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Anglicismos, esta vez sí

cuando allá por los años cincuenta estudiaba el bachillerato, en mi grupo todos menos uno éramos de francés. Pocos años pasaron para que aquella situación de monopolio se invirtiera con el consiguiente batacazo del francés chic con amplia tradición diplomática y cortesana. Así, en la corte de los zares, era norma expresiva aristocrática y una novela como Guerra y Paz (1869), del gran León Tolstoi, tiene en su original amplios y numerosos párrafos en francés. En los años sesenta el árabe desapareció –en beneficio del griego clásico– en la USC. Paralelamente, entre los lectorados de italiano y de portugués ganaba el primero por goleada, si bien la presión política de los países vencedores de la II Guerra Mundial redujo la oferta en la enseñanza media (que resistió sin embargo en el Instituto Xelmírez de Santiago) de alemán e italiano, como reclamaba la nueva situación del país.

Nunca sentí interés ni simpatía por aquella lengua germánica (pero con mucho latín dentro), que llegó con fuerza inusitada y con todo a su favor. Representaba el inglés moda y modernidad y su enseñanza era innovadora. Se enseñaba desde una óptica practicista, muy ceñida siempre a la conversación, al registro oral . De su estudio hizo Gran Bretaña (y con ella Norteamérica) y lo continúan haciendo hoy mismo, un próspero negocio educativo–vacacional sustentado en una amplia red de colegios de élite y lectorados universitarios.

Lo criticable es, primero, nuestro sempiterno complejo de inferioridad (es decir, lo que siempre se llamó el papanatismo) frente a lo foráneo y, al mismo tiempo, nuestra desidia o dejadez en el control de entrada de elementos idiomáticos ajenos (léxicos especialmente) sin que ni la RAE ni otras entidades culturales y educativas reaccionen eficazmente. El laissez faire, laissez passer fue la tónica general, con algunas protestas aisladas a título individual en la prensa. La presión del inglés vino acompañada de una bien publicitada valoración utilitarista, pragmática, que sigue vigente. Como ejemplo, el aluvión de palabras–partícula como chat, blog, set, spot, stop, show, surf, stock, stand, slip, test o snob entre muchísimas más adaptadas o no al español; términos ya familiares y generalizados como casting, speech, showman, winner, single, sadwich, panty o ticket, etc y otras más, algunas de ella referidas a profesiones como youtuber, coach o disc-jockey.

Medios de comunicación como televisión y prensa; agentes publicitarios de moda, informáticos, representantes del comercio; empresarios y empresas “à la page” montan a diario una plataforma permisiva que exhibe un alto poder visibilizador contra el que nada puede una débil y atomizada crítica y una absoluta dejación del Gobierno, que solo ha abierto la boca para apoyar los disparates y aberraciones contra el sistema gramatical, promovidos por el feminismo más cerril y radical, sobre todo en materias como el género (por ahí les aprieta el zapato) y el número, donde plural y singular cada vez se distinguen menos, lo que afecta gravemente al sistema de pronombres y a la conjugación verbal.

Cuando esto se escribe están saliendo los libros de estilo de algunos periódicos. El de El País ya está en librerías. En fin, para quien necesite algún libro de consulta ( a muchos no les vendrá mal) puede ver el Gran diccionario de anglicismos, de Félix Rodríguez (Arcolibro, 2017) o El anglicismo en el español actual, de Javier Medina (Arcolibro, 2004). Por información que no sea.

07 may 2021 / 01:00
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