Desconectar para conectar: así son los ‘dumbphones’
El uso de teléfonos básicos, de esos que permiten llamar y mandar mensajes de texto, pero que no tienen conexión a internet, ganan adeptos. Se presenta como una opción para el primer dispositivo de los adolescentes y también como una alternativa ‘detox’ para adultos.

Los 'dumbphones' ganan adeptos frente a los 'smartphones' en ciertos contextos / ECG
A. Chao
Todavía se pagaba en pesetas, se estrenaba Gran Hermano en España y se acababa la mili obligatoria. Era el año 2000, ese que inauguraba el milenio y que nos hacía temblar con los posibles y devastadores efectos que podía acarrear a nivel tecnológico. ¿Quién –especialmente mayor de 40– no recuerda los preparativos y las decenas de teorías alrededor del temido «efecto 2000»? Mientras el idilio con las tecnologías no hacía más que consolidarse, la marca Nokia lanzaba al mercado uno de sus dispositivos más icónicos: el 3310. Sin ni siquiera imaginar que sería eso de las redes sociales, las pantallas táctiles o las cámaras de alta resolución, el móvil de la firma finlandesa se convertía en un clásico del que se vendieron más de 126 millones de unidades en todo el mundo. 25 años después lo retro vuelve, para (casi) todos los públicos, por diferentes motivaciones y bajo el concepto de dumbphone.
En todos estos años el mundo de las telecomunicaciones ha experimentado un cambio radical, con sus pros y sus contras. Según los datos del INE, en 2024 prácticamente el 70% de los menores de entre 10 y 15 años tienen un teléfono móvil, casi tres puntos más que hace una década. Estos datos sobre el uso en edades tempranas de estos dispositivos han generado innumerables debates: desde la prohibición en los centros educativos hasta pactos sostenidos en la voluntad social para retrasar el acceso a ellos.
En contraposición con su antagonista, el smartphone, la traducción de su nombre no deja margen al error: los dumbphones son terminales de telefonía «tontos» con funciones limitadas, que, en resumidas cuentas, permiten llamar y poco más. Eso sí, nada de acceso sin límites ni a internet, nada de redes sociales ni de IA.
Este tipo de móviles ya se están popularizando en países como Noruega, Suecia o Finlandia e irrumpen ya en el mercado patrio. El informe Generación SPCial, realizado por la tecnológica española SPC, muestra, además, que el interés en estos teléfonos básicos está en auge: apunta que un 12% de los jóvenes han cambiado voluntariamente su smartphone por un dumbphone.
Pero, ¿en dónde residen los beneficios de estos dispositivos? Por un lado, se presenta como una opción de primer móvil. Patricia Gómez, doctora en Psicología y profesora en la Universidad de Santiago de Compostela (USC), desaconseja absolutamente entregar un teléfono en la etapa de Infantil o Primaria. Para decidir los siguientes pasos a partir de ahí, «invitaría a fijarse en varias cosas, si mi hijo o hija lo demanda, lo necesita o si es por necesidad del adulto para tener cierto control» ya que a veces nos adelantamos sin motivos.
La experta también añade la variable de la madurez del adolescente y que el salto no debe ser «de 0 a 100, es imprescindible supervisar este ámbito y que sea algo gradual» siempre «acompañándolos y guiándolos».
Precisamente, en ese acceso que Gómez, incide, tiene que ser «gradual y negociado» los dumbphone pueden ser una herramienta útil. La propia Asociación Española de Pediatría en sus últimas recomendaciones incluye, de los 13 a los 16 años, priorizar teléfonos sin acceso a internet. «Pueden ser un paso intermedio, especialmente cuando los queremos para cuestiones logísticas», explica Gómez. Sin embargo, «es bastante probable que el adolescente no busque eso», así que es un dispositivo temporal. La psicóloga insiste en la necesidad de supervisión y acompañamiento en las diferentes etapas.
‘Detox’ para adultos
El uso de los «teléfonos tontos» no se limita exclusivamente a adolescentes. Cada vez más adultos buscan periodos detox de las pantallas. Y es que los más jóvenes no dejan de ser reflejo de lo que ven en sus mayores. «Somos responsables de la relación que la infancia tiene con las tecnologías. Los bebés no vienen al mundo con un smartphone debajo del brazo, sin embargo, vemos a niños que aún no caminan obnubilados delante de pantallas», indica Gómez.
La desconexión digital en los adultos mediante dumbphones es beneficiosa para su propia salud pero también para la de los pequeños: «Los niños y niñas necesitan desarrollar sus habilidades verbales, cognitivas, sociales, emocionales… y eso es posible con la presencia e implicación de las personas adultas que juegan con ellos, los hacen reír, los miran a los ojos, les enseñan cómo se llaman las cosas, pasean por el parque…», nada comparable a lo que unos y otros pueden obtener de las pantallas. De hecho, existen ya aplicaciones para convertir los teléfonos inteligentes en tontos limitando sus funcionalidades por periodos de tiempo determinados.
Utilizando el símil de la alimentación donde el concepto detox también es muy popular, lo fundamental es establecer unos hábitos saludables sólidos y constantes, no compensar de manera puntual.
Con todo, la realidad en los hogares son adultos hiperconectados que se enfrentan a adolescentes o preadolescentes que se presentan con aquello de «es que todos tienen móvil» situándolos ante la culpa de estar convirtiendo a su hijo o hija en «el bicho raro del grupo». Si bien es cierto que las decisiones respaldadas por la comunidad son más fáciles de implementar, lo que realmente se debe fomentar es que los jóvenes tengan cubierta su necesidad de pertenencia de manera presencial y no a través de una pantalla. Así, los teléfonos se convertirán en una vía de comunicación, pero no el eje central de sus interacciones.
Consecuencias y signos de alerta
La psicóloga Patricia Gómez explica que la propia pantalla es «tremendamente estimulante» y que una exposición intensiva y temprana puede volver a niños y adolescentes menos curiosos y más sedentarios.
Recomienda fijarse en «qué, con quién, cuánto y cuándo» usan la tecnología: no es igual ver tutoriales para reproducir manualidades que hacer scroll en TikTok o jugar a títulos para mayores de edad. Advierte también de que las interacciones con desconocidos se asocian a peores resultados que las que mantienen con amistades offline.
Cita el estudio ABCD, desarrollado en Estados Unidos con niñas y niños de 9 a 13 años, para señalar que «más de dos horas al día de consumo de pantallas» se vinculan a mayor riesgo de depresión, autolesiones e ideación suicida, y recuerda que en su grupo (USC-Psicom) hallaron que tener móvil propio a los 11 o antes se relaciona con más sexting pasivo, contacto con desconocidos y juego online, además de retrasos en el habla.
Añade que el uso temprano afecta a atención y lenguaje, que la multitarea perjudica el control cognitivo y que «la mera presencia de un smartphone» puede lastrar la memoria de trabajo, con impacto en sueño, sedentarismo, miopía y salud mental.
También alerta sobre imagen corporal, autoestima y exposición precoz a odio y pornografía. «Somos ejemplo todo el tiempo», dice, y sugiere limitar el móvil de los adultos delante de menores hasta los 6 años».
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