Los secretos que esconde el fondo marino gallego
En las profundidades marinas de nuestra costa podemos encontrar unas «matas» de vegetación acuática que hasta ahora han pasado desapercibidas para el gran público e investigadores. Sin embargo, durante los últimos años se ha comenzado a reivindicar su importancia en el mantenimiento del ecosistema costero y la lucha contra el cambio climático.

Pradera marina de 'Zostera marina' en la ría de Ferrol / Guillermo Díaz

Galicia y mar son casi sinónimos. Con casi 1.500 kilómetros de costa llena de playas, acantilados y rías, mucha de la vida en nuestra comunidad está ligada al medio acuático. Entre pescadores, mariscadores y turistas, hablamos de la calidad del agua, de la conservación del medio, la contaminación... pero, nunca mejor dicho, en ocasiones nos quedamos en la superficie.
La costa gallega es mucho más: el fondo marino esconde “secretos” que afectan a muchas partes de nuestra sociedad y economía, al clima y al ecosistema. ¿Qué hay realmente en el fondo de nuestra costa?
Hay que distinguir, primero, entre suelo submarino y sedimento, como aclara el catedrático del CRETUS y profesor del Departamento de Edafología y Química Agrícola de la USC, Xosé Lois Otero Pérez: “La gente, habitualmente, le llama suelo submarino a todo lo que es el fondo oceánico marino, desde las rías hasta la Fosa de las Marianas. En lo más profundo, donde no hay roca, hay sedimento, que es material no consolidado que va arrastrando el continente hacia el fondo”.
Sin embargo, en la parte más “superficial”, es donde encontramos realmente el suelo marino: “Se le llama suelo porque sobre ese sustrato marino habitan o crecen plantas vasculares o superiores, que no son algas, sino plantas de porte herbáceo (parecidas a la hierba, sin tallos leñosos o duros)”, aclara.

Xosé Lois Otero Pérez, catedrático del Centro Singular CRETUS y profesor de Edafología y Química Agrícola en la USC / Cedida
En Galicia existen dos tipos: la Zostera marina y la Zostera noltii, que ocupan sobre todo zonas intermareales, que quedan sin agua cuando baja la marea, o zonas poco profundas, de entre cinco y diez metros de agua. No es un caso único a Galicia, ya que muchas zonas costeras están llenas de este tipo de vegetación.
Funciones vitales
Otero ha estudiado este tipo de plantas tanto en Galicia como en el Mediterráneo o la costa atlántica de Brasil, y asegura que antes pasaban desapercibidas, por no estar a la vista, pero que ahora se ve su relevancia, y es que cumplen unas funciones ecosistémicas que son claves para su entorno. La primera es la regulación de los procesos biogeoquímicos en el fondo de las zonas costeras marinas: “Estas plantas actúan como una esponja, absorbiendo muchísimo CO2 atmosférico, ya que hacen la fotosíntesis. Son muy productivas, muy eficientes, generan mucha materia orgánica que se incorpora al substrato, van creciendo y acumulan mucho carbono”, señala el catedrático del CRETUS.

Pradera marina de 'Zostera marina' ya desaparecida en el lago dos Nenos, en las islas Cíes / X. L. Otero
Es tanto el carbono que almacenan, que su tasa de acumulación por hectárea llega a ser entre 2 y 10 veces superior que un bosque tropical del Amazonas, por lo que suponen una ayuda clave para luchar contra el cambio climático. Además, absorben nutrientes del agua, como fósforo y nitrógeno, reduciendo la concentración de estos nutrientes en la costa, que llegan a través de los ríos que reciben aguas residuales o a través de la atmósfera, que los deposita en los océanos.
A nivel físico, regulan la estabilidad de la costa, ya que las matas de vegetación crecen como una alfombra y alcanzan alturas de entre 50 y 70 centímetros: “Esto hace un fondo mucho más rugoso, por lo que las corrientes marinas que vienen con fuerza, al pegar contra este, se atenúa su fuerza”, explica Otero, “lo que hace que, al llegar a la costa, su energía es menor y evita la erosión, que es un proceso agravado por el cambio climático y la subida del nivel del mar”.
La tasa de acumulación de dióxido de carbono por hectárea de las matas llega a ser entre 2 y 10 veces superior que un bosque tropical del Amazonas.
El efecto quizá más importante de estas matas de vegetación es el que tienen sobre la biodiversidad: “Las matas generan hábitats nuevos, porque son como pequeños bosques que se extienden durante kilómetros. Es, por ejemplo, donde depositan los huevos muchísimos moluscos y peces y donde viven buena parte de sus fases juveniles, como es el caso del choco”, comenta el profesor. Además, en ellas viven una gran diversidad de invertebrados que son alimento de muchas especies, y sobre los haces (las hojas de estas matas), se depositan plantas epífitas, un tipo de plantas que viven pegadas a otras.

Pradera intermareal de 'Zostera noltii' en la ensenada de O Grove, Pontevedra / X. L. Otero
La vegetación submarina también ayuda a reducir los materiales en suspensión, ayudando a que no haya turbidez en el agua, que a veces viene arrastrada por movimientos de barcos o por ríos con mucha carga sedimentaria, bien por la erosión, la deforestación o las fuertes lluvias, entre otros. Una función más desconocida es la de reservorio genético: “Las matas son casi monoespecíficas, hay una o dos especies, pero encima o dentro de ellas hay una gran variedad de especies de invertebrados, microorganismos... hay mucha riqueza a todos los niveles”, asegura Otero.
En Galicia también podemos encontrar los bosques de algas pardas, que crecen muy rápidamente y tienen unas funciones similares a las praderas submarinas, pero al renovarse todos los años no tienen tanta relevancia a la hora de filtrar el carbono.

Praderas marinas en las costas de Brasil / Cedida
Las zonas más profundas, de sedimento, son mucho más pobres en diversidad, asegura el experto: “Los ciclos biogeoquímicos son mucho más lentos, la capacidad de reducir o fijar carbono es alrededor de 10.000 veces menor que la de la mata... A pesar de que los océanos ocupen las dos terceras partes de la tierra, la zona costera, que llega hasta los 20, 30 o 50 metros de profundidad, es donde se encuentra toda la diversidad y la productividad del mar. Las zonas muy profundas son casi estériles”.
Amenazas y consecuencias
Según Otero, las matas submarinas cuentan con “muchísimos enemigos” en este momento: “En España, donde más se han estudiado es en Baleares, en el IMEDEA, un centro del CSIC, y han visto muchos problemas con la eutrofización (exceso de nutrientes en el agua, principalmente nitrógeno y fósforo), la turbidez de las aguas y, sobre todo, por los anclajes de los barcos, que se echan al fondo del mar y arrastran y destruyen toda la zona de la mata cuando se mueven”. Estas praderas, muchas veces de miles de años de antigüedad, tardan muchísimo en formarse, pero se pueden destruir rápidamente.
La turbidez del agua también les afecta mucho: “Las matas nunca se asientan muy cerca de las desembocaduras de los ríos, porque si traen mucha turbidez, la luz no llega al fondo marino, lo que provoca su muerte”, asegura. Por otro lado, la eutrofización produce muchas microalgas, zooplancton o fitoplancton, entre otros, que cuando muere se descompone muy rápido y genera sustancias tóxicas como los sulfuros, que matan a las praderas.
Los efectos que tienen sobre el medio ambiente todavía son desconocidos, ya que el estudio de las matas es un fenómeno bastante reciente: “Estamos evaluando ahora el carbono asociado a estas matas para toda la Península Ibérica, sabemos lo que se puede estimar, pero aún no está publicado. Se empieza a conocer ahora la relevancia que tiene sobre el ciclo biológico de especies de interés comercial como el choco, se puede relacionar con el declive de ciertas pesquerías, pero tampoco se sabe hasta qué punto”, comenta Otero.
Sin embargo, el impacto se puede cuantificar de forma positiva: “Podemos decir que, si tú conservas bien ese hábitat, quiere decir que esa zona costera tiene un alto grado de conservación. Es como un indicador, la presencia quiere decir que es un buen hábitat porque integra varios parámetros muy relacionados con la calidad ambiental, como la reducción de nutrientes, la ausencia de sustancias tóxicas, poca erosión... pero su desaparición no se puede relacionar con la pérdida de nada, porque es un hábitat todavía desconocido”, finaliza el catedrático.
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