44 años del 23-F | Perfecto Yebra Diputado del Congreso de los Diputados por la provincia de A Coruña durante el golpe de Estado del 23-F
“El 23-F pensé que se había acabado la democracia”
Este domingo se cumplen 44 años del 23-F, el golpe de Estado que puso a prueba al actual sistema político español. Sobre este hecho que marcó la Transición hablamos con uno de los políticos que vivieron aquel suceso entre las paredes del Congreso y que rememora en su obra ‘Si las casas hablasen’ de forma ficcionada

Perfecto Yebra Martul-Ortega, esta semana, en Santiago / Jesús Prieto

“Una persona normal que ha hecho cosas normales en la vida”, así se define Perfecto Yebra Martul-Ortega (La Habana), una figura que, a sus 85 años, tiene muchas historias que contar.
Lo hace como escritor desde que su mujer le animó a hacerlo para entretener a sus nietos y, en uno de sus trabajos, titulado Si las casas hablasen (Círculo Rojo), cuenta uno de los episodios que no solo han cambiado la vida de este catedrático de derecho ad honorem de la Universidade de Santiago de Compostela (USC), sino que han puesto a prueba a la actual democracia española: el 23-F.
José Manuel García IglesiasPerfecto Yebra, escritor
Un hecho del que fue testigo en primera fila como diputado de Unión de Centro Democrático (UCD) por la provincia de A Coruña y que recuerda como si hubiese ocurrido ayer.
Si las casas hablasen, un título muy sugerente…
¡Desde luego! Si las casas hablasen contarían muchas cosas. Esta obra refleja una realidad muy compleja de lo que va pasando en los hogares de la España franquista y de la Transición, pero, lo notable, es que cuenta lo ocurrido el 23-F en las Cortes generales cuando los diputados estuvimos allí chupando la moqueta.
Un episodio que puso a prueba a la actual democracia española hace 44 años y que usted, al igual que Bruno, el protagonista de su obra, presenció en primera persona desde su escaño como diputado de UCD. ¿Cómo vivió aquellos momentos de tensión en los que Antonio Tejero irrumpió a punta de pistola en el Congreso de los Diputados?
Con sorpresa de ver a los guardias civiles entrar en el Congreso. Los que allí estábamos, que acabábamos de hacer una Constitución y teníamos una gran ilusión porque la democracia volvía al país, lo vivimos como un golpe duro que nos hacía volver a los tiempos anteriores. Yo pensé que se había acabado la democracia.
Al igual que Bruno en la obra, ¿no temió por su vida?
No tuve miedo porque no era para tener miedo. Nunca creí que los guardias que participaron en el golpe de Estado fuesen a matar a los diputados. A lo sumo, pensaba que nos meterían en la cárcel durante un tiempo. Me imaginé que de ahí pasaría a una cárcel. En un momento dado, uno de los guardias subió a la tribuna y dijo que alguien vendría en cuestión de minutos y que nos diría lo que teníamos que hacer, pero nunca llegó.
E que pasou logo o 23-F?
Usted cuenta en el libro que los golpistas les llegaron a ofrecer a los diputados unas bandejas llenas de sándwiches. ¿Esto ocurrió realmente?
Sí, pero despreciamos olímpicamente el ofrecimiento. Ya era tarde, estábamos cansados y, llegadas las seis de la mañana, un diputado vocifero: ‘Déjennos salir’. Era Fraga. Uno de los guardias consiguió calmarle y, llegado el mediodía del 24 de febrero, un capitán nos dijo que nos preparásemos, que íbamos a salir. En aquel momento, el presidente del Congreso de los Diputados, Landelino Lavilla, se levantó e interrumpió para decir que se haría por el orden establecido. Acto seguido, Tejero se giró y se cuadró. Empezaron las filas de arriba y los últimos en salir fueron los miembros del Gobierno.
¿Cómo fue la salida del hemiciclo a la calle?
Al salir del hemiciclo, hay un pasillo que conduce a la salida lateral del edificio en el que, en aquel momento, los guardias se encontraban a ambos lados y pasamos entre ellos. Se les caían las lágrimas. En sus caras se veía la decepción de alguien que había fracasado. Cuando salimos fuera, todo había acabado. Fue un gran momento de alegría.
¿Qué momento del 23-F no se ha quitado de su mente?
Según terminó aquello, al día siguiente, volví a casa en avión. Al llegar, me encontré a la mujer y a los hijos. Estaban llorando. Le dije a mi mujer que no lo hiciese, que no pasó nada. Ella me dijo: ‘¿Y si llega a pasar? ¿Qué hago con cuatro hijos?’. Me quedé callado. Después de este incidente, mucha gente me paraba por la calle en Santiago y se identificaba con lo que habíamos pasado.
¿Ha vuelto a hablar de lo sucedido con algún otro político de aquella I Legislatura?
Solamente cuando nos han reunido en Madrid con motivo de alguna celebración de un acto o una efeméride. Ya vamos quedando pocos los que vivimos aquello. Nos vamos haciendo mayores (ríe).
Como político de la Transición, ¿ve un cambio sustancial en la forma de hacer política de aquella época a la actual?
En aquella época, todos los grupos políticos estábamos volcados en alcanzar lo que habíamos soñado durante 40 años, y era volver a la democracia, tener un sistema democrático que nos permitiese gobernarnos a nosotros mismos... Lógicamente, con el tiempo, las cosas se vuelven normales. Ahora, la normalidad es que cada cuatro años todo el mundo se pelea por estar en el Congreso y por gobernar.
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