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Es Navidad, de verdad...

Iba a escribir sobre... ¿Qué más da? Seguro que alguna otra nota de música, cultura, jacobeo, etc. Todo tiene interés. Pero nada vale más que las historias de personas de carne y hueso, a las que en estas fechas recordamos de modo especial por estar ausentes, porque no están y no se las ve físicamente o porque detrás de un mal (una enfermedad o dolencia), una fatalidad, no las tenemos con todos sus sentidos ante nuestra mirada, ni detrás de una fibra óptica suprema, el más del no va más. A ellos (y ellas, no se ofenda nadie por usar un solo género) eso ya no les sirve, por mucho que nosotros avancemos.

Es entonces cuando cabe aceptar o rebelarse.

Aceptar que ese “mal”, esa “fatalidad” es fruto de un nefasto destino, cruel incluso y a veces -malpensamos- bien merecido, aunque luego de modo indulgente o de algo similar, repensamos que no es tal, que es algo que sucede, que está, que hay que encararlo: tú, yo, y esa persona, cuando llegue... posiblemente a destiempo, sin sospecharlo, sin anestesia.

Revelarse contra ese “mal”, esa “fatalidad”, injusta, obra del malvado, del maligno enemigo (¿o amigo invisible enmascarado?) aflora porque sobrepasa. Mejor parece plantarse, mirar hacia otro lado y, sin disimular, hacerlo de modo contrariado o rebotado.

Mientras les toque a otros, a ellos (y ellas, reitero, que nadie se perturbe por no conjugar femenino y masculino en una misma frase) y no a ti ni a mí, más vale ni pensarlo. Pues, que cada uno asuma o se subleve. Es tarea propia

Yo hoy sí que quiero traer una historia real sobre una persona que, por la edad (podía tener más), porque sí o por la “fatalidad” (que yo no veo y sé que ella, si pudiera decirlo, tampoco la vería) vive sin vivir en sí.

Está a kilómetros de distancia. Cada año por estas fechas, con cabal puntualidad, enviaba su felicitación navideña, escogida con mimo, escrita con bella caligrafía y, sobre todo, cargada de sinceridad y buenos deseos, de los de verdad. Con todo, mientras pudimos, hablábamos un buen rato por teléfono ¡fijo!. Sí, el Whatsapp ya existía, pero para él, sentir la calidez de la voz de sus amigos era señal de afecto, signo de cariño, bálsamo curativo.

Le conocí en uno de mis viajes a Italia. No era el primero, pero ese fue especial. Iba en busca de noticias -documentos y demás escritos necesarios para investigar- sobre algo para mí crucial: indagar para llevar a buen puerto mi tesis doctoral. Con diccionario en mano, no recuerdo haberlo usado. Él se hacía entender y yo, no sé por qué, también le entendía. Una vez me llegó a confesar que mi italiano no era tal: era un dialecto que él hablaba sin percatarse de si yo le comprendía y viceversa. ¡Pensar que hay personas que ni con cinco idiomas llegan a entenderse en serio! No hace falta graduarse ni hacer un máster: basta tener voluntad. Y eso está, que yo sepa, al alcance de todos, salvo en el empecinado en negarse a mirar al de enfrente.

Él, que nada sabía del tema, me presentó a quienes me abrieron el camino. Incluso puso a todos sus amigos en alerta roja. Me llevó y me trajo. Y lo mismo hicieron esas amistades, tan generosas y entregadas como él mismo. Una de ellas, relevante en aquel momento, llegó a ponerme como custodio un carabinieri, porque tenía miedo a que me perdiese en aquellas carreteras de tres al cuarto de la Italia rural -no sé si vaciada- de los años noventa del siglo pasado, o porque temía que no hallase lugar apropiado para un pranzo per mangiare, con su capuchino o su gelato. Que nadie piense en corruptelas, aviso. Imagino que habrán prescrito, pero, aunque no lo estuvieran, nada hay de malo. Por eso lo dejo escrito, tal cual sucedía cuando era agraciada con gentilezas de bienvenida. Y nada más que eso: no hay que buscar tres pies al gato.

En uno de esos archivos visitados, de mucho empaque, moderno, mucha norma, papeleo y protocolo, recuerdo que toda la sala de investigadores, además de reírse, casi levita en masa al preguntárseme en voz alta por el motivo de mi ricerca. Dije, casi susurrando por no alterar a nadie: “busco datos de un músico italiano, cuya obra está en la catedral de Santiago de Compostela”. Tuve que explicar dónde se hallaba tal lugar. Y pude haberme reído también yo, pero, desconcertada, ni se me ocurrió.

D. Dino, en esta navidad, aun presente, está ausente. No reconoce ni a su gente. No podré hablar con él. Pero sí recibirá mi felicitación navideña por partida doble: una para él y otra para quien se la enseñe, agradeciéndole ese gesto humano que no es algo que sobrepase, ni es solidaridad ni voluntariado. Es tener savia en la sangre que circula por las venas, de los de buena, o no tan buena, voluntad.

Auguri!... Buon Natale e felice Anno Nuovo!...

Recuerdo su voz, casi enmudecida ahora, pero siempre en mi memoria.

Quizás alguien en parecida situación, como la de este amigo, apreciará sin poder exteriorizarlo, una muestra de afecto, tal sea recibir una mera postal navideña.

03 ene 2022 / 01:00
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