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Ópera que opera milagros

No es uno de los géneros musicales preferidos a nivel popular. No obstante, cuando se deja caer en ciudades como Santiago, hay movimiento e interesa. ¿Por qué? La verdad sea dicha, porque hay escasa oferta y no siempre, pero habitualmente, cada función vale la pena verla.

Contar con ópera a la que asistir con frecuencia trae beneficios para todos a corto y largo plazo. Es recomendable y saludable, incluso aunque sea en dosis pequeñas. Evade de los males que nos rodean, fomenta la imaginación, ejercita el cerebro, incita a comprender o recordar idiomas y, aunque parezca extraño, no pocas veces obra milagros. Uno de ellos aconteció este verano: consiguió reunir en un espacio nada común ni cómodo -tanto para intérpretes como oyentes- a un nutrido y variopinto grupo de gente.

Ocurrió en vísperas del ferragosto, entrando ya en las fiestas de S. Roque, en plena época estival y vacacional. Entre el público había oriundos y forasteros (peregrinos, turi-grinos y turistas). Y es que la ópera tiene tirón y, aunque no se crea, también en Compostela.

¿Cómo se explica, si no, la iniciativa que dio cabida a una producción operística en lugar tan singular, cual es el crucero central de una iglesia, en un escenario tan perifrástico y ocasional? No me refiero a un recital de arias y romanzas, sino a la representación de un drama con música con su obertura y tres actos completos, de una duración de más de dos horas en total: la ópera bufa “Don Pasquale” (G. Donizetti, Turín 1843).

Un repaso por la historia nos recuerda que Santiago fue una de las primeras ciudades en ver escenificado este género. La idea partió, como era de esperar entonces, de un empresario y cantante italiano, Nicola Setaro, allá por 1768/69. Pasó a Coruña y Ferrol y, de retorno a Compostela, tuvo no pocos problemas. Perseguido y con varios altercados a cuestas, al fallecer, su labor la continuó su propio yerno, Alfonso Nicolini.

Pasados los duros avatares de finales del XVIII y primeras décadas del XIX, a partir de 1842, recién levantado el Teatro Principal de la Rúa Nova, hubo un notorio interés, especialmente entre las clases altas, ante este género importado.

Gustaba, como en todas partes, la ópera italiana y francesa que se codeaban, entre una y otra temporada, con funciones de zarzuela, música de cámara, bailes y otras atracciones de menor calibre (magos, saltimbanquis, etc.).

Los comienzos de dicho teatro no fueron fáciles. Hasta 1875-76 el edificio no gozó de gas para alumbrado, por lo que funcionó casi a oscuras, al albur de la climatología y sorteando otros obstáculos, como fue mantener unos precios que, no siendo caros, no estaban al alcance de la mano. Pese a todo, el placer por el bel canto se fue sosteniendo. No fue un fenómeno multitudinario, pero sí revolucionario ya que alentó un cambio de mentalidad, pertinente e impensable en un Santiago repleto de clérigos, conventos y poca más gente. Ciudades como A Coruña, Ourense, Tui, Pontevedra o Lugo no quedaron atrás, superando a Santiago en su afán de traer y acoger teatro musical.

¿Más logros de la ópera en Compostela? Por una parte, se comenzó a divulgar el canto lírico y la música de cámara en ediciones para voz y piano, tríos y cuartetos, reducciones y adaptaciones para bandas y charangas, etc. Por otra parte, para los músicos locales constituyó un modo de financiarse la vida con salarios extra. Eran, sobre todo, asalariados de la catedral y de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago, empeñados en sacar adelante la incipiente Escuela de Música, germen del Conservatorio Histórico, como ahora se conoce.

Casi milagroso sería en nuestro tiempo que regresaran a esta ciudad las representaciones de ópera (y, ya puestos, las de zarzuelas y géneros similares) de modo más estable, mejor financiadas y menos improvisadas. Ya se sabe que hay mil problemas ante un tema que en sí mismo genera no poca tela marinera.

El avance sería patente si demanda y oferta se compensasen mínimamente, pero para eso hay que empezar por crear un hábito que no sea lábil. Ese arraigo redundaría en ganancias de no pocos cantantes, figurantes, instrumentistas, diseñadores, peluqueros, maquilladores, etc., e incluso de taxistas y hosteleros.

Si acorde con ello se definiese de modo fijo un escenario propio y adecuado para estos fines, se obraría un portentoso prodigio. La nave o el crucero de un templo, aunque no tenga culto y esté cerrado casi a cal y canto por razones que no vienen a cuento, no es lugar consecuente ni preferente, salvo que sea esporádicamente.

El turismo de “conciertos en iglesias” que se publicita en agencias, lo dejamos a placeres más mundanos o público ávido de recitales y óperas a la luz de una candela, tal cual sucede en algunos templos londinenses, donde uno puede deleitarse, desde la mañana a la noche, con obras de Purcell o de Handel, en funciones promocionadas o coyunturales, de aficionados o profesionales.

12 sep 2022 / 01:00
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