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un perfil desde el espejo

A mi padre, Federico Pomar, in memoriam

Federico Pomar, con su hija Carmen y su nieta - FOTO: Fuco Reyes
Federico Pomar, con su hija Carmen y su nieta - FOTO: Fuco Reyes

CARMEN POMAR TOJO*   | 19.11.2019 
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HACE DÍAS que Compostela está triste, hace días que la lluvia se ha convertido en un conjunto de lágrimas que acompañan a las mías. Hace días que tus cansados pasos no resuenan en el eco de los soportales, hace días que no te veo y parecen eternidades.

Tengo, todavía, mucho que contarte; tienes, todavía, mucho que aconsejarme. Encontraremos la manera de conversar, sigo buscando el cómo y el porqué, sigo inquieta por escudriñar, entre tantos y tantos libros, tus huellas dactilares, tus mensajes subliminales, tus plegarias recurrentes, tus categóricas conclusiones, tus historias inconclusas, tus anhelos y tus instantes.

Eras tan presente que, en la paradoja constatada entre el vacío que nos dejas y la plenitud que, generosamente, nos regalaste, todavía te veo, te palpo, te escucho, te siento. Un ser infinitamente especial, con un estar temerosamente prudente. Un pasado vivido, un presente ralentizado y un futuro por escribir. El día a día pausado de tus reflexiones sobre la vida se alejan en el horizonte de un tiempo y un espacio tan efímeros como infinitos.

La orfandad siempre ha sido una palabra ancestral que parecía referir realidades ajenas, huyendo de ella me la encuentro, me saluda, me persigue y la asumo con dolor, pero con la serenidad de calificar todo en su justa medida. La certeza de que deja hueco quien ha estado, se anhela lo que se ha tenido, se dice adiós a quien, realmente, ha partido de tu lado porque en él siempre se encontraba.

Me pierdo entre tu prosa y tu poesía, releo tus escritos, tan pulcros y ordenados que exigen una lectura ritual y entregada. Eras un ser silencioso, pero bullicioso interiormente, eras centrípeto e introspectivo, pero con mucho por decir. Ahora infravaloro el cuerpo, confío en la trascendencia del alma, pero malentiendo la gloria efímera de la mente, hasta la maldigo. Pienso en la obsolescencia programada de la máquina y en la perennidad del saber que deja de crecer con la caducidad fisiológica del ser humano. Me he quedado sin aprender más cosas, todavía muchas más, te has ido sin enseñármelas, mi gran maestro, mi consejero. Tenías la respuesta adecuada, la mirada sanadora, la interjección precisa, la equilibrada interpretación, el sabio argumento. Y ahora, ¿qué?

Y ahora quién ocupará ese sofá gastado de tus siestas, quien buceará en las librerías buscando el regalo literario más apropiado, quién mantendrá mi amor por la música, quién dejará a los Reyes Magos mensajes en clave, quién comprará el roscón en Navidad, quién usará el viejo bastón para recorrer la Rúa Nova una y otra vez, quién esconderá los cigarros, cual adolescente, en los cajones secretos del escritorio, quién mirará el mar como si fuese un misterioso mundo ante nuestros pies, quién contará historias de payasos y trotamundos.

Tu despedida fue barroca, como tú eras, sonaba Haendel, una urna dorada portaba tus cenizas, y yo leía un enrevesado texto de uno de tus últimos libros en los que invitabas a que los lectores siguiesen tu senda de curiosidad incesante, curiosidad asentada en un sólido recorrido que fue gestando en ti un perfil único, un perfil especial, un perfil tan profundo como intenso, un perfil que, ahora, se refleja en ese versátil espejo del recuerdo, con una mirada subjetivamente emocional, en la que, ante todo, veo a un padre que siempre estuvo, que siempre estará.

Vuelve a llover en Compostela, inspiro, gotas de lágrimas, llanto desde el cielo. Presencia ausente, amor permanente, tristeza consciente.

*Conselleira de Educación