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ENTREVISTA
Víctor M. Vázquez Portomeñe. Abogado, político, escritor y padre del Xacobeo

“Se extrañan políticos que trasmitan sinceridad y entusiasmo por su tierra”

{Taboada, 1936} El político gallego Víctor Manuel Vázquez Portomeñe, exconselleiro de la Xunta y promotor del resurgir del Camino de Santiago, publica su primera novela, ‘Brianda de Moás’, surgida en el confinamiento. Editada por Hércules de Ediciones, está ambientada en la Galicia medieval. Poder conversar con el padre del Xacobeo ha sido todo un privilegio y una enseñanza. Diseño: Miguel Rodríguez Taboada

Cuénteme, qué tenemos aquí.

Tenemos una novela histórica, pero ciertamente la historia es un marco para desarrollar la trama que se refiere a mi parroquia, Santa María de Piñeira, en la provincia de Lugo, municipio de Taboada, a la que yo llamo en la novela Santa María de Moás, porque existió una casona en esa ubicación, rica en tierras y en vasallos. Y la señora de esa casona es la protagonista. De ahí el nombre de esta novela: Brianda de Moás, que se desarrolla entre la segunda mitad del siglo VIII y la primera del siglo IX.

¿Y cómo se le dio por escribir esta historia, teniendo en cuenta que se desarrolla en su tierra natal?

Durante el encierro al que nos condenó el coronavirus, algo había que hacer. Entonces eché a rodar mi imaginación y me acordé de Moás, de este nombre, y de la casona.

Le puse los aditamentos necesarios. Me acordé del descubrimiento del sepulcro del Apóstol que acaeció en la primera mitad del siglo IX y con todo eso organicé algo que es parte historia y parte imaginación.

¿Por ejemplo?

Es imaginación el nombre de los protagonistas y sus actividades. Pero son historia no solo los reyes asturianos que cito –y además los nombro en su conexión con Galicia–, sino también las romerías del Faro, que tienen siglos de existencia, y que tuvieron un cantor excepcional, uno de los poetas del resurgir de la lírica galaico-portuguesa, que fue Xoán de Requeixo, del siglo XIII. Y cito a la capilla del Faro, el lugar de concentración que se erigió en el siglo XVII, ciertamente, pero sobre una románica anterior del siglo XI y, probablemente, esta se levantó sobre un edificio pagano muy anterior. Porque el monte Faro fue una atalaya romana y antes, para los celtas, un lugar de sacrificio.

Y entonces nombro también la tierra de la que procede la familia de mi madre, que es un pequeño lugar –ubicado a orillas del Miño– que se llama Portomeñe. Hoy está desaparecido bajo las aguas del embalse de Belesar, oscuras y muy profundas, que ciertamente lo enterraron para siempre. Pero en el año 2010, con motivo del vaciado del embalse, allí acudimos la familia a contemplar nuestras raíces:. Y aquello fue emotivo. Contemplamos la capilla, pequeña, robusta, de piedra; las casas estaban enteras, solo parte del tejado estaba hundido; los árboles, que estaban desposeídos de sus cortezas y hojas, pero el agua había conservado la madera. Y oculté una rama, incluso la traje a mi casa, la deposité al lado de una chimenea y allí está, como algo sagrado y que revela mis orígenes.

¿Y cuál es la parte novelada?

Los amores de un obispo y Brianda de Moás, que terminan de una forma especial que no vamos a revelar.

Por lo que veo, está dedicada a sus padres, a hermanos y los vecinos de su parroquia.

Así es. A los que viven tan solo en mi memoria y los que todavía habitan sobre la verde geografía de mi parroquia de Santa María de Piñeira, Santa María de Moás. La tierra donde uno nació siempre es la más hermosa para uno mismo. En consecuencia, es la tierra constantemente añorada.

Naturalmente, cuento intimidades de esa parroquia y hechos reales que acaecieron durante mi existencia, pero que traslado a siglos pretéritos y que son sintomáticos de la forma de vivir no solo de aquella época, sino de la forma de vivir secular que duró siglos en las aldeas de Galicia.

¿Y qué me dice de Brianda?

Es imaginaria, pero como yo acabo diciendo, la imaginación tiene un poder tremendo: el poder de plasmar lo que pudo haber sido y quién sabe si paseó su rutilante figura por aquella parroquia. El monasterio desapareció, no sabemos cuándo exactamente, pero tuvo vitalidad. Y a mí me lo confirmó un estudioso, el profesor Delgado, ya fallecido, cura él, muy amigo mío.

¿Hay pinceladas de su vida en la novela, don Víctor?

No, las hubo y en abundancia en otro libro que escribí: Testigo y parte. Éramos cuatro hermanos. Yo soy el mayor, el segundo falleció. Y era, no obstante, el más culto y a quien siempre admiré y al que hace pocos meses se le rindió un público homenaje con personas relevantes. Todos conocían su vocación por la cultura y su significación.

¿Qué es lo que nos muestra la fotografía de la portada del libro?

Es el faro y la capilla, que tiene una campa por aquí siempre constantemente verde. Jamás está cubierta ni de tojos, ni de maleza, ni de silvas. Y no se sabe por qué.

No todo el mundo conoce tan bien sus raíces...

A mí me gusta la historia toda en general, la medieval me encanta –es mi hobby– y la de mi pueblo, pues no podía ser una excepción, naturalmente. Me dediqué a escuchar leyendas... Además, la existencia de la casa de Moás me la desvelaron dos viejos y luego mi hermano fallecido.

¿Qué le ocurre a su provincia?

Lugo es la provincia menos comunicada de Galicia. Eso dificulta notoriamente el conocimiento y acceso a la misma. A mi criterio, una parte trascendente de Lugo se ha puesto de moda por el Camino de Santiago. Y yo espero que con la autovía y el tren rápido, que tiene que llegar –como a todas las ciudades de Galicia– la ponga aún más. Lugo merece históricamente la reverencia de Galicia.

Se nota que le sale del corazón. Se echan en falta políticos como usted, que trasmitan sinceridad.

Y entusiasmo por la propia tierra.

Por supuesto.

Yo siempre sostuve que de la época de Fraga hubo dos ideas que realmente a Galicia la pusieron en el mapa. Una fue Galicia Calidade, que ideó Juan Fernández, quien se anticipó mucho a la marca España. Y la segunda: el Xacobeo. El Camino de Santiago ha resucitado las partes más deprimidas de Galicia.

Conviene que los más jóvenes sepan que usted es el padre del Xacobeo. Y muy probablemente se pregunten cómo se le ocurrió la idea.

Por el amor propio que significaba para mí Galicia. Hacia 1992, y ya en el año 1990, estaban anunciados dos grandes acontecimientos en España que la internacionalizaron: Expo 92 y los Juegos Olímpicos. Y el noroeste una vez más quedaba abandonado.

Y es cierto que en una noche reunido con colaboradores, en una taberna de Santiago, y con una jarra de vino de Ribeiro delante –que eso inspira, y a un gallego más– dije: ‘Hay que hacer algo’. Y le pregunté a uno: ‘¿Tú no me dijiste que era Año Santo en 1993?’ Y le dije: ‘Pues sobre el Camino vamos a montar un follón’.

Es importante conocer un poco la historia. Yo sabía de la Gloria del Camino de Santiago. Yo no lo inventé, lo que hice fue trasladarlo y ponerlo en valor. Llevaba cinco siglos absolutamente olvidado. Sí lo recordaban las autoridades eclesiásticas, porque es su celebración, pero no tenía la trascendencia civil que ahora tiene. Y eso es lo que a mí me importaba. Porque aquí, rápidamente, dividimos nuestras responsabilidades: la Iglesia atendía a las almas, yo, a los cuerpos (risas). Yo atendía al espíritu de la economía y siempre tuve de la Iglesia una gran colaboración.

“Admiro el entusiasmo actual por poner en valor la CdC”

Así como el Camino de Santiago se rentabilizó bien, la Ciudad de la Cultura, no tanto, don Víctor. “La CdC es una macroconstrucción proporcional, quizá, a la potencia económica de Francia, Inglaterra o tal vez EEUU, y no de una modesta Galicia. Lo que más admiro de la CdC es el entusiasmo actual que existe por ponerla en valor. La entrega inteligente que ha hecho la actual Xunta, particularmente su presidente, han valorizado lo que a mi criterio era un monstruo inservible. Por eso no hablo nunca de a CdC más de que del aspecto encomiástico, de lo bien que lo están haciendo ahora, no de lo mal que se hizo antes porque sería denostarla y yo no quiero denostar nada de lo que heredé de quien fue mi presidente, el señor Fraga”.

En su época había fraguistas. Ahora hay feijoístas... “Feijóo es una figura clave, notoriamente importante. Nadie que tenga sentido común lo puede negar. Hay que agradecerle que no se fuera a Madrid”.

09 sep 2020 / 00:00
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