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EL CAMINO DEL CEREAL

De Castrojeriz a Frómista (III)

Pepe y Enrique, en la zona de Castrojeriz - FOTO: M.F.
Pepe y Enrique, en la zona de Castrojeriz - FOTO: M.F.

CRÓNICA PEREGRINA DE MANOLO FRAGA  | 25.08.2019 
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Madrugo una hora más y hacia las ocho dejo mi hospedería, que está después del edificio monumental del Sindicato Agrario. Diría que en Castrojeriz hay una docena y media de alojamientos de todo tipo. Me pongo a la par que Enrique, de Ripoll, que camina con Pepe. A las cinco de la mañana salieron de Hontanas. ¡Eso sí que es madrugar! Este verano llegan a León, y a Santiago en el 22. Con Enrique va colgado de su cachava un nazareno, "objeto de una promesa". La subida inmediata al humilladero de Mostelares se tolera a esta hora temprana y si no vas cargado, como es mi caso, a pesar de su doce por ciento de pendiente. El Jacotrans por cinco euros es un servicio que funciona bien para trasladarte la mochila, aunque hay otros. Igual que las motivaciones, el peregrino puede optar por un formato a su medida, si bien reconozco que el auténtico es el que parte de Roncesvalles y haces de forma consecutiva hasta Compostela, con la impedimenta a la espalda y durmiendo en albergues.

En el llano hablo con dos hermanos italianos, Luana y Michael, quienes sí cargan con sendas mochilas de seis y nueve quilos. Ella estudia español, francés y alemán en la universidad y él es cocinero. Es su primer Camino y se muestran felices: "La experiencia más bonita son las relaciones personales que surgen". Son tan simpáticos que nos citamos en Santiago. Sobre la marcha enlazo con María Jesús, una enérgica abuela de Bilbao que va hablándole a su nieto por vídeollamada. Cuenta que Hugo tiene seis años, padece una enfermedad rara y solo se expresa con gestos. "Pero no importa -matiza-, estamos felices y luchamos por él todos los días, sonreímos y le damos gracias a Dios a pesar de todo". No sé qué replicar.

M.F.
Michael y Luana, dos hermanos italianos. Para ambos es su primer Camino. En la otra imágene, grupo de peregrinos
FOTO: M.F.

En Puente Fitero se agrupan peregrinos y bicigrinos delante y en el interior del albergue de San Nicolás, atendido por voluntarios de la cofradía de San Iacopo di Compostela, cuya sede está en Perugia. Es una ermita medieval con doce camas, que en los últimos días se ocupan todas, según me informa María, natural de Génova: "No hay electricidad, así que usamos velas; y practicamos el rito de lavar los pies a los peregrinos, y luego cocinamos pasta para cenar, claro". (Risas). Y me obsequia con una tostada de pan reciente. También hay café. Unos y otros sellamos las credenciales, tomamos fotos y dejamos un donativo, porque la acogida bien lo merece. Al pie del albergue-ermita está el puente sobre el río Pisuerga que une las provincias de Burgos y Palencia. Por fortuna las nubes se hacen más presentes limitando el rigor del sol cenital.

En Itero de la Vega hago bajar del tractor a Secundino, afable agricultor de 67 años que me explica con detalle cómo se siembra, crece y se cosecha el cereal. Dice que en el campo se vive bien, "mejor que en la capital", y agradece la ayuda de doce mil euros que todos los años recibe de la Política Agraria Comunitaria. Su hospitalidad la demuestra regalándole a los peregrinos tomates e higos de su huerta, y ahora a mí un par de bolsas de trigo y cebada. Nos despedimos con un abrazo.

M.F.
Grupo de bicigrinos
FOTO: M.F.

El camino hoy está lleno, donde los jóvenes italianos son mayoría. Los grupos van escuchando música de su país, mientras hablan y sufren con caminadas como la que nos lleva a Boadilla del Camino, pueblo que se vislumbra a unos cinco kilómetros. La pista parcelaria se hace pesada, así que conviene evadirse bajo el sombrero y desactivar la mirada, porque la visión permanente del destino crea un efecto de espejismo: cuanto más cerca, más lejos parece. En el albergue que está junto a la iglesia de la Asunción hay un animado ambiente cosmopolita donde los peregrinos se saludan al reconocerse. Bebidas y bocatas salen de la cocina en medio del trasiego. Sin embargo, el hombre que me sella en la iglesia comenta que este año está siendo muy flojo: "Yo creo que muchos cogen el autobús en Burgos hasta Sahagún para evitar estos días de calor". ¡Qué sé yo!

Sin más demora, a la 13:45, sigo mi camino hasta Frómista, apenas seis km al borde del Canal de Castilla, dos lugares que llevo años anhelando conocer. Sus árboles y arbustos, por la izquierda, y la contemplación del agua, por la derecha, nos protegen del calor. A ratos hablo con una pareja de Huesca. Ella hizo el Camino Primitivo, desde su inicio en Oviedo, hace once años, y recuerda que "no había nada", ni un maldito albergue donde pernoctar. Al llegar a Frómista tropiezas con el ingenioso sistema de esclusas, que ya no funcionan. Aun así un catamarán de la Diputación, allí amarrado, hace rutas por el canal. La mía termina en la villa, donde después de la siesta visitaré las iglesias de San Martín y San Pedro. En esta última recibo la bendición del peregrino. Su párroco, Juan Carlos, atiende otros nueve pueblos.