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El castillo fantasma de Pittamiglio, un alquimista en la Rambla de Montevideo

SHANÍ GERSZENZON MONTEVIDEO   | 25.07.2010 
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Iván Franco
Aspecto exterior del Castillo Pittamiglio, en Montevideo
FOTO: Iván Franco

En la rambla montevideana, el Castillo Pittamiglio lleva un siglo cautivando a vecinos y turistas con siniestras esculturas, torres desparejas y leyendas sobre su difunto dueño, un excéntrico alquimista que, aunque lo legó a la ciudad, prometió en su testamento volver a morarlo después de resucitar.

Puertas que no conducen a ninguna parte, ventanas ciegas, símbolos ocultos e inquietantes pasillos laberínticos: todo en él parece esconder un misterio, aunque el mayor de sus enigmas sigue siendo su arquitecto y morador, el ingeniero y alquimista Humberto Pittamiglio (1887-1966), hijo de emigrantes italianos.

En 1910, el joven Pittamiglio, de 23 años, compró unos terrenos en Punta Trouville, frente al Río de la Plata, para asentar su casa, su laboratorio y su templo.

Desde entonces, cientos de leyendas han rodeado al castillo, donde se llegó a decir que estuvo escondido el Santo Grial y donde, según los vecinos, se llevaban a cabo ritos satánicos y grandes orgías.

Aún hoy, flanqueado por dos anodinos edificios de apartamentos, despierta pasiones encontradas gracias a un estilo arquitectónico imposible de clasificar que asoma desde su fachada, en la que se mezclan una réplica de la escultura de La Victoria de Samotracia, muros de ladrillo y símbolos masónicos grabados en piedra.

"Su padre era zapatero y su familia, muy pobre, pero él consiguió prosperar hasta convertirse en un prestigioso arquitecto", explica la escritora uruguaya Mercedes Vigil, autora de un libro sobre Pitamiglio titulado El alquimista de la Rambla Wilson.

 


Temido por sus vecinos Fueron su carácter reservado, su inclinación por lo esotérico y su ferviente religiosidad los que le llevaron a abrazar el arte de la alquimia. "Los vecinos le temían, porque le veían pasear a altas horas de la madrugada con su larga capa de forro carmesí", recordó Vigil, quien como oriunda del montevideano barrio Punta Carretas, donde se ubica la edificación, oyó desde joven las historias que del lugar se contaban.

Se le achacaron cultos satánicos, pero en realidad lo que en su casa se fraguaban eran experimentos con metales, estudios de química y matemáticas, y una búsqueda constante a través de la meditación de la luz que le daría la juventud eterna. "Era muy cristiano y llegó a ser muy amigo del Papa Pio XII, de quien se dice que le dio el Santo Grial para que lo guardara en su casa".

El interior de su castillo, donde funciona un centro cultural, "despierta toda clase de emociones a quienes lo visitan", remarca la directora del centro, Patricia Olave. "La alquimia es en sí misma un arte oculto, secreto y por eso se sabe sólo una parte de lo que hay detrás de la simbología de este castillo", afirma Olave.

Pittamiglio encontró que ese aspecto de la alquimia casaba también con su estilo de vida, marcado por la necesidad de esconder su homosexualidad ante una sociedad de principios de siglo XX especialmente conservadora. De su casa Humberto logró hacer un templo donde se dedicó a buscar la paz que ansiaba, aunque para ello pasó prácticamente toda su vida ideando y construyendo en él nuevas salas, torres y patios.