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mujeres en la ruta jacobea (XXII)

Vecinas de la Compostela medieval, constructoras de ciudad

Cantiga 278 de las Cantigas de Alfonso X de Castilla
Cantiga 278 de las Cantigas de Alfonso X de Castilla

MARTA GONZÁLEZ VÁZQUEZ  | 24.10.2019 
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Que el corazón de Santiago de Compostela se encuentra en su Catedral es fácil de comprender en un momento en el que vivimos un impresionante renacimiento de la peregrinación, llenando sus calles de gentes que hablan idiomas diversos y que lucen la concha de vieira en algún lugar de su vestimenta. Santiago es hoy muchas cosas diferentes, pero la babel en torno a la Catedral trae a la memoria el éxito del santuario del Apóstol como primer núcleo urbano de Galicia durante los siglos centrales y la Baja Edad Media. A pesar de que Galicia heredó de la épocas romana, sueva y visigoda una red de ciudades consolidada -Lugo, Braga, Tui, Ourense- que se refuerza con el establecimiento de los obispados de época medieval, es Santiago el primer núcleo propiamente urbano en el que se recupera la actividad económica específica de las ciudades, y que además no se asienta sobre una ciudad romana previa, sino que nace directamente del hallazgo del sepulcro del Apóstol Santiago y de la cons­trucción de todos los edificios necesarios para el culto y posterior peregrinación.

 


La actividad principal de la nueva ciudad -primero, locus Sancti Iacobi, y después, civitas Sancti Iacobi- incide decisivamente sobre las funciones de sus habitantes, procedentes unos de los entornos rurales vecinos y otros muchos de origen franco o extrapirenaico, atraídos por el empuje del nuevo enclave. Atender al peregrino a su llegada y durante su estancia en Santiago, y proporcionarle aquello que necesite, es la función a la que se dedican principalmente los compostelanos y compostelanas de la Edad Media. Junto a esta actividad, el crecimiento urbano, con la construcción y reforma continua de iglesias, hospitales, monasterios, casas y palacios, y la mejora y embellecimiento continuado de estos, permite que incluyamos entre las funciones de la ciudad la construcción y el arte en todas sus manifestaciones: pensemos en la Catedral, consagrada en 1212, pero en la que veinte años después el arzobispo Juan Arias planeaba y comenzaba ya una nueva cabecera más amplia que la existente y en el nuevo estilo Gótico. Pintores, pedreros, y albañiles aparecen en la documentación de la ciudad desde el siglo XI. Relacionado con esto, un ámbito en el que Santiago también destaca es el de la construcción pública, como ciudad en crecimiento, con menciones en sus fuentes de buarii o fontaneros, fabri u obreros de la construcción, pedreros, herreros... Por fin, el comercio, el cambio de moneda, la venta de conchas como emblemas de la peregrinación, el trabajo del azabache y la plata florecen en ese pequeño núcleo, proporcionándole unas características absolutamente singulares en el contexto de la incipiente vida urbana medieval. Junto a estas actividades, el resto de trabajos artesanales se desarrollan igual que en las otras ciudades medievales: sastres, zapateros, guarnicioneros, caldereros, toneleros, herreros, peleteros o peliparios, carpinteros, panaderos, carniceros y pescaderos, tenderos...

 


Esa adecuación del lugar a su función permite y promueve, como en casi todas las sociedades en las que la supervivencia resulta complicada, la actividad de las mujeres. Añadámosle a este panorama el de la península Ibérica en época medieval, una sociedad en la que la guerra por la expansión territorial de la Reconquista animaba a la movilidad continuada de los hombres, y en la que la vida media de una persona era limitada. La viudedad, o simplemente la falta del varón cabeza de familia, favorecía el protagonismo de las mujeres simplemente para hacer subsistir a la familia, teniendo evidentemente que compatibilizar ese desempeño con su relevante papel en el trabajo doméstico.

Mencionadas muy poco en las fuentes narrativas y documentales, en los últimos años el foco puesto en su actividad ha arrojado luz sobre sus funciones, importantes en el caso de Santiago. El nivel social o la posición económica de las que nos referimos aquí no las hacen merecedoras de atención especial por parte de quienes escriben; de ahí que el hecho extraordinario de su aparición, junto con sus trabajos, en los documentos, las convierta en protagonistas con nombre propio de la historia de nuestra ciudad, en unos siglos en los que eran muchas más las que quedaron en la sombra. Son pocas, pero dignas antecesoras de las mujeres compostelanas que hoy, como profesionales, protagonizan el día a día de nuestra ciudad.

 


Su tarea como artesanas en asociación con sus maridos parece equiparable a la de los hombres, y en una actividad muy concreta, incluso mayor. Es el caso de las luminarias, mujeres que se encargaban del mantenimiento de las lámparas y cirios de las iglesias, y también de su fabricación y venta. Juana Fernández se encarga de esa función en la Catedral de Santiago en 1391. Aparecen mencionadas como luminarias varias mujeres en diferentes iglesias compostelanas a lo largo de los siglos XIV y XV.

La consideración de que los oficios relacionados con la sanidad y la farmacia eran adecuados para las mujeres y bien desempeñados por ellas ha sido una constante y se evidencia ya en época medieval. Elvira Pérez, en 1348, y Teresa González do Portal, en 1431, son dos compostelanas mencionadas como especieiras o boticarias, esta última dueña o encargada de una de las tiendecitas ubicadas en la fachada norte de la Catedral (Azabachería), cerca de la fuente en la que los peregrinos se aseaban antes de entrar en la Catedral. Leonor Garrido aparece en Santiago en 1429 ejerciendo como cirujana, un hecho más sorprendente, en sustitución de su fallecido marido, el maestre Fernando, muy posiblemente por conocer el oficio al haber ejercido como su ayudante, y se la menciona como mujer "muy cunplideyra aos visinos da dita çidade" en el desempeño de su actividad

Puntualmente tenemos también noticia de concheiras o fabricantes y vendedoras de conchas como símbolos para los peregrinos -María Pérez, en 1299-, María Franca, panadera del monasterio de Santo Domingo; Mayor Alfonso, tejedora, y María Paz, regateira, vendedora al por menor en 1397.

 


Todas ellas y muchas más traspasaron el ámbito de su vida doméstica e hicieron mucho más que hilar, rezar o cuidar a su familia. C­olaboraron en la construcción de Santiago y en la promoción de la peregrinación y su aportación debe ser conocida y tenida en cuenta.