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Clarisas: ya no cosen banderines de fútbol pero sí miman grandes joyas del Barroco

Las monjas han dejado de bordar con hilo de oro aunque hacen algunas pastas, muy pocas, por encargo // Sus últimas salidas a la calle son para ir al hospital a cuidar a una hermana.

En primer término, sor Mª Esther (izquierda) con la madre abadesa. En segugundo plano, sor María Adoración y sor María Manuela - FOTO: ANTONIO HERNÁNDEZ
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En primer término, sor Mª Esther (izquierda) con la madre abadesa. En segugundo plano, sor María Adoración y sor María Manuela - FOTO: ANTONIO HERNÁNDEZ

MAR MERA   | 17.02.2020 
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En la página web de Turismo de Santiago figura que en el convento de Santa Clara las monjas de clausura, "además de la oración y demás labores del recinto, realizan por encargo trabajos para particulares e iglesias de la ciudad: planchan, almidonan y bordan en oro (¡incluso banderines de equipos de fútbol!)". Preguntada por esta curiosidad, la madre abadesa recuerda que eran labores que se hacían hace años pero que se han ido perdiendo, "principalmente por la edad de las clarisas. Tenemos una hermana de 96 años y otras también muy mayores y con algunos achaques (una de ellas permanecía ingresada en el hospital Clínico durante la visita de este periódico). Date cuenta de que la más joven tiene ya 53", explica.

Y aunque trabajan sin descanso para que el convento, una de las mayores joyas del Barroco de Galicia, luzca como una patena, además de salvaguardar el rico patrimonio artístico que custodian en el recinto, les faltan manos para ocuparse incluso de elaborar las ricas pastas con gran fama entre los más exquisitos paladares, que también vendían en el torno.

"Alguna vez las hacemos, pero en contadas ocasiones y solo por encargo", comenta sor María Adoración, que se ocupa, entre otras cuestiones, de hacer a diario la comida, un trabajo que no se le da nada mal, según comentan sus compañeras.

Pese a ser conscientes de que son una comunidad muy pequeña, solo compuesta por diez hermanas, no dudan, dentro de un optimismo contagioso entre ellas, que "resurgirá sin duda la vocación en los próximos años y habrá renovación de hermanas en este convento", dicen, a pesar de reconocer que hay crisis vocacional, "que se ha agravado al no haber, como antes, familias numerosas, con muchos hijos", explican.

DEL RÍO SARELA A LA 'PORTA DA PENA'. Aunque solo son diez, las clarisas cuidan con mimo los tesoros del convento que tuvo, como explicó en un reportaje de EL CORREO el catedrático de Historia del Arte de la USC José Manuel García Iglesias, su primera ubicación en las proximidades del río Sarela y el Pedroso. "Tan inadecuado era el lugar para la vida conventual que, en el año 1298, su abadesa va a solicitar el cambio de ubicación, que se concretará con la cesión de un terreno, que hace la familia Vidal, en las proximidades de la llamada Porta da Pena, explicaba García Iglesias.

En él refleja además que en el siglo XVI se hicieron importantes obras en el convento, aunque se tuvo que reedificar el edificio por los desperfectos causados por la caída de un rayo en el año 1669.

El hecho de que el convento de Santa Clara fuese declarado Monumento Nacional en 1940, además de que esté considerado como una joya del Barroco, hace que el recinto sea visitado a menudo por amantes del arte y la arquitectura, aparte de peregrinos o turistas, pudiendo hacerlo antes o después de la Misa de las siete de la tarde.

Y es que además del extenso jardin y huerto, el convento acoge joyas como el retablo mayor de la iglesia, del s. XVIII, sin olvidar el hallazgo del Consorcio, que en 2014 descubrió en las obras de rehabilitación de la tarima del templo una gran cantidad de trazados de 1720 sobre las losas pétreas del pavimento original. "Es la primera vez que aparece el conjunto de trazados necesarios para construir todo un inmueble. Este hallazgo permite comparar esta iglesia con las pocas salas de trazado conservadas en el mundo. Es el mejor ejemplo del barroco en Europa", destacó el profesor de Historia del Arte de la USC Miguel Taín.

Huevos para que no llueva en las bodas

Una de las preguntas obligadas en la visita a las clarisas es la de si continúa la costumbre de las novias de llevar huevos al convento para pedir a Santa Clara que no llueva el día de su boda. "Siguen viniendo no solo muchas novias, sino también amigas y familiares de ellas para traer los huevos. Es una tradición que se mantiene y que no se ha perdido nunca", asegura la madre abadesa. "En verano tenemos tantas docenas que aprovechamos para dar a personas necesitadas o a lugares que los necesiten como es el caso de la Cocina Económica".

Y es que en la comunidad aseguran que "no somos ajenas al sufrimiento, al dolor ajeno o a las necesidades de personas que no tienen ni para comer no solo en el mundo, sino sobre todo en la ciudad". Pese a prácticamente no salir del convento salvo por motivos de salud o para hacer algunas gestiones, sor María Consuelo, que es natural de Palencia, no duda en alabar la ciudad. "Vivir en Santiago es todo un privilegio por su ambiente, cultura y espiritualidad, unas cualidades que entran por los muros", sostiene.