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A TODA VELA

Universidad, FF.AA y funcionariado

FERNANDO PONTE HERNANDO (*)   | 25.08.2019 
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Hace unos días, unos cientos de jóvenes han accedido, con nota alta de selectividad, por encima de 11, a los tres Centros universitarios de la Defensa, integrados por las tres academias militares superiores y las universidades de Vigo, Zaragoza y Politécnica de Cartagena, respectivamente. Tras cinco años de estudios obtendrán la doble titulación de Alférez de navío o teniente, e Ingeniero Industrial, rama mecánica. Esto supone, de facto, un acceso a la función pública desde la selectividad, porque los que consigan terminar este exigente ciclo de estudios llegarán en su día a los más altos niveles de las fuerzas armadas, generalato y almirantazgo incluidos. Esto no siempre ha sido así. Hasta fecha reciente, tras aprobar la selectividad, antiguamente el examen de Estado, hacían una dura oposición, cuya preparación y no asegurado éxito llevaban dos, tres o más años, habiendo casos singulares como el del matemático riojano de fama mundial Julio Rey Pastor que no consiguió acceder de joven al Ejército de Tierra, y cuyas obras de matemáticas, geometría y análisis algebraico, entre otras, fueron de obligado estudio, en dichos centros castrenses, durante décadas, paradójicamente. El llevar aparejado el título de ingeniero tampoco es nuevo, pues en los años 20, tengo documentos familiares que lo acreditan, ya se concedía esta titulación a los graduados de la Academia de Artillería.

La relación entre la enseñanza superior militar y la universidad es mayor de lo que se piensa, y no es de hoy. Las modernas Facultades de Medicina vienen en línea directa, desde la Ilustración, de los Reales Colegios de Cirugía de la Armada en Cádiz, del Ejército de Tierra en Barcelona y del Real colegio civil de San Carlos en Madrid, germen de la actual Facultad de Medicina de la Complutense. Del mismo modo han tenido notable influencia en la ciencia moderna española los precedentes del Real Colegio de Artillería, donde llegó a dar clase el mismísimo Louis Proust, uno de los fundadores de la química moderna a nivel mundial, el real Observatorio de la Armada y el Instituto hidrográfico de la Marina, entre otros centros.

Dicho esto, uno extrapola a la situación de la sanidad y se pregunta cuál es el motivo por el que los titulados sanitarios españoles, con nota similar en la selectividad y con estudios entre 4 y 6 años, un examen MIR (en sus diversas variantes para médicos, farmacéuticos, biólogos etc) y una posterior especialización de entre dos y cinco años, lo que totaliza entre 6 y 11 años de estudios, no acceden igualmente a la función pública, dado que la sanidad española con su Sistema Nacional de Salud está casi tan estatalizada como las propias Fuerzas Armadas.

Hora es ya, en mi opinión, de que los interesados, los colegios profesionales, sindicatos, facultades etc, reclamen a los poderes públicos esta cuestión. Terminada la especialización puede establecerse un escalafón por especialidades que termine con la precariedad, los contratos-basura y las estúpidas oposiciones, ya denostadas en su día por Cajal y Marañón, que aplazan la estabilidad profesional de estos magníficos titulados por encima de los 35 y 40 años.

(*) El autor es profesor de Historia de la Ciencia de la USC.