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Del opio al azafrán

Afganistán es un país con una población rural en su 80%, y cuya ocupación fundamental es la agricultura. Entre los años 1994 y 2001 el cultivo de la adormidera, de cuya savia se extrae el opio, se difundió por todas las partes del país de un modo extraordinario, cubriendo los campos desde las afueras de las ciudades hasta las aldeas más remotas. En las aldeas en las que hasta entonces sus habitantes solo habían cultivado trigo y otros cereales necesarios para su alimentación y el forraje de sus animales, poco a poco los campesinos comenzaron a cultivar la adormidera. La razón era evidente, el opio es muy caro, y cultivar adormidera en una pequeña parcela permite a un labrador ganar unos 2.000 dólares, mientras que el rendimiento de esa misma tierra sembrada de cereales sería solo de unos 100. Por eso parecía razonable, desde un punto de vista económico, dedicar las tierras al cultivo de esa planta. Los campesinos ni sabían, ni les preocupaba en absoluto saber para qué sirve el opio; lo único que querían era ganar un buen dinero con el sudor de su frente. Gracias a ese dinero por primera vez durante muchísimos años los labradores afganos pudieron comprar ya no solo cosas imprescindibles para su supervivencia, sino incluso llegar a tener un coche, un televisor, una máquina de coser, una radio, y otras cosas a las que nunca podrían haber llegado a aspirar de no ser por el dinero del opio.

Desde el primer momento de la llegada del ejército de los EE. UU. y las demás fuerzas internacionales a Afganistán se invirtieron ingentes cantidades de dinero para frenar el cultivo de la adormidera. Solo los EE. UU. se gastaron unos 9.000 millones de dólares en la lucha contra el narcotráfico. El gobierno de Afganistán y el Ministerio para la lucha contra el Narcotráfico también intentaron por su parte frenar el cultivo de la adormidera en aquellas provincias que permanecían bajo su control. Utilizaron incentivos que pudiesen servir como alternativas a ese cultivo, pero también llegaron a hacer uso de la fuerza, destruyendo en muchos casos los campos de adormideras.

Sin embargo la producción de opio no dejó de crecer. Según el informe de la ONU en 2017 las áreas sembradas de adormidera alcanzaron las 328.000 hectáreas. El gobierno afgano solo tuvo éxito en este lucha en las provincias no pastunes, en las que los talibanes tenían menos poder y en las que podía así utilizar la fuerza cuando fuese necesario. En otras provincias, como Kandahar y Helmand, dos de las grandes provincias mayoritariamente pastunes y que poseen el agua suficiente y las tierras más fértiles para una buena agricultura, pero también el número más elevado de terroristas talibanes, los planes del gobierno no sirvieron para nada. Esas dos provincias son ahora conocidas como las “pequeñas Américas”, porque están bien irrigadas y sus campos siempre están verdes, y es en ellas donde se produce desde hace dos décadas el 90% de la materia prima del mundo para la fabricación de la heroína.

Una de las razones que explican por qué en ellas no funcionaron los planes del gobierno fue porque los gobernadores provinciales pastunes hicieron la vista gorda ante los talibanes y sus aliados los narcotraficantes millonarios, que incluso obligaron en ocasiones a muchos campesinos de estas provincias a cultivar adormideras. Helmand y Kandahar producen unas 9.000 toneladas de opio anuales con un valor de 1.500 millones de dólares. Por eso ni los labradores, ni los talibanes ni los funcionarios del gobierno estuvieron dispuestos a perder la parte correspondiente de su tajada. Y es que además del cultivo de la adormidera dependían los ingresos de unas 400.000 personas; y el dinero del opio, de la misma manera que el dinero del petróleo de los países del Golfo Pérsico, ha sido y sigue siendo una de las principales fuentes de financiación de grupos terroristas, como los talibanes, que cobran como “impuesto” el 20% de los ingresos del opio en las zonas que están bajo su control.

Pero esto no es todo lo malo que dimana del opio. Como la incesante guerra y la violencia que corroen al país, el opio ha causado un enorme número de víctimas entre la población. Tradicionalmente el opio se utilizaba, como se utilizó en Europa desde la antigüedad hasta el siglo XX, para curar algunas enfermedades, como anestésico e incluso como calmante, incluso utilizado con los niños. Pero en las áreas rurales, según fueron creciendo el desempleo y la miseria, a la par comenzaron a aparecer entre la población los nuevos adictos, hasta entonces casi desconocidos. Según el informe de la UNOCC (United Nations Office on Drugs and Crime) en el año 2015, gracias a la facilidad para adquirir heroína y a su bajo precio (50 céntimos de dólar el gramo), el número de drogadictos en el país no ha dejado de crecer. Se calcula que está entre 1.900.000 y 2.400.000 personas, lo que supone el 12,6% de la población adulta, el 9,2% de las mujeres y el 9% de los niños menores de 14 años. Desde ese año el número no ha dejado de crecer. Además, como no hay centros de rehabilitación suficientes, los adictos circulan por todas partes en las calles de las grandes ciudades. En Kabul, la capital, bajo el puente conocido como Pul-e Sukhta, cientos de adictos pululan como gusanos que se retuercen entre la carne podrida. El gobierno lo sabe, y lo sabe todo el mundo, pero a nadie parece importarle nada.

El cultivo de la adormidera sigue adelante, no solo porque talibanes y narcotraficantes se beneficien de él, sino también porque los funcionarios del gobierno, y hasta los gobernadores provinciales y los ministros, cobran ingentes sumas del millonario negocio del opio. Los ángulos del triángulo del opio son tres: la corrupción gubernamental, la tolerancia del gobierno con los talibanes, y los propios talibanes y su industria de la droga. Los tres explican por qué ese cultivo no cesa de aumentar.

Pero no pasa lo mismo en todas las provincias. En aquellas provincias no pastunes, en las que el gobierno puede poner en práctica la coerción legal y el uso de la fuerza correspondiente, los agricultores han sabido hallar una alternativa a la adormidera. Han comenzado a cultivar plantas de alta rentabilidad como el aloe vera, la asafétida, el pepino o el tomate. Pero la más importante de todas ellas es sin duda el azafrán, conocido como “el oro rojo”. El creciente cultivo del azafrán en las provincias occidentales, tales como Herat, o las centrales, como Urozgan y Daikondi, ha convertido a Afganistán en uno de los cuatro primeros productores de azafrán de altísima calidad en el mundo. Así ha sido reconocido por parte del International Taste and Quality Institute de Bruselas. El país produce para la exportación el 4% del cultivo mundial, por un valor de unos 25.000.000 de dólares. Es muy poco comparado con los 1.400.000.000 de dólares del opio, pero además lo que es lamentable es que el gobierno se muestra totalmente incapaz de comercializar el azafrán. No obstante el “oro rojo” es una gran esperanza para una futura economía decente, y para la mejoría de la reputación del país.

Hay empresas privadas comprometidas con la producción, el procesado y el comercio del azafrán, pero en muchas provincias son los funcionarios y los miembros del parlamento los que están monopolizando ese comercio. Los grandes importadores del azafrán afgano son China y la India. Pero el primero de estos países, al haberse dado cuenta de que las condiciones para este cultivo en Afganistán son óptimas, ha comenzado a realizar grandes inversiones y a aplicar tecnología avanzada para lograr la producción en cantidad de azafrán de alta calidad. Las empresas chinas no solo compran el producto a los campesinos individualmente, sino que están comprando cientos de hectáreas de terreno para cultivar el azafrán a su manera. Las empresas chinas, al igual que las afganas, contratan básicamente a mujeres, para poderles pagar unos salarios muy bajos. Así se están haciendo ricas, pero contribuyendo a la explotación de las mujeres y los niños, que son la principal fuerza de trabajo de los campos del azafrán.

Teniendo en cuenta que, si la situación no empeora, el cultivo del azafrán ira a más en Afganistán, esto debería ser tenido en cuenta por parte de un país como España, que hasta ahora es uno de los principales productores y exportadores de azafrán de alta calidad en el mundo, y que posee una gran capacidad de procesado y comercialización del producto. Invertir en el azafrán de Afganistán en sus provincias más seguras, para poder así importarlo, procesarlo y distribuirlo, sería un gran oportunidad comercial y “estratégica” en el futuro de crisis que se avecina, y en el que España podría perder una parte muy importante de un mercado en el que ejerce un notable control. Sería muy beneficioso para las empresas españolas, que podrían adquirir el producto por la quinta parte de su valor en España, y anticiparse a una notoria pérdida de cuota de mercado, debida a la inteligente competencia china. Sería muy bueno para España y para Afganistán, cuyo azafrán sería más conocido en el mundo. Se contribuiría así a mejorar la sana economía de ese país y a lograr, por lo menos un poco, la igualdad entre los países del mundo.

30 mar 2021 / 00:01
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