en excedencia y podría ser que Ciudadanos. La pluralidad es una virtud, el guirigay todo lo contrario.