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O Viso, cumbre para los sentidos

el domingo y el alivio pandémico pedían caminar. Apenas cinco grados a las diez en la praza de Galicia también querían abrigo. La bajada por Pitelos me hizo recordar a Chané. Es un misterio el paradero de la placa del singular compositor del s. XIX que figuraba en su casa natal. Al llegar a Castrón Douro, la piedra nueva brilla acariciada por el sol que empieza a levantar el vuelo, nada que ver con los oscuros y húmedos grises de antaño. El viejo horno de leña del s. XX, tras un tiempo okupado, fue demolido para reurbanizar la plaza donde convergen los Pexigos. La subida verde a Belvís nos lleva a emparedarnos entre el murallón de las dominicas y los mirtos del Seminario Menor. Demasiados bajos sin uso hasta llegar a la circunvalación, que tiene más de sesenta años. Es la avenida de Lugo, en obras de humanización que parecen eternizarse. Al otro lado aparece el edificio de la Cruz Roja, tan feo como extraordinaria su labor en la ciudad.

Por el Camino francés proliferan los albergues y lavadoras, pero la popular pulpería de la esquina hace años que no está. San Lázaro es otro barrio que dejó de ser periférico y de casitas bajas tras su modernización. Cruzamos el puente y subimos al Monte del Gozo por la nueva rampa de hormigón. El residencial espera, impaciente, a los peregrinos, mientras en las gradas para 30.000 personas del anfiteatro siento retumbar las cálidas guitarras de Bruce Springsteen. Fue en 1993, y no había piscinas, pero el baño rockero de aquella noche es difícil de olvidar. La carretera de Sanxuás, parroquia de Aríns, nos acerca enseguida a la recién inaugurada senda mitológica, mientras un coche se detiene a preguntarnos por ella. Las sombras de los robles dan paso a una generosa plantación de pinos bebés, con dos metros de separación entre ellos, apostilla mi compañero Moncho. Ambos aflojamos la marcha, porque la pendiente tira más de lo que parece. Y entonces revivo el esfuerzo de lejanos altos del Camino, como el Perdón en Navarra o Mostelares en Burgos. Un empinado empedrado finaliza en el Viso, cumbre que habla con el Pedroso hacia el oeste y con el Pico Sacro hacia el este. Son tres magníficos en línea. Como magnífica es también Pilar, 86 años, a la que felicitamos por su escalada.

La ciudad y su estructura urbanística se divisan como si las tuvieras al alcance de la mano. El asilo de San Marcos, el cordón de la autopista, el estadio de Albalat con sus pantallas de iluminación, la ondulada Cidade da Cultura, la circunferencia del Multiusos de Sar, la naciente intermodal, el acristalado hospital, las torres de la cristiandad... se van fotografiando sucesivamente en la retina. Sobrecogido por la emoción de las vistas, las mejores de los tres montes para mi gusto, le cuento a mi par que, de adolescentes, veníamos al Viso pegados a la vía del tren, hasta subir a la cueva de la ladera norte, donde hacíamos café y fumábamos los primeros celtas sin filtro. Entonces la urbe que se veía desde aquí era la décima parte.

07 mar 2021 / 01:00
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