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Cada cosa a su tiempo: ¡più adagio!

Se acabó el verano y todo apunta a la navidad, con sus antecedentes (alumbrado de calles) y sus consecuentes (cabalgata de reyes). Se pasa por alto todo un mes que, quizás por nublado, preferimos que pase de largo.

Noviembre, mes de difuntos. Así lo tenemos asimilado muchos todavía y más en esta tierra gallega, donde a los “finados” y a los que deseamos “que en paz descansen” son más que nunca recordados.

Esa especie de coletillas ya casi nadie las pronuncia. Ni los niños ni adolescentes las escuchan de sus padres ni abuelos. Se pierde así, en parte, la oportunidad de introducirlos en un mundo tan real como el terreno que pisan bajo la suela de sus deportivas Adidas o Nike. Luego, cuando llega el momento en que no queda otra que contarles la verdad, hay que echar mano de fórmulas e historietas que a ellos les resulten amables. No vayan a tener pesadillas a lo Samaín o a lo Halloween.

Uno de mis profesores, mayor y gran melómano, cada vez que podía me recordaba que en su entierro quería que sonase la Marcha Fúnebre de Beethoven. Y la tarareaba para que no hubiese confusión alguna. No sé si se cumplió su deseo, pero no dudo que así fuera, en versión reducida para órgano, por ejemplo, pues amante de las guitarras posconciliares no era.

Una marcha fúnebre remite a un cortejo triste y funesto. Escuchen la que compuso Beethoven para su 3ª Sinfonía, op. 55 (otra tiene para piano) y verán que no responde a esa imagen.

Se inserta en el Adagio de su “Heroica”. Lo difícil es precisar a qué héroe se refería y las intenciones de Beethoven respecto a esta obra, con la inserción de una “marcha” en una pieza sinfónica.

Tardó más de tres meses en componerla enteramente y, en contra de lo que puede parecer, está inspirada en algunas melodías conocidas de antemano. Beethoven era un genio talentoso, pero, como casi todos los músicos, tenía sus referentes y era hijo de su época y de sus particulares intereses.

Soñaba con irse a París, ciudad llamada a ser punto neurálgico de la música, tras la era dorada de Viena. Para preparar el terreno la presentó en formato reducido en veladas de salones privados, desde finales de 1804 hasta su estreno en público, en abril de 1805.

Valió la pena, pues la acogida de la sinfonía al completo fue buena, aunque no se libró de algunas críticas. La más repetida se refería a su extensión y falta de determinación: La sinfonía sería mucho mejor -dura una hora- si Beethoven aceptara eliminar algunas partes y si diera a la partitura más brillo, claridad y unidad (Allgemeine musikalische Zeitung, 1805).

No le faltaba razón al crítico musical pues pasa de lo majestuoso, a lo bucólico y a lo plácido. Beethoven hizo cambios sobre lo que iba sonando en público o en su cabeza, contradiciéndose a sí mismo al decir que: Nunca lo he hecho, porque afirmo rotundamente que el más pequeño cambio altera el carácter de la composición (Carta, 1815).

A pocos meses de ser coronado emperador Napoleón -supuesto héroe al que iba dedicada- no rectificó la portada donde constaba escrito Buonaparte. Que aparezca tachado ese nombre, con saña, no implica que lo haya hecho él, como algunos señalan. De hecho, siempre codició verse en la ciudad del Sena, con la crème de la créme, como correspondía a un hombre con apellido aristocrático, en busca de un lugar para vivir holgada y libremente, su ambición nunca colmada.

Esta Marcha Fúnebre condensa el atormentado peso de su existencia. Así lo comenta J. Swafford al referirse a toda su obra: Volviendo la vista a través de la vida de Beethoven como hombre, quizá lo más sorprendente de él es que pudiese sobrevivir a la carga de ser Beethoven. Tantas cosas pesaban en él: tanta música se agitaba en su interior, tanta ira, tanto delirio, tanta angustia física y mental. No es extraño que en su época se le considerase sobrehumano. Pero verdadera y triste realidad es que Beethoven tuvo que vivir al límite de la resistencia humana, y lo reflejó en su arte. Como una de las figuras definitivas de una época revolucionaria, dio testimonio y nos reveló a todos y a cada uno una nueva visión del significado de lo humano” (2017).

Sostiene X. M. Carreira que esta sinfonía, adecuada a la orquestación de entonces, se interpretó por primera vez en España en vida de Beethoven, fallecido en 1827, en los salones de la burguesía coruñesa. El hecho de que se conserven partituras de su música en la Biblioteca Adalid, es prueba de ello.

Con el apremio que hoy hay por enterrar cuanto antes a los muertos, no sería sensato proponer una audición de 17 minutos, retardando la ceremonia, así sea que esta dure un suspiro.

Difícil será que estos “finados” descansen en paz. Lo lograrán, espero, al liberarse de nuestras acomodaticias prisas, en otro feliz mundo, sin exclamar: “ adagio”, meus fillos, che chegar, chegamos!...

04 dic 2021 / 00:01
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