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La Catedral del mundo y corazón de Galicia

San Juan XXIII, que peregrinó a Santiago, y dejó para la historia una frase rotunda: “La Catedral de Santiago es la Catedral del mundo”. Fue visionario en cierto sentido. De su mismo diario podemos leer su impresión sobre la jornada compostelana: “Jueves 22 de julio: Hacia las 20, llegada felicísima a Santiago, donde en seguida cumplí el “voto” de abrazar al Apóstol...Viernes 23 de julio de 1954: Por fin, ya he llegado a Santiago de Compostela. Cordialísimo y feliz el Cardenal Quiroga. Celebré la santa misa en el altar mayor, rico y extremadamente barroco. Cumplí mis prácticas de piedad. Más tarde acompañé al Cardenal en la recepción al Arzobispo Maurice Feltin, que presidía una peregrinación parisina. Luego presenciamos los giros del enorme botafumeiro. Almuerzo en atmósfera cordial con el cardenal arzobispo. Dediqué la tarde a una pausada visita al complejo monumental de la Basílica de Santiago y alrededores. ¡Qué maravilla! ¡Cuánta riqueza!” .

La grandeza que expresa el papa bueno nos indica el esplendor de quien desde fuera accede a lo desconocido y la admiración del que se asombra para comprender, único modo de alcanzar la sabiduría. Esa admiración que fascina y nos fija en nuestra realidad y finitud, paradójicamente, nos eleva sobre ella. Redescubrir la grandeza de lo cercano es recuperar el sentido de nuestra realidad, de lo que nos constituye en lo que somos, porque son los espacios y los tiempos los que marcan el devenir de un pueblo, y sólo lo que ocupa un espacio y tiene un tiempo es capaz de transformarnos.

La catedral del mundo, en feliz expresión de Juan XXIII, nos recuerda el carácter universal de nuestro templo; y como todo lo universal, para serlo, pasa por lo concreto, también lo es de los más cercanos. Por eso por ser la Catedral del mundo, los de aquí, somos llamados a descubrir el mundo que se encierra en la Catedral y redescubrirlo en toda su grandeza y esplendor. Hoy podemos llamarla el corazón de Galicia, que late vivo y con fuerza para bombear y hacer renacer la esperanza en tiempos de desolación.

Un Año Santo es una gran oportunidad para entrar en contacto con la Belleza. El lema de este Año Jubilar Compostelano, Sal de tu tierra, así como la carta pastoral de nuestro arzobispo: “Peregrinos de la fe y testigos de Cristo resucitado”, siguen fielmente esta inspiración y la reproponen como una llamada evangelizadora a los hombres y mujeres de hoy, recordando el carácter esencialmente peregrino de la Iglesia y del ser cristiano en este mundo; reconociendo que ser cristiano es, en palabras de monseñor Barrio, el camino para ser plenamente humano . En su carta pastoral el arzobispo indica que el peregrino ha de tener en el regreso a su punto de partida una actitud comunicativa para tratar de transmitir la experiencia vivida en el acontecer diario de su vida.

En la Carta Pastoral “Sal de tu tierra. El apóstol Santiago te espera”, de este año jubilar se nos invita personalmente a salir de nuestra zona de confort, ponernos en camino, porque el amigo del Señor, Santiago, nos espera. En un lenguaje propositivo y marcado por objetivos claros que nos persuaden en la escucha, la fraternidad, la confianza y el testimonio, monseñor Barrio anima a hacer de la peregrinación un camino de transformación de la mente y el corazón de todos los que se sienten atraídos por el magnetismo que el apóstol suscita .

La historia de Europa es consecuencia de este magnetismo que tiene su epicentro, su alma, corazón y su ser, reflejada en la historia del Camino de Santiago. Como señaló Goethe: “Europa se construyó peregrinando y su lengua materna es el cristianismo” . El desarrollo de las últimas tres décadas y el redescubrimiento de los caminos es lo suficiente conocido y acentúa su origen: la afluencia de los peregrinos que arribaron, cada año en mayor número y buscando el espíritu medieval, asociaciones y sociedades que se constituyeron después de Francia y España en Italia, Bélgica, los Países Bajos, Alemania, Suiza, Portugal y demás países europeos y de ultramar.

Todo esto fue y es posible porque la vida espiritual es camino de humanización que nos redescubre y acerca al Creador. El término camino, complementado a su vez por jornada (que se anda) está claramente referido a la vida en sentido ético y religioso. Es decir, que al mismo tiempo que la vida discurre en sentido de inexorable descenso, hay ocasión para que el ser humano pueda ir contrarrestando ese declive con un ascenso de carácter perfectivo, a través del meritorio afianzamiento de su propia consistencia o personalidad. Esta contraposición de trayectorias, la descendente y la ascendente, hace de cada momento de la vida humana una encrucijada, y hace, así, del hombre una realidad dual y además paradójica; algunos hablan incluso de sin sentido o absurdo: la vida sería un ir cara al ser, en línea perfectiva, y, al mismo tiempo, un ir cara al no-ser, de modo que el momento final de la existencia representaría el de mayor afianzamiento perfectivo en la consistencia (ser) y, al propio tiempo, el de la disolución y pérdida definitiva e irremediable en el no-ser, la muerte.

Dios con sus promesas suscita y alimenta la esperanza de los hombres y abre el futuro como un horizonte. El peregrinar está en la raíz de nuestra motivación en la fe y en la vida, como discípulos del único Maestro. La vida es el encuentro de dos caminos que se buscan para encontrarse.

Quienes atraviesan los caminos y se dejan atravesar existencialmente por ellos, reconocen, en primer lugar, un profundo surco o huella marcada, durante siglos, por el paso de infinidad de caminantes en las tierras de toda Europa y orientado al sepulcro del Apóstol. Y vislumbran, por otra parte, la encarnación en el tiempo y en el espacio de la Gracia de la fe, la Gracia del arrepentimiento y el perdón y la Gracia, en suma, de la Redención que, siendo divina es también en sí misma algo que se realiza en el tiempo y en el espacio; tiempo y espacio que son las coordenadas en que la criatura humana se da y actúa, y que, en definitiva son también, las condiciones existenciales que el propio Verbo Divino asume, al hacerse carne.

En esta etapa de la peregrinación a Santiago no son sólo importantes “los caminos” que nacen en Francia, sino todos “los caminos” de Europa y el mundo entero, porque en todos ellos han dejado su impronta los peregrinos que buscaban aprender la ardiente lección de aquel Apóstol de Jesús. Hoy como ayer a Compostela se dirigen gentes de todas las condiciones: pobres que después volverán felices; enfermos que volverán sanos; gentes de corazón hostil que encontrarán en seguida la paz; crueles que se volverán mansos; avaros transformados en generosos; testigos falsos que se convertirán en hombres justos y leales: “el que llega triste, vuelve contento” nos dice el Códice Calixtino. Ayer como hoy la esperanza sigue irradiándose en todas direcciones y peregrinos que redescubren la belleza de la creación – del ser humano – de lo que son y a lo que están llamados a ser, en el Creador. La catedral del mundo es un corazón que late lleno de esperanza.

Por ser la catedral del mundo, encontramos la pluriforme motivación de las gentes a caminar a Santiago. A lo largo de la historia ha habido diversos tipos de peregrinos. Sabemos que los reyes Alfonso II el Casto y Fernando II peregrinaron como penitentes, buscando el perdón de los propios pecados y de sus parientes. Otras personas peregrinaban para redimir las propias penas, fueran civiles o eclesiásticas. Algunos debían hacer la peregrinación de forma humillante. Había además peregrinos por comisión, y no faltaban tampoco falsos peregrinos. Si la historia es maestra de la vida ella nos hará comprender que, igualmente en esta nueva etapa de la peregrinación, nos encontremos con los más diversos modos y motivos en las personas que emprenden el Camino .

En nuestros días, la peregrinación a Santiago vuelve a ser uno de los fenómenos más atractivos con connotaciones culturales y turísticas, pero cuya motivación fundamental sigue siendo expresión de una religiosidad popular inserta en el corazón de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. No cabe duda que el protagonista es el Pueblo en su acepción amplia, como nos recordaba Juan XXII, con gentes de otros credos e incluso agnósticos o no creyentes, pero con él han sabido conectar los prelados compostelanos de los últimos decenios. Ellos han dado aliento espiritual e implicado a las más diversas instituciones para una renovada atención a los peregrinos .

El peregrino, en efecto, es el hombre que ciertamente cree en la salvación por la Gracia y el favor divino; pero, lejos de limitarse a esperar que este simplemente venga a él, es él quien lo deja todo y se lanza, a lo largo del camino del esfuerzo y del sacrificio en pos del prometido y esperado favor divino.

Por ser la catedral del mundo, los más cercanos somos llamados a redescubrir el mundo de la catedral en toda su grandeza y esplendor, como mediación, lugar teológico que nos habla de la belleza del creador. Peregrinar al corazón de Galicia, que late vivo y con fuerza para bombear y hacer renacer la esperanza en tiempos de desolación, centro que configura una ciudad y un pueblo, desde la presencia del Apóstol Santiago que nos habla de Cristo resucitado, esperanza del mundo.

El Año Santo nos invita a experimentar lo que expresa el Calixtino en el sermón Veneranda Dies:

“Causa alegría y admiración contemplar los coros de peregrinos a los pies del altar del venerable Santiago en perpetua vigilia: los teutones a un lado, los francos a otro, los italianos a otro, están en grupos, tienen cirios ardiendo en sus manos; por eso toda la iglesia se ilumina como el sol en un día muy claro... si alguno llega triste, regresa alegre”.

20 abr 2021 / 01:00
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