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Navidad: villancicos siempre en solfa

Para algunos hoy son insoportables y ñoños, rancios vestigios del pasado. Para otros, herencia de unos pocos, de los que van a la iglesia a la misa del gallo sin saber bien de qué se trata, ni de facto parecen querer saberlo.

Sobre sus orígenes, relaciones con las lenguas romances, carácter sacro o profano, forma y estructura literaria y musical, he escrito otras veces y considero necesario conocerlo, para no opinar o sentenciar precipitadamente sobre algo que es legado y, a la vez, aun subsiste y tiene un futuro esperanzado.

¿Y su ocaso? ¿Sus momentos bajos? De eso quizá se sepa menos o se zanje con sentencias de poco peso: ya era hora, todo cambia, eran infumables, para mentes infantiles o diversión de ingenuos, etc. Pues sí, y no tanto. Quien conozca los de J. Encina no dirá lo mismo.

Hubo momentos en que corrieron peligro y no por esas razones. Y otros tiempos en que, aun siendo joyas literarias y musicales, se tomaron decisiones que hicieron que paradójicamente, se apreciase más su texto y música, siendo una inagotable fuente de riqueza. Solo en la península hay tantos miles de ellos que darían para entretenerse sin aburrirse, cual capítulos encadenados de los Simpson.

Habían sido bien acogidos en los templos al menos desde el s. XV, o quizás antes, para interpretarse en navidad y otras fiestas señaladas, manteniéndose por tradición oral y popular y/o impresos, bordeando los límites entre lo profano y lo religioso, como hizo F. Guerrero.

Pietro Cerone (ca. 1566-1625), teórico bergamasco que en 1593 peregrinó a Santiago, después de servir a la monarquía española, regresó a Italia y escribió sus impresiones y temores: No quiero decir que el uso de los villancicos sea malo (...) Mas tampoco que sea bueno; pues no solamente no nos convida a devoción, más nos distraen de ella: particularmente aquellos villancicos que tienen mucha diversidad de lenguajes (...) Porque el oír ahora un portugués y ahora un vizcaíno, cuando un italiano, y cuando un tedesco; primero un gitano y luego un negro, qué efecto puede hacer semejante música si no es forzar a los oyentes (aun no quisieran) a reírse y a burlarse, y hacer de la Iglesia de Dios un auditorio de comedias, y de la casa de oración, sala de recreación.

Otro teórico, monje de la Real Cartuja (ca.1755-1764) mantenía, más de un siglo después, la misma incerteza apuntando otras razones: Acerca de los villancicos que se cantan en la Natividad de Nuestro Señor y de los Santos Reyes, hay también bastante desorden (...) Dirán que aquellos no le son de placer, y que se hace para que con ese cebo acuda más gente a los maitines a encomendarse a Dios (...) No es mi intento quitar los villancicos en tales noches, pero es procurar que la letra de estos sea santa, grave, honesta seria y devota, o que se procure dejar las chanzas, las tonadillas mundanas y el disfrazarse.

Abundan textos semejantes que coinciden en señalar la poca religiosidad y seriedad del contenido literario, la escasa devoción emanada de su música y el desorden que causaban cuando se cantaban. A esto se sumaba otro factor: su duración que fue en aumento, tanto observada cada uno en sí mismo como viendo la serie que se interpretaba, y/o representaba, en cada estreno.

Un maestro de capilla estaba obligado a componer en Navidad casi una decena de villancicos y una misa, además de los de Reyes y procesiones. Suponía una carga de trabajo extra considerable por lo que se les relegaba de parte de sus funciones.

Las letras les venían dadas o se presupone que ellos fueron también sus artífices. Aun así, tenían que pasar por varios filtros, aunque los jueces, que normalmente eran miembros del cabildo o gente afines a ellos, parece que no tenían claro su uso o desuso en los templos e iban dilatando pronunciarse en firme.

Era complicado dilucidar la bondad de su letra y notas. Más aún decantarse qué era mejor: mantener una tradición que atraía al pueblo a las iglesias (a costa de pasar por alto momentos poco edificables) o romper con décadas en que fueron un género literario apreciado y musicalmente floreciente, implantado en los templos por adecuarse a una devoción que comenzó causando furor.

¿Cómo salir airosos de tal dilema? Por la tardanza en reaccionar quizás, ahora y antes, habría que hacer la pregunta a la inversa: ¿por qué suprimirlos si atraen a los fieles, a nosotros no nos pone en entredicho y, de momento, no tenemos nada más sustancial para ofrecerles?

Cuántas veces así sucede. Se mantienen ritos y costumbres por inercia. Tomar partido supone significarse o exponerse a ser tildado de aguafiestas, visionario o quijotesco. Más fácil es que decidan el tiempo, las circunstancias o los expertos.

Claro que ya se sabe: ¡No hay mal que cien años dure!, dice el refrán. “Ni muchos que lleguen a vivir para ver el supuesto bien”, diría yo también. ¿No creen?

14 dic 2021 / 01:00
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