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Entrevista | Fabián C. Barrio Escritor y aventurero

“El salario es una droga que nos suministran para que renunciemos a nuestros sueños”

Fabián C. Barrio llevaba seis años sin publicar un libro

Fabián C. Barrio llevaba seis años sin publicar un libro / cedida

Adriana Quesada

Adriana Quesada

Santiago

Fabián C. Barrio (Santiago de Compostela, 1973) dio un giro a su vida cuando se lanzó a recorrer el mundo en solitario sobre su moto, bautizada como Fefa. Fue así como terminó convirtiéndose en líder del Proyecto Suraj, de ayuda a niños esclavizados en circos indios. Ahora, después de seis años sin publicar ningún libro, ha vuelto a coger la pluma para su última obra: Usted se encuentra aquí (Deusto).

Era una persona con una vida convencional, como la de cualquiera de nosotros, y un día decidió cambiar todo e irse a conocer el mundo. ¿Qué lo llevó a tomar esa decisión?

Fíjese si será cruel una vida sin propósito que los dioses decidieron que era el peor castigo que podría sufrir Sísifo: a él lo condenaron a subir todos los días una roca a lo alto de una colina, sólo para ver cómo caía rodando al atardecer, así una y otra vez para toda la eternidad. Piense lo siguiente: el salario es una droga que nos suministran para que renunciemos a nuestros sueños. Creo que muchas personas se sentirán identificadas con el occidental medio que siente que su vida está siendo vivida por otra persona que tiene otros gustos, otras necesidades, otros deseos, otros intereses y otras responsabilidades. Más o menos yo me sentía así. Atrapado en una vida que me era ajena.

¿Y qué hizo para cambiar ese sentimiento?

Por fortuna, los occidentales disponemos de una herramienta valiosísima que ni siquiera valoramos: la posibilidad de cambiar nuestro destino. Lo único imprescindible es la voluntad. Si haces de tu prioridad vital algo, lo que sea, el universo, el Logos de los antiguos griegos, de alguna forma, se da cuenta y se aparta y te deja hacer. Contrariamente a lo que pudiera parecer, hacer viajes tan largos y llenos de aventuras no es una cuestión de dinero: Emilio Scotto salió de Argentina con 300 dólares en el bolsillo, tardó ocho años, pero dio la vuelta al mundo. Yo si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano. No daría tantísimas vueltas a las cosas, seguiría con pasión mis deseos. Y ya está. No es tan complicado, en realidad.

Ver mundo muchas veces también implica cambiar la forma de ver las cosas, ¿cuál cree que es el cambio más notorio que ha experimentado en su manera de pensar?

Antes de salir a dar la vuelta al mundo no tenía apenas sentimiento alguno de conmiseración por el sufrimiento del prójimo, seguramente por pura ignorancia. Recuerdo el primer viaje a la India que hice con un grupo organizado, me llevaban de acá para allá con chófer privado y dormía en viejos palacios del Rajastán. Y la India me pareció bonita. Cuando la atravesé en moto, perdí diez kilos en un mes. Por una mera exposición física a la realidad de la calle. Si el cuerpo pierde diez kilos, créame que algo también ocurre en su cabeza y en su alma. África también fue un sopapo brutal. Tardé seis meses en atravesarla. Cuando por fin crucé la frontera de Israel y me quedé en la primera ciudad, Eliat, a orillas del Golfo de Aqaba, recuerdo que me alojé en el hostal más modesto que encontré y, para mi asombro, había aire acondicionado y de la ducha salía un chorro más que generoso de agua a una temperatura perfecta. Luego, salí a pasear, y me encontré con la típica ciudad occidental de vacaciones. Me senté en el malecón y estuve llorando yo solo cerca de una hora. De alivio, sí, porque había conseguido atravesar África de cabo a rabo y permaneciendo intacto, pero también sintiendo una desgarradora tristeza por tantísimos millones de personas que no sabrán jamás lo que es un parterre de flores, un paso de cebra, un aire acondicionado que funciona o una ciudad disfrutando de la paz del atardecer en calma.

Habiendo visto tanto mundo, si tuviera que escoger una imagen que le haya impactado mucho, ¿cuál sería?

Podría enumerar una serie de instantes que quedarían perfectos en entrevistas, ligados a acontecimientos espectaculares, impactantes, fáciles de contar a quien no ha tenido la fortuna de viajar demasiado: atravesar una ciudad en un convoy militar en plena oleada de atentados talibán o esa mirada cargada de deseo absolutamente prohibido que compartí con una princesa de ébano en la frontera de Sudán. Sin embargo, hay otros momentos que escapan a toda explicación y que se han instalado en mi corazón de manera misteriosa: el repiqueteo de la lluvia sobre un techo de chapa y los sonidos nocturnos de la selva mientras navegas por el Amazonas en plena noche, un camello bebiendo de los charcos en una carretera perdida de Kirguistán, la asfixiante belleza en la cúspide de los Andes o una conversación significativa con un desconocido con quien, en apariencia, no compartes nada.

Desde países donde la sociedad lleva vidas con las necesidades básicas cubiertas, ¿cree que decidimos ignorar la realidad de los otros?

Sí, claro. Hay una cadena de sufrimiento enorme que se esconde detrás de cada objeto cotidiano, que decidimos ignorar, porque vivimos trágicamente enganchados al consumo. Los epicúreos que se asoman en las páginas de mi libro, como Epicuro mismo o Lucrecio, nos recordarían que los verdaderos placeres no se encuentran en la acumulación de bienes, sino en la sencillez. Nos invitarían a soltar la pesada carga del consumo desenfrenado para redescubrir la paz que nace al vivir con menos, pero sentir más, como al saborear una simple comida o contemplar el cielo, libres de la necesidad de tener, tener, tener.

Llevaba seis años sin publicar un libro y define los que tenía como “lágrimas bajo la lluvia”, ¿qué ha cambiado?

El origen de este libro tiene lugar delante de la sección de carnes de un supermercado chipriota. Vivo en Chipre hace seis años, y leo el griego muy torpemente. El cerdo estaba de oferta y ahí descubrí que “cerdo” en griego se dice “giros”. Inmediatamente, esa palabra me transportó a mi infancia, a mi abuela en la cuadra de Callobre, en A Estrada, diciéndole a los cerdos “ghiiiro, ghiiiro, ghiriño”. Me fascinó que una palabra así hubiera viajado en los vientres de los navíos y a lomos de las bestias de carga de comerciantes y aventureros desde una esquina del Mediterráneo hasta el mismo final de la Tierra. Así, empezó un largo periplo intelectual, descubriendo no sólo que somos más griegos de lo que creemos, sino que además, aquellos viejos barbudos supieron darnos recetas para navegar un mundo turbulento y difícil de comprender como el nuestro.

En su libro Usted se encuentra aquí habla de que no estamos tan lejos de civilizaciones de las que nos separan miles de años. ¿Han cambiado tan poco nuestras preocupaciones con el paso del tiempo?

Al igual que nosotros, el campesino griego vivía en un perpetuo temor por si al final del día era incapaz de alimentar a su familia. Puede que hoy la sombra de la hipoteca o de la Agencia Tributaria nos resulte más alargada, pero en esencia, ese terror primigenio que nos provoca insomnio por sucumbir a la miseria es el mismo perro con distinto collar. Él también perdía el dinero de la noche a la mañana, también asistía a choques migratorios, vivía las consecuencias de guerras muy ajenas, le daba coscorrones a sus hijos para que aprendieran los rudimentos de las matemáticas... Al igual que nosotros, el griego de la polis temblaba cada vez que se rompía un brazo. Para hacer frente a la incertidumbre, sin embargo, contaba con una herramienta muy poderosa. La filosofía jugó un papel importante en la vida de las personas en la antigua Grecia. El mundo en aquel entonces era un lienzo en blanco que la filosofía se encargó de llenar de trazos, a veces torpes, otros claramente nítidos, cuyas lindes todavía respetamos hoy al pintar los colores de nuestra sociedad y nuestro pensamiento.

Una de las grandes preocupaciones que tenemos hoy en día es no sentirnos solos, ¿la soledad no deseada ha sido un problema constante en la historia? ¿Qué hace que ahora esté tan presente?

La soledad no deseada ha sido siempre una inquietud humana, pero los filósofos clásicos griegos nos invitarían a replantearla. Epicuro, sin ir más lejos, nos recordaría que no necesitamos multitudes para ser felices, sino solo la compañía de unos pocos amigos genuinos. Lo que hace que hoy sea tan presente es nuestra dependencia de lo externo: redes, validaciones, ruido constante. Hemos olvidado que, como diría Platón, la verdadera compañía está en el diálogo interior y en la búsqueda de la verdad.

Sócrates fue condenado por hacerse preguntas, ¿hay ahora condenas por ello?

Constantemente. El mundo del siglo XXI ha llevado a los campesinos con antorchas linchando a cualquier pobre desgraciado al entorno digital. Hoy no se corre un peligro físico por confrontar ideas pero sí el mismo riesgo que antaño de ser condenado al ostracismo, lo que hoy conocemos como “cancelación”.

Mucha gente al leer la frase “no necesito estar atornillado a la oficina para ganarme el pan” sentirá que eso es algo muy complicado, ¿qué les diría desde su posición?

Es cierto que el mundo digital ha traído una enorme cantidad de sufrimiento e incertidumbre, pero también ha permitido que muchas personas podamos vivir colgados de la nube, flotando de acá para allá. A quienes sienten que esa libertad es inalcanzable, les diría que, aunque parece complicado, no es imposible. El mundo digital, con sus sombras, también ha abierto puertas insospechadas. Nos ha permitido redefinir lo que significa trabajar y vivir. Es un camino que exige valentía, sí, pero también ofrece la posibilidad de reconectar con nuestro tiempo, con nuestros sueños. No se trata solo de ganarse el pan, sino de encontrar una manera de hacerlo que nos permita sentirnos verdaderamente vivos, fluyendo con el mundo en lugar de estar atornillados a él.

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