Portección solar
El secreto ancestral para una piel radiante bajo el sol: el legado de Cleopatra y los masái en la cosmética del siglo XXI
Uno de los secretos mejor guardados de la egipcia era el uso del ocre rojo, un pigmento rico en óxido de hierro, que aplicaba sobre su piel para protegerla y embellecerla

El cuidado de la piel en verano se extrema. / Agencias
Natalia Vaquero
El sol, astro rey que nos baña con su luz, es una fuente inagotable de vida y bienestar. Su energía impulsa la fotosíntesis, vital para nuestro planeta, y en nosotros estimula la producción de vitamina D y la liberación de serotonina, mejorando nuestra salud ósea y estado de ánimo. Sin embargo, esta relación vital exige un profundo respeto y una protección inteligente, especialmente cuando su abrazo se vuelve más intenso en los días más sofocantes del verano. Pero, ¿y si el secreto para un cuidado solar consciente no fuera una invención moderna, sino un eco de la sabiduría ancestral? La respuesta reside en pigmentos milenarios que ya protegían las pieles más icónicas de la historia.
Ya en las riberas del Nilo, donde Cleopatra, la última faraona de Egipto, no solo gobernaba un imperio, sino que custodiaba su belleza con rituales que han trascendido el tiempo. Uno de sus secretos mejor guardados era el uso del ocre rojo, un pigmento rico en óxido de hierro, que aplicaba sobre su piel para protegerla y embellecerla. A miles de kilómetros, en las vastas llanuras africanas, los guerreros masái adoptaban una práctica similar, cubriendo su piel con una mezcla de arcilla rojiza, también cargada de óxido de hierro, como un escudo natural contra el implacable sol de la sabana.
Más que magia es ciencia intuitiva
Este conocimiento, que se remonta incluso al Paleolítico, no era magia, sino ciencia intuitiva. La sabiduría ancestral y la ciencia de vanguardia se encuentran ahora en la filosofía de Dulkamara bamboo. Inspirada en los rituales de belleza de Cleopatra, esta firma de alta cosmética navarra ha logrado un hueco hasta en el neceser de la reina Letizia, quien confía en fórmulas naturales para preservar la salud impecable de su piel.
Pero su misión va más allá de proteger del sol. Dulkamara bamboo ha diseñado un escudo integral que defiende el cutis no solo de la radiación solar, sino también de un enemigo moderno y silencioso: la perjudicial luz azul que emana de las pantallas de smartphones, ordenadores y televisores.
Absorción selectiva de la luz azul visible
Desde el corazón del navarro Valle de Ultzama, sus expertos han descifrado por qué este pigmento mineral que utilizó Cleopatra y sigue presente en la rutina de los masái es tan eficaz: el óxido de hierro no solo refleja la radiación solar, sino que posee una capacidad única para absorber selectivamente la luz azul visible, una de las principales responsables del envejecimiento prematuro y la aparición de manchas.
El uso de pigmentos naturales para adornar el cuerpo es una práctica ancestral, un lenguaje universal que entrelaza la estética, el ritual y la protección. Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha recurrido a la tierra para extraer colores que le permitan expresar su identidad, marcar su estatus o protegerse de los elementos. Este impulso, lejos de ser una invención moderna, tiene sus raíces en los albores de nuestra especie.
La evidencia más temprana nos transporta a la Prehistoria. Ya en el Paleolítico, las mujeres preparaban mezclas a base de óxido de hierro para colorear su piel con tonos marrones y rojizos, una costumbre que trascendía la simple vanidad. Durante la Edad del Bronce, esta práctica se sofisticó; cazadores y danzantes teñían partes de su anatomía con intensos pigmentos rojos y negros para ceremonias y rituales. Los hallazgos arqueológicos, como pequeños contenedores de hueso que aún conservan restos de pastas coloreadas hechas con grasas y óxidos minerales, sugieren una doble función: además del propósito simbólico, estas aplicaciones podrían haber servido como una primitiva pero eficaz barrera de protección contra la inclemencia del sol.
Un ejemplo paradigmático de la sofisticación cosmética en la antigüedad se encuentra en el Antiguo Egipto. Allí, el maquillaje se convirtió en un arte refinado y un claro marcador social. La icónica reina Nefertiti adornaba las uñas de sus manos y pies con un exclusivo rojo rubí, mientras que Cleopatra prefería un intenso y poderoso rojo óxido. Estos tonos vibrantes estaban reservados para la realeza; a las mujeres de rangos inferiores solo se les permitían tonalidades pálidas, estableciendo una clara jerarquía a través del color. Las egipcias también popularizaron la moda de pintarse los labios con tintes elaborados a partir de ocre rojo y óxido de hierro, que aplicaban meticulosamente con pequeños pinceles o palitos. Además, utilizaban la henna, conocida como alheña, para teñir los dedos de manos y pies con una distintiva coloración anaranjada-rojiza.
Este legado ancestral encuentra una de sus expresiones más ricas y diversas en las culturas del continente africano, donde el uso de ingredientes naturales ha perdurado durante siglos como parte integral de la vida diaria y ceremonial. La arcilla roja, por ejemplo, es un ingrediente fundamental. Su característico color se debe a la alta concentración de óxido de hierro, el mismo compuesto utilizado en la prehistoria. Tribus como los masáis la utilizan como una base de maquillaje que, además de su valor estético, posee propiedades curativas y protectoras para la piel.
Junto a la arcilla, la manteca de karité se erige como otro pilar de la cosmética africana, un tesoro natural que nutre profundamente la piel y la resguarda de la radiación ultravioleta. Finalmente, la henna continúa siendo un elemento de gran versatilidad, empleada no solo para teñir el cabello y las uñas, sino también para crear intrincados y bellos tatuajes temporales que adornan el cuerpo en celebraciones y ritos de paso. De este modo, desde las cuevas prehistóricas hasta las vibrantes culturas africanas, el maquillaje ha sido siempre mucho más que color: un poderoso símbolo de conexión con la naturaleza, la comunidad y la historia.
Inspirados en esta conexión entre historia y naturaleza, Dulkamara bamboo propone un ritual holístico para el verano, donde proteger la piel es un acto de respeto, no de aislamiento. Su filosofía rechaza las nanopartículas y los disruptores endocrinos, apostando por "joyas vegetales" biocompatibles que trabajan en sinergia con nuestra epidermis.
El ritual de cuidado consciente para el verano:
El escudo diario y urbano: para el día a día, incluso bajo un cielo nublado, la Crema Bioactiva FP6 es el primer gesto fundamental. Más que un simple protector, es un tratamiento multifunción que fortalece el fototipo de la piel, actúa como un bronceador progresivo y previene la hiperpigmentación. Su uso matutino prepara la piel, y como tratamiento aftersun, su poder regenerador calma y repara tras la exposición.
La fortaleza natural ante el sol intenso: cuando la exposición es prolongada —en la playa, la montaña o durante la práctica deportiva—, el Bioprotector FP20 se convierte en el guardián indispensable. Su fórmula, de gran poder emoliente, crea una barrera física y biológica que mantiene la hidratación y nutrición durante horas. Aplicado antes de tomar el sol y reaplicado periódicamente, no solo protege, sino que mejora el sistema linfático, aportando una sensación de frescura y bienestar general.
El antídoto contra el fuego del verano: las altas temperaturas traen consigo sudoración, irritaciones y rojeces. Para estos momentos, el Micronizado Dermo-Calmante es un velo de alivio. Este polvo 100% natural depura, suaviza y calma la epidermis de forma inmediata. Su aplicación reduce el escozor y el picor, dejando un acabado sedoso y un exquisito aroma natural. Es la respuesta perfecta para que la piel respire, se regenere y se mantenga en equilibrio.
Así, el cuidado de la piel en verano se transforma. No se trata de ocultarse del sol, sino de establecer una alianza inteligente con él. Al adoptar estos gestos, no solo aplicamos un producto, sino que participamos en un ritual que conecta nuestro presente con la sabiduría de Cleopatra y la resistencia de los masái.
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