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Doña María Guadalupe de Lencastre, duquesa de Aveiro, peregrina en 1677

Con la donación de un Santiago matamoros de plata, la duquesa honraba el buen nombre de los Lencastre, linaje portugués santiaguista y afecto a la Inquisición por parentesco y amistad; familia que había demostrado su fidelidad a la Corona española a costa de su patrimonio y prestigio, en contra de la Casa Bragança

Doña María Guadalupe de Lancastre, duquesa de Aveiro
Doña María Guadalupe de Lancastre, duquesa de Aveiro

FRANCISCO SINGUL  | 11.08.2019 
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Un miembro de la aristocracia española de origen portugués, doña María Guadalupe de Lencastre (1630-1715), duquesa de Aveiro y descendiente del rey Joâo II (1455-95), mandó por persona interpuesta una ofrenda al santo apóstol. Una imagen del Matamoros en recuerdo de su hermano, anterior duque de Aveiro y peregrino jacobeo, que también representaba la fidelidad y liberalidad de la señora,  así como su servicio a la Corona española. En el mundo cortesano del XVII la liberalidad se entendía como ejercicio de una virtud privada que se situaba en el justo medio, entre la avaricia y la prodigalidad; para los portugueses, más exquisitos, la liberalidad era atributo de nobles y monarcas.

Con la donación de un Santiago matamoros de plata, la duquesa honraba el buen nombre de los Lencastre, linaje portugués santiaguista y afecto a la Inquisición por parentesco y amistad; familia que había demostrado su fidelidad a la Corona española a costa de su patrimonio y prestigio, en contra de la Casa Bragança.

Una imagen del antiguo palacio de los duques de Aveiro, en Azeitâo, Setúbal, que era territorio perteneciente a la Orden de Santiago

El 29 de enero de 1677 los canónigos compostelanos leen en su reunión capitular una carta de don Álvaro de Valenzuela y Mendoza, inquisidor del Consejo de la Suprema, en la que refiere la decisión de doña María Guadalupe de enviar la ofrenda. Un regalo que sería preservado en la capilla de las Reliquias, donde los peregrinos obtenían grandes beneficios espirituales, pues obtenían jubileo plenísimo en los días de san Felipe y Santiago el Mayor, según un Breve pontificio de 1675. El agradecido Cabildo agradece la ofrenda a través de una carta, en la que se resalta la relación de la familia Lencastre con el apóstol y su catedral; destacan también los canónigos la devoción jacobea de su hermano, don Raimundo de Lencastre, anterior duque de Aveiro, fallecido en 1666, e informan a doña María Guadalupe sobre la ubicación que habían pensado para el Matamoros:  el retablo de las Reliquias, donde se custodia un tesoro de gran valor espiritual para la peregrinación.

Cementerio del monasterio de Guadalupe, en Cáceres, donde fue enterrada doña María Guadalupe tras su fallecimiento en 1715

La importancia simbólica de este Santiago en Clavijo se encuadra en el carácter y el prestigio social de la donante y la historia de su familia, emparentada con grandes de España y fiel a Felipe IV, tras la independencia de Portugal en 1640. Tras la muerte del IV duque de Aveiro en 1666, y de su tío el inquisidor don Pedro de Lencastre, en 1673, doña María Guadalupe recibe los títulos nobiliarios de ambos, reclamando a la Corona portuguesa el ducado de Aveiro, reconocido por el Consejo Real de Portugal.

Destacaba la señora por sus dotes intelectuales y su interés por la pintura y la cultura escrita; hablaba seis idiomas, pintaba al óleo, poseía más de cuatro mil trescientos libros de Filosofía, Teología, Historia, Cosmografía y libros de devoción, publicados en Amberes, Amsterdam, París, Venecia, Florencia y Roma. Era gran coleccionista, y poseía pintura de Correggio, Luca Giordano, Van Dick, El Greco, Velázquez, Ribera y Murillo; y a costa de su patrimonio colaboró en la expansión de la fe católica en América, Filipinas, China y Japón.
Su devoción al apóstol debió ser fruto de su herencia familiar, pues había nacido en el palacio de los duques de Aveiro, en Azeitâo (Setúbal), territorio de la Orden de Santiago. Entregada a una vida de piedad y amor a la cultura, doña María falleció en su casa de la calle de San Ginés (hoy del Arenal), en Madrid, en febrero de 1715, siendo sepultada en el monasterio de Guadalupe (Cáceres).

Era frecuente que la duquesa realizase gestiones por individuos interpuestos; los libros comprados en tantas ciudades europeas son prueba de esta práctica, así como las gestiones burocráticas y jurídicas que un procurador enviado de su parte tuvo que realizar en Lisboa en 1670, para reclamar los bienes confiscados por la Corona portuguesa a su hermano. Por ello, la duquesa no tendría problema para encargar la imagen del apóstol ecuestre a un taller extra peninsular. Por su estilo y diversos paralelos con otras obras conservadas en Italia y España, pensamos que se trata de una pieza de taller romano.

Cuadro de San Francisco de Asis en éxtasis, de Anton van Dyck, que pertenecía a la colección de don Gaspar de Haro y Guzmán

En aquellos tiempos el embajador de España en Roma era don Gaspar de Haro y Guzmán (1629-87), VII marqués del Carpio, amante de las artes y gran coleccionista. Pudo tal vez la duquesa pedir su ayuda y asesoría, dado su conocimiento y buen gusto, aunque no era el único alto personaje a quien acudir, pues en Roma residían dos importantes clérigos españoles a quienes apelar: dos altos representantes que la duquesa o alguno de sus allegados, como don Álvaro de Valenzuela, habrían conocido en Madrid. Uno era el jesuita Juan Everardo Nithard (1607-81), guía espiritual de la reina Mariana de Austria, inquisidor general entre 1666-69, miembro de la Junta de Regencia, y ex primer ministro. El otro era Luis Manuel Fernández de Portocarrero (1635-1709), de noble familia andaluza y deán de Toledo. Tenía Portocarrero vínculos santiaguistas, pues había sido visitador del Grande y Real Templo de Santiago Apóstol, recibiendo el capelo cardenalicio en 1669. Tras el fallecimiento del papa Clemente IX, Portocarrero pasó a Roma en abril de 1670 como cardenal “protector” de España, participando en el cónclave que eligió a Clemente X, organizando el bando favorable a España y contrario a los intereses de Francia. Nithard y Portocarrero coincidieron en Roma, mantuvieron buenas relaciones y participaron en el cónclave de 1676 en el que fue elegido Inocencio XI.

En este entramado de relaciones entre nobleza y alto clero, entre familias y allegados, es posible que la duquesa de Aveiro acudiese a don Álvaro de Valenzuela, el correo que llevaría en su nombre la donación a Santiago en enero de 1677, para que  sugiriese qué tipo de regalo ofrecer al apóstol. También pudo ella misma decidir la compra, atendiendo a sus posibilidades y dada su afición por la compra de libros en Italia. Valenzuela realizaría gestiones, aprovechando un afortunado contacto con el marqués del Carpio, o acudiendo a la relación que su superior, el inquisidor general Sarmiento de Valladares, podía tener con Portocarrero o con Nithard. Esta conjetura se basa en el buen servicio de Valenzuela y la calidad de las relaciones de la duquesa.

Tuvo que haberse hecho el encargo del Matamoros en 1676. Si fue a uno de los dos cardenales o a su entorno, se verificó en los meses previos o en los siguientes al cónclave celebrado en el verano de 1676, y coincidió en un año posterior al año santo romano 1675, época de gran producción en los talleres locales, destinada a satisfacer una mayor demanda de imágenes religiosas y orfebrería sacra.

Manuel Fernández de Portocarrero, deán de Toledo, había sido visitador del Grande y Real Templo de Santiago Apóstol

Sea como fuere, la ofrenda posee un indudable valor político. Se trata de una imagen del Matamoros ofrecida al santo patrono, en un momento crítico del reinado de Carlos II, en el que este mito de Estado de origen medieval podía interpretarse con intención protectora. Nos parece esta donación un ejemplo de diplomacia y sentido del decoro, en el que interviene la liberalidad cortesana de la donante, la fidelidad a su linaje, su lealtad a la Corona española y a su santo patrono, y como ejemplo de generosidad y virtud. Demostraba también la señora tener conciencia de su dimensión personal en la corte, basada en su posición y reputación, manteniéndose fiel a una tradición familiar projacobea de la que ya había dado pruebas su hermano don Raimundo de Lencastre, peregrinando a Compostela.