El Correo Gallego

Noticia 10 de 11 noticia anterior de Santiago Santiago | santiago@elcorreogallego.es  |   RSS - Santiago RSS

tribuna libre

Nuestra estación del ferrocarril

MANUEL FRAGA PERIODISTA
A- A+

La actual estación del ferrocarril desaparecerá pronto de nuestros ojos, como para siempre se fue el edificio Castromil. Con la salvedad de que entre ambas "evaporaciones" median más de 30 años. Un tiempo en que no solo mudaron la organización política y social, sino también usos y costumbres. Los lamentos por la pieza modernista aún se escucharon este año, cuando el concurso de proyectos de remodelación de la Plaza de Galicia, lamentaciones ahora unánimes. De aquel inmueble rotundo, distinto, geométrico, queda una foto en el sillón del peluquero Touriño y otras muchas. Pero su imagen evocadora y ambientada solamente la guardamos los que lo vimos y usamos.

Tras la barbarie, cuánto nos han sermoneado autoridades y arquitectos sobre la importancia y trascendencia de conservar y rehabilitar, no solo arquitecturas, sino también espacios y paisajes, y aquí añadiría, emociones. Así que admitiendo la necesidad y urgencia de transformar la que fuera en los 80 la estación de Renfe mejor cuidada de España, aceptemos igualmente la conveniencia de conservar en buenas condiciones la cubierta metálica, al menos. Del conjunto es su elemento singular e identificador. Recuerdo cómo el Colegio de Arquitectos reivindicó en 2001 la vieja nave de Fenosa en Galeras, llamada Casa de Máquinas (obra de Jesús López de Rego Labarta), como "excelente muestra de arquitectura industrial" y declaró la "necesidad de conservar y rentabilizar el patrimonio industrial heredado".

La explanada y configuración arquitectónica de la estación, con esa escalinata que mete hacia dentro el vientre y dibuja una hornacina, fue un espacio de cómodos y agradables paseos para todos, no sólo para la entrada y salida de viajeros. Y veo la farola de varios brazos, frente al edificio principal, mirando a los cuatro puntos cardinales. Y salgo a los andenes y giro a la izquierda para mirar hacia el norte: ahí están los silos de mercancías y, al fondo, una vieja grúa anclada. Y vuelvo sobre mis pasos para mirar al sur y veo las cocheras y las vías que se entrecruzan y serpean. Y vuelvo a la explanada y veo delante del sol de la tarde el viejo vagón de Carlos Abellán, sede de los Amigos del Ferrocarril. ¡Que entre el AVE, por favor! Y preservemos, en esta ocasión, algo más que nuestra memoria emotiva. Me resisto a pensar que solo hay que proteger la zona vieja.