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crónica negra de verano

Una muestra de ADN y una criba pueblo a pueblo: el caso de Eva Blanco

El 20 de abril de 1997 Ahmed Chelb asesinó de 20 cuchilladas a la joven de dieciséis años // Con una muestra de semen como principal prueba, el crimen se resolvió 19 años después

Ahmed Chelb residía en Francia cuando fue descubierto.  - FOTO: J.J. Guillén/Efe
Ahmed Chelb residía en Francia cuando fue descubierto. - FOTO: J.J. Guillén/Efe

SAGRARIO ORTEGA  | 19.08.2019 
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El 20 de abril de 1997 Ahmed Chelh asesinó de 20 cuchilladas a Eva Blanco, de 16 años, en una cuneta de la carretera que une Algete y Cobeña (Madrid). Casi 19 años después, la Guardia Civil, con una muestra de semen como principal prueba, resolvió el caso y se sacó la dolorosa espinita de una investigación que no cesó en ningún momento.

Fueron años de pasar la criba pueblo a pueblo, de apertura de decenas de líneas de investigación que no daban resultado, de tesón de unos agentes que tenían la “obligación moral” de encontrar al asesino y que se sentían en deuda con la familia de Eva, como relata a Efe el teniente coronel Javier Rogero, que durante 18 años participó en las pesquisas.

El 19 de abril de 1997 era sábado. Eva y sus amigas fueron a divertirse a una discoteca de Algete. Sobre las 23.30 horas, Eva, que había cortado hacía poco la relación con su novio, decidió volver a casa. Iba acompañada por una de sus amigas, la última persona que la vio con vida, aparte de su asesino.

A unos cientos de metros de su casa –un adosado en uno de los nuevos barrios de Algete–, Eva se despidió de su amiga y se encaminó hacia su hogar. Pero nunca llegó. Alguien se interpuso en su camino, la agredió sexualmente y la asestó numerosas puñaladas. Dos de ellas le alcanzaron el corazón.

Sus padres acudieron a la Guardia Civil extrañados de que su hija no hubiera vuelto a casa. Muy entrada la madrugada, el cuerpo sin vida de la joven fue hallado en una cuneta de la M-100, una carretera que aún estaba en construcción. Estaba vestida, con los botones abrochados y alineados y muchas puñaladas atravesando la ropa. Intentó huir por el terraplén. No lo consiguió.

Ni rastro del arma en la zona y muy pocos vestigios que la inspección ocular pudiera marcar. Había llovido toda la noche y el agua pudo borrar algunos. Sí se recogió una muestra de semen de los restos hallados en los órganos genitales de la víctima.

Comenzó así la operación Pandilla, una infatigable y difícil investigación que no se paró en ningún momento. Por el contrario. Cada vez que un nuevo teniente o capitán se hacía cargo del grupo de Homicidios, se le pedía que revisara el caso con “nuevos ojos” por si a los demás se les hubiera escapado algún detalle que pudiera ser importante para las pesquisas, como recuerda Rogero.

Por supuesto, se investigó al exnovio, a todo el entorno familiar y escolar, al círculo de amigos, a todas las personas que trabajaban en turnos de noche en la zona (basureros, repartidores...), a todos los que paseaban a esas horas a sus perros, a quienes se les había denunciado por tenencia de armas blancas... Hasta se investigó al padre de Eva. Él sabía que podía ser uno de los primeros investigados porque entendía que así era el trabajo de los agentes. Y así se lo trasmitió a ellos.

Y por supuesto, se miró con lupa a todos los que pudieran tener antecedentes por delitos sexuales, incluido un vecino de la calle donde vivía la familia de Eva, pero el cotejo genético le descartó.

Cada vez que salía a la luz algún caso de asesinato y agresión sexual –no importaba en qué país–, el equipo investigador de la Guardia Civil se aseguraba de que se cotejaran las pruebas con la muestra de ADN del asesino de Eva que tan celosamente se custodiaba. Tanto es así, que, como rememora Rogero, hasta el FBI envió una reseña.

Entre los escasos vestigios hallados en el escenario del crimen, fue analizada una fibra roja por si se correspondiera con una prenda de ropa o con la tapicería de algún coche. Se envió al Instituto Textil, pero no dio resultado.

Tampoco pudo aportar nada la huella de zapato de hombre recogida en el lugar de los hechos y que tenía restos de sangre. Era la huella de unos zapatos clásicos, muy parecidos a los que usaban las Fuerzas de Seguridad. También se cotejaron, pero el resultado fue negativo.

Un testigo llegó a mencionar que pasadas las once de la noche había visto por la zona un Renault 11 de color blanco. Todos los coches de ese tipo, incluidos los que estaban en los desguaces, de Algete, Fuente el Saz de Jarama, Cobeña, Alcobendas, San Sebastián de los Reyes, etc... pasaron por los ojos de los investigadores. Durante la inspección ocular se halló un preservativo a 400 metros del cadáver, pero el semen no se correspondía con el del asesino.

Años después, la pareja que lo había usado acudió a la Guardia Civil para decir que la noche del suceso habían estado haciendo el amor en esa zona. Fue antes de que ocurrieran los hechos y no vieron nada. En ese momento eran menores de edad y por eso habían callado.

Como eran también menores los amigos de la pandilla de Eva, así que los agentes del equipo investigador recurrieron años después a sus compañeros de la sección de análisis del comportamiento de la Unidad Técnica de Policía Judicial (UTPJ) para que les entrevistaran de nuevo. Por si ahora recordaran algo que no habían querido decir en su momento.

Nada daba resultado, pero el ánimo no decaía entre los investigadores. Ni en el pueblo de Eva. Más de 2.000 vecinos se ofrecieron para someterse a la prueba de ADN para ayudar a esclarecer el caso. Pero la juez que instruía la causa no lo autorizó.

pasaban los años. hasta quince habían transcurrido. La Guardia Civil echó mano de la televisión para pedir la colaboración ciudadana y una azafata, que había visto el programa, recordó que la noche del crimen, cuando la dejó el microbús para ir a su casa, se cruzó con una persona que no le dio buena espina.

Con lo que pudo aportar, se elaboró y se difundió un retrato-robot. Alguien lo identificó y comunicó que, en su opinión, se trataba de un hombre que había vivido en Algete y después se marchó a Ceuta. A los investigadores se les abrió una nueva puerta. “Teníamos fe”, resume Rogero.

En la ciudad autónoma le localizó la Guardia Civil, en concreto en el barrio del Príncipe. Se le tomaron muestras genéticas. De nuevo, el cotejo fue negativo. Pero había que seguir confiando en los vances de la genética forense.

la guardia civil solicitó al instituto de ciencias forenses de la facultad de medicina de santiago un estudio de la muestra de semen del autor. El análisis determinó que esa muestra se correspondía con una persona del norte de África, así que los investigadores se hicieron con el padrón de todos los pueblos de la zona en la fecha del crimen y se intentó contactar con los marroquíes que aún residían allí y con los que se habían ido en fechas recientes al suceso.

Unas 200 personas estaba en el foco de los investigadores. “Todo el mundo colaboró” para la recogida de muestras, relata Rogero, incluido quien fue determinante para la resolución del caso: el hermano del presunto asesino, que aunque su ADN no coincidió al 100 % con la muestra, sí dio positivo.

Descartado que él y otro hermano fueran el autor, los agentes se centraron en Ahmed Chelh, que había abandonado España dos años después del crimen y residía en la localidad francesa de Pierrefontaine Les Varans.

Allí había iniciado una nueva vida con su nueva mujer y sus hijos, muy diferente a la que llevó en España. En nuestro país vivía en una caravana dentro del vivero donde se ganaba la vida llevando encargos de tiendas de flores.

Quien le conoció en esa época no hablaba bien de él. Su entonces mujer sufría su maltrato y acudía de vez en cuando con sus hijos –alguna vez con el pelo rapado al cero– a pedir ayuda a las monjas.

Se envió a Francia una comisión rogatoria, se cotejó la muestra con su ADN y un año y medio antes de que prescribiera, el crimen de Eva Blanco se esclareció.

Ahmed Chelh, de 52 años, fue detenido el 1 de octubre de 2015 ante la estupefacción de su nueva familia. Reconoció que conoció a Eva, pero ante el fiscal francés declaró que dos individuos le obligaron a acercarse a la joven en un descampado y a eyacular sobre ella. Nadie se creyó su versión.
Fue trasladado a España. Ahmed Chelb permaneció cabizbajo en los interrogatorios. Así le recuerdan los agentes. El 9 de octubre una juez de Torrejón de Ardoz decretó su ingreso en prisión. No pudo soportarlo y en febrero del año 2016 se suicidó en la cárcel madrileña de Alcalá Meco con los cordones de sus zapatos. Caso cerrado.