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"Sin estos euriños que saco cada día en la calle es muy difícil sobrevivir"

Javier, indigente de Vigo afirma vivir días difíciles sin poder salir a la calle para recibir ayuda ciudadana // Tiene que elegir cada jornada entre la comida o medicinas

FOTO: Maite Gimeno
FOTO: Maite Gimeno

MAITE GIMENO  | 26.03.2020 
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Cara y cruz del mismo confinamiento. Los potentes y repetitivos gritos, con el lamento de ¡me aburroooo¡, lanzados a pleno pulmón desde el exterior de una ventana para alterar a máximo gas en la silenciosa y céntrica Puerta del Sol de Vigo, resuenan con un eco doloroso en los oídos de Javier C, el indigente de la calle del Príncipe que desde la semana pasada lleva la pesada cruz a cuestas de hacer mil y un malabares para sobrevivir sin las cotidianas aportaciones de los vigueses.

Perceptor de una pensión no contributiva, después de 19 años de cotizar como transportista y conductor de todo tipo de vehículos, el aburrimiento se le antoja todo un lujo cuando tiene que pelear cada día por el plato que llevará a la mesa.

Javier, que prefiere reservar su apellido y su imagen por si en un futuro encuentra un trabajo que le devuelva estabilidad y la tranquilidad, relata que los "euriños" que cada mañana recibe de los ciudadanos tienen una trascendencia vital para su subsistencia. Por eso, apunta desde la desesperación y a sabiendas de que plantea un imposible, que "si me dejaran estar un poco de tiempo en la calle para recibir los donativos para mi sería muy importante". Huérfano de los ingresos que recibe cada jornada durante su transitar matutino por la calle Príncipe, tanto si llueve como si hace frío o el calor más sofocante, Javier recalca que le resulta "muy complicado sobrevivir" desde el inicio del confinamiento, ya que hasta a las organizaciones de Vigo sin ánimo de lucro que cada día dan de comer a cientos de personas "les ha cogido con el pie cambiado" . Insiste en que está viviendo "días muy difíciles".

Instalado en Vigo desde hace dos años, en que decidió regresar desde Alicante "cuando vi que todo se venía abajo porque me quedaba sin recursos y cogí todo lo poquito que tenía y decidí venirme a la ciudad en que nací", relata que se trasladó porque pensé que todo sería más fácil para mi" y que encontraría un trabajo.

Lejos de facilidades, a Javier le costó muchos meses ganarse la confianza que ahora tiene de numerosos vigueses que cada día le ayudan desde con el café de primera hora, el bocatín de media mañana o a la comida ya cocinada para que no gaste su pensión en luz y gas. Y todo eso es lo que ahora no tiene por el confinamiento, y que echa enormemente en falta porque su exigua despensa se vacía con el paso de los días. Además, ya no tiene a quien realizar los recados que le garantizan un dinero para sus necesidades más básica.

Sus problemas no se limitan a la sustento. El dilema en que ha zozobrado su estado de ánimo las dos últimas semanas ha sido especialmente complejo. Con los poco más de 380 euros de pensión, tras conseguir recientemente que se le reconociera un 70 por ciento de discapacidad, tiene poco margen para pagar los medicamentos que necesita por su enfermedad, afrontar el pago del alquiler de la habitación en el piso que comparte con otras tres personas, con derecho a cocina y comer. "Tengo que elegir entre comer o pagar las medicinas", explica, al indicar que algunas de los fármacos que tiene que tomar no están cubiertos por el seguro.

Javier relata que se posiciona todas las mañanas en la calle del Príncipe para pedir la voluntad a quien quiere ayudarle, y que si tiene un gasto extraordinario como comprarse unas gafas, "que me costaron ciento y pico euros y tuve que juntar para pagarlas" o como cuando se cambió de casa y tuvo que afrontar el pago de la fianza "y tampoco alcanzaba", permanece en el mismo puesto durante las tardes que sean necesarias para ahorrar.

Tras días de espera de una ayuda por alguna institución, ayer recibió la primera bolsa de comida proporcionada por el Concello de Vigo, que le llegará los días alternos. El avituallamiento consiste en un paquete de gallegas, zumos, leche, cocacola y conservas. "Nada caliente", lamenta al mismo tiempo en que agradece la donación "porque me ayuda dentro de lo poco que tengo".

La situación se le está complicando tanto que, aunque no es usuario del Comedor de la Esperanza, ahora se plantea recurrir a él para "poder comer algo consistente".

Javier reconoce que por ahora lleva bien el confinamiento a pesar de convivir en la misma vivienda con personas que no son de su familia. "El edificio en el que resido todos los pisos se alquilan por habitaciones y todos tenemos la misma situación económica, por lo que la convivencia es más fácil".

Con escasísimas salidas a la calle, aprovecha alguna mañana, para ver si se encuentra a algún conocido que pueda ayudarle o a alguien a quien realizarle un recado que le proporcione esos "eurillos" que para él son de una importancia vital".