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IVÁN GONZÁLEZ, Periodista y escritor

"En Occidente llamamos libertad a lo que no lo es"

‘Gigoló en Riad’ (editorial Funambulista). Escrita en coautoría bajo seudónimo por Luis Morales e Iván González, es un texto arriesgado y comprometido sobre las vivencias de Yago Capablanca, un ingeniero español de 30 años que entre 2009 y 2011, en lo más crudo de la crisis en España, trabajó para una multinacional en Riad. Joven, sobradamente preparado, descaradamente guapo. Al poco de instalarse es invitado a ejercer de chico de compañía de esposas de otros profesionales expatriados: mujeres occidentales, solitarias y aburridas en mitad de la nada

El periodista y escritor Iván González. - FOTO: Funambulista.net
El periodista y escritor Iván González. - FOTO: Funambulista.net

MARÍA ALMODÓVAR. SANTIAGO   | 01.12.2019 
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Los occidentales creemos que vivimos en total y plena libertad. ¿Eso es porque nos falta mundo por conocer? Se lo pregunto porque en el dosier del libro se dice: "Yago ve en el Occidente actual, supuesto faro de la libertad del mundo, una gran falacia".

Yago Capablanca, el protagonista de Gigoló en Riad, por su trabajo de ingeniero, lleva años viajando por el mundo. Eso le ha hecho comprender que muchas de las cosas que nos cuentan los medios de comunicación occidentales no tienen nada que ver con la verdad, con la justicia ni con la belleza, sino más bien con intereses oligárquicos de los accionistas de esos medios que condicionan nuestro voto y nuestra manera de pensar. A menudo se publica, tal o cual artista, que murió de una sobredosis, era un alma libre... Se nos permite votar doce horas cada cuatro años a representantes que al pueblo le cuelan hasta en la sopa y nos creemos libres. En Occidente llamamos libertad a lo que no lo es.

¿La libertad forma pareja con la soledad?

Cuando un hombre trata de ser libre (solo es un intento, como la llama que quiere perdurar al consumirse la vela) suele remar hacia una isla de soledad gratificante ­donde escucha su respiración --bajo el cielo estrellado de los valientes--, porque siempre acaba bojeando solo.

El protagonista trasmite la terrible existencia de una crisis de valores... ¿que se expande?

Occidente ha perdido su vetusta proyección espiritual. Ya solo cree en sus marionetas desvaídas, pero no en el arrebol mistérico de sus sombras chinescas. Un pueblo que olvidó la dimensión daimónica de sus palabras, el fuego de su fe, la defensa de sí mismo, es un autómata averiado. Un pueblo que más que xenofobia --aunque nos lo repitan hasta la extenuación para hacernos sentir culpables-- padece una xenofilia enfermiza, que solo vive para el ocio, para competir y para prosperar materialmente, es un cangrejo ermitaño patético que deambula por la arena de la nada sin concha que lo proteja. El progreso de ese tipo de animal con conciencia tiene un horizonte borrascoso.

Yago "es un vómito en la jeta del buenismo que vertebra nuestra sociedad occidental actual". Esta es una crítica muy dura. ¿Por qué?

Porque Yago no escucha el tantán mayoritario de Occidente. Sabe que la mayoría sigue a flautistas de Hamelín tramposos que hablan de igualdad, fraternidad y libertades ficticias. Aunque es un hombre joven, sus viajes y su extrema lucidez le han hecho comprender que casi todos están equivocados y manipulados -en su forma de vida, pensamiento, anhelos- y que él tiene razón.

Esta metáfora es brillante: "Un grito 'munchiano' que le llevará a la transformación profunda en una 'yihad' interior". ¿Podemos decir que Yago da pena en algunos momentos, a pesar de vivir ­'supuestamente' bien, sin que le falte de nada?

Yago comprende con sagacidad que es hijastro de un mundo frívolo, resultadista y trilero, pero aunque es consciente y quiere cambiarlo, una especie de llamada de la selva de su propia cultura, la occidental, tira de su alma con el hilo invisible de la falta de sentido. Yago es un muñeco roto que vive en el mejor de los mundos, por eso, cuando llega a Arabia y escucha otras voces, otros ámbitos, su alma se reconstruye con el celofán del amor para recuperar la voz sencilla, dura y primigenia de la infancia.

Dicen que "en el fondo, es una novela escrita para las mujeres". ¿Cuál es el mensaje que pretende trasmitir?

Yago no es un político, ni una ONG, ni un sindicalista concienciado con camisa de cuadros. Acaso solo es un puto -con perdón, pero cierto- caballero andante. Yago no da ningún mensaje. Vive su vida nietzscheanamente, a flor de piel. En la primera parte de la novela se deja los mondongos repitiendo viejos esquemas, por la propensión al placer continuo en el que ha sido educado -lo que haría cualquier homo ludens occidental-; en la segunda, por el amor -algo cada vez más demodé en su vertiente platónica, es decir, como amor cortés, como aquel Roman de la Rose de Guillaume de Lorris-. Yago no para de acostarse con mujeres occidentales en su profesión de gigoló, sin embargo, acaba enamorándose de una árabe, a la que no toca ni un pelo, a la que solo desea e idealiza como tabla de salvación, como sello de ese mundo exótico en el que se desliza, como el astronauta que llega a un planeta bizarro donde le falta el aire pero que de repente encuentra la flor más pura, hermosa y etérea que nunca antes ha visto.

El hecho de que 'vendan' la idea de que la identidad del verdadero protagonista está oculta, la hace mucho más interesante. ¿Es cierto que es una historia real?

Yago es real. Su vida es real. Nosotros solo somos los ventrílocuos que han movido literariamente la tramoya de una vida cautivadora para presentársela al público. Yago nos trajo la compra y nosotros hicimos el estofado poético. Somos escribas que se dejan el tiempo por una buena frase. Notarios líricos del mundo de Yago. Eso es todo. El verdadero protagonista de esta historia es él, que trae la carne, la vida, el silencio y las lágrimas.

Leer una historia desde el punto de vista masculino hace reflexionar, sobre todo cuando trata temas íntimos como la sexualidad y el amor. En el fondo, también son frágiles los hombres, al igual que las mujeres. Esa mirada es interesante...

Yago no paraba de decírnoslo, y creemos que tenía razón: la lucha de sexos actual, promovida por ciertos movimientos financiados para dividir nuestra sociedad, se pierde la riqueza de un instante de inocencia entre polaridades distintas pero complementarias. La energía masculina y femenina, en mayor o menor grado, habita en todos nosotros, así que claro que los hombres también somos frágiles.

De todos modos, tiene un punto prepotente importante Yago Capablanca (por momentos llega a caerme mal, lo reconozco).

(Risas) Sería imposible que Yago fuera el yerno perfecto al que se invitara a comer tarta de arándanos los domingos para hablar de ­solidaridad obrera. Yago es una fuerza telúrica, asilvestrada, cree que la vida le debe algo -acaso porque la vida, como a todos, le debe algo- para bien y para mal. Su atracción magnética no es amable ni cálida. No tiene filtro ni instrumentos de medición. Es. Trata de ser. Eso es todo.

Utilizan un lenguaje sexual muy explícito, que a veces resulta placentero, pero otras, es repulsivo debido a sus vivencias.

La calificación de una experiencia sexual es un concepto moral que no tiene que ver con la experiencia sexual en sí, que siempre es un acto animal instintivo y positivo cuando las personas involucradas en el mismo consienten. La piel, el deseo y el orgasmo nunca son morales. Yago no introduce la moral en sus apreciaciones del ­mundo, al menos no la moral habitual vendida en el cine, las revistas y en Hollywood.

Yago Capablanca reflexiona sobre el 15M, la crisis, el obsoleto sistema de partidos de nuestra ­democracia y el panorama político del país, sobre "esos lamparones de vino barato en la camisa blanca de nuestra democracia". ¿Podemos decir, entonces, que reniega del país que le vio nacer?

Muchos próceres de la patria, y no decimos que Yago lo sea (de nuevo risas), han renegado de nuestra democracia. Sin ir más lejos el recientemente desaparecido Antonio García-Trevijano decía que ni en España ni en el resto de Europa, salvo en Suiza, hay una verdadera democracia, aunque no paren de salmodiárnoslo. Esgrimía que si la hubiera, el primer día se suprimiría el gasto de un 10 % de PIB para eliminar subvenciones a partidos políticos, sindicatos, pensiones vitalicias a políticos, etcétera.

¿Creen que puede llevarse al cine esta historia?

Absolutamente. De hecho nos gustaría mucho que algún director nos hiciera esa propuesta, porque nosotros concebimos esta historia originalmente como imágenes y música. Cuando escuchábamos a Yago relatarnos su historia siempre pensábamos que su vida era un auténtico peliculón.

Si tuvieran que darle un titular, cuál sería.

Gigoló en Riad -esto lo verá cualquier persona a quien le guste la literatura- es el conjuro poético y verbal de una búsqueda incesante de sentido.