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mujeres en la ruta jacobea (IX)

Mujeres, Peregrinación, Camino de Santiago y Compostela

En su acepción masculina, 'peregrinus' significaba viajero o extranjero, mientras que, en su sentido femenino, peregrina se empleaba como sinónimo de vagabunda o meretriz

FOTO: The Wife of Bath
FOTO: The Wife of Bath

CARLOS ANDRÉS GONZÁLEZ PAZ INSTITUTO DE ESTUDIOS GALLEGOS PADRE SARMIENTO  | 21.08.2019 
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Cuando el investigador o la investigadora dirigen los pasos de su inquietud intelectual hacia la etimología latina del vocablo "peregrino", se encuentra ante una turbadora realidad, sin duda fruto del androcentrismo del lenguaje. El adjetivo peregrinus podía utilizarse de forma sustantivada. En su acepción masculina, peregrinus significaba "viajero" o "extranjero", mientras que, en su sentido femenino, peregrina se empleaba como sinónimo de "vagabunda" o "meretriz". Así, en un concepto jurídico exento aún de connotaciones religiosas, el "peregrino" era un hombre forastero que se desplazaba al núcleo del imperio, visto siempre desde la óptica de una urbe romana en donde era considerado extraño.

Esta visión sesgada del concepto "peregrino" continúa en los siglos centrales de la Edad Media, cuando el significante jurídico ha asumido un significado socialmente complejo, dotado ya de una indisociable semántica religiosa. En este sentido, en la conocida definición contenida en las Partidas del rey Alfonso X de Castilla, se indica que el "pelegrino" era el "ome estraño, que va a visitar el Sepulcro Santo de Hierusalem, e los otros Santos Logares en que nuestro Señor Jesu Christo nascio, bivio e tomo muerte e passion por los pecadores; o que andan en pelegrinaje a Santiago o a Sant Salvador de Oviedo o a otros logares de luenga e de estraña tierra". Los palmeros, peregrinos y romeros eran únicamente los "omes que fazen sus romerias e pelegrinajes por servir a Dios e honrar los Santos; e por sabor de fazer esto, estrañanse de sus logares, e de sus mugeres, e de sus casas, e de todo lo que han, e van por tierras ajenas, lazerando los cuerpos, o despendiendo los averes, buscando los Santos".

Con todo, desde la publicación en 1989 de Las mujeres de la Edad Media y el Camino de Santiago de la Dra. Marta González Vázquez, se ha avanzado significativamente en la ruptura de determinadas tradiciones, que han masculinizado y deformado el sujeto histórico de las peregrinaciones. Sin duda, el conjunto de las diferentes aportaciones académicas e iniciativas socioculturales llevadas a cabo en los últimos treinta años han colaborado y siguen colaborando activamente -como demuestra EL CORREO ahora- en la devolución de su protagonismo a las mujeres, en concreto a las peregrinas, desde la Antigüedad tardía a la actualidad.

Efectivamente, mientras en la segunda mitad del siglo IV d.C., Gregorio de Nyssa clamaba contra las mujeres que peregrinaban a la Civitas Sancta de Jerusalén, en donde no existía "ninguna especie de impureza que no se atrevan a cometer: fornicaciones, adulterios, robos, idolatría, envenenamientos, conspiraciones y asesinatos", Egeria abandonaba el finibusterre hispano y se encaminaba en dirección a Palestina, cruzando la vasta geografía imperial de occidente a oriente, en un viaje descrito en un relato autobiográfico excepcional: el Itinerarium Egeriae.

Desde una perspectiva historiográfica, en la actualidad resulta complicada la defensa de la existencia completamente estática de la totalidad de las mujeres en la Edad Media, pues -"en semeianza de varon", aunque no en igualdad de condiciones- se mueven, desempeñando las peregrinaciones una doble y especial función. Por una parte, materializan una devoción religiosa vinculada al culto a Cristo, a la Virgen María, a los apóstoles, a los mártires, a los santos y a sus reliquias. Por otra parte, se constituyen en un procedimiento socialmente aceptado -o cuando menos consentido-, que permite la ruptura temporal del enclaustramiento cotidiano a través de la realización de un viaje sacro, simbólicamente apartado de un mundo terrenal plagado de tentaciones.

Con absoluta certeza, en estas páginas de EL CORREO florecerán las biografías y hagiografías de mujeres virtuosas, que representaban clichés femeninos admitidos, incluso promocionados, siendo imagen y semejanza de Ave. Sin embargo, en nuestro caso observaremos a las "hijas caídas de Eva", abordando sucintamente la cuestión de las falsas peregrinas o peregrinas fingidas, que hallaban un soplo de libertad o un modo de vida en los caminos de peregrinación.

Sirva como ejemplo la condesa Mahaut de Artois -hija del conde Roberto II de Artois y progenitora de Juana y Blanca de Borgoña, infortunadas reinas de Francia-, quien encomendó la materialización de varias peregrinaciones procuradas al santuario de Santiago en Compostela en los años 1305, 1312, 1317, 1321, 1326 y 1327. Aunque se suele defender la veracidad de su fervor jacobeo, hay autores y autoras que insinúan la [co-]existencia de motivos más mundanos, como el contrabando de caballos, una mercancía cuyo comercio estaba vedado debido a su importancia, sobre todo, en la actividad militar.

Un segundo caso sería Catherine de Firbes, aparente peregrina francesa, que el 13 de enero de 1384 se dirigía a Santiago de Compostela en compañía de su marido Jean de Montbrisson, quien declaraba ser médico de profesión. Finalmente, ambos fueron detenidos, acusados de ejercer ilegalmente la medicina en diversas localidades de la senda jacobea. Por cierto, en relación directa con la práctica profesional de las mujeres, recordamos a la specieyra 'picheleira' Elvira Pérez, quien otorgó sus últimas voluntades el 7 de julio de 1348, disponiendo que: "It. mando ao espital de Santiago para os pobres X mrs. It. mando ao espital que chaman de Jerusalen cinquo mrs. It. mando aos lazerados de Sta. Marta e de San Lazaro X mrs. a cada huna das mallatarias. It. mando que den a pobres vergonçosos tres vallancinas por mina alma".

Sin embargo, no aparecen solamente en el relato histórico, sino también en la creación literaria, como se evidencia en las "cantigas de romería" de la lírica gallego-portuguesa medieval. En estas composiciones, las peregrinaciones y los santuarios servirían de excusa y telón de fondo a los afectuosos encuentros de las mujeres con sus "amigos". Con todo, el summum sería la "Wife of Bath" de los Tales of Caunterbury de Geoffrey Chaucer. Aparentemente, se trata de una peregrina fervorosa, que había acudido devotamente a Colonia, Jerusalén, Roma y Santiago de Compostela. Empero, detrás de sus viajes no se encontraba la búsqueda de experiencias religiosas, sino la obtención de aventuras amorosas, asunto sencillo en las moralmente degradadas rutas de peregrinación. Sin duda, la asunción de este retrato de las mujeres peregrinas forma parte de la activación de un discurso crítico y misógino, desarrollado en la Inglaterra de John Wycliffe.

En definitiva, sea en la realidad histórica, sea en la ficción poética, indudablemente se podría aplicar el "eppur si muove" de Galileo a las mujeres medievales, que acudieron directamente o a través de intermediarios, de forma más o menos fervorosa, más o menos interesada, tanto a los grandes centros de peregrinación, como a los humildes santuarios de romería de Europa y Tierra Santa. Ultreia et suseia.