El Correo Gallego

Tendencias » El Correo 2

Adios a Stanley Donen

Convirtió el claqué en espectáculo acuático haciendo que Gene Kelly chapoteara y cantara bajo la lluvia. Se atrevió con las coreografías masivas emparejando a siete novias con siete hermanos. Y vivió 94 años sin perder la sonrisa. Hoy despedimos a Stanley Donen, el hombre que puso a bailar al Hollywood dorado

Donen da la claqueta final el 12 de febrero de 1958 de ‘Indiscreta’, con Cary Grant e Ingrid B
Donen da la claqueta final el 12 de febrero de 1958 de ‘Indiscreta’, con Cary Grant e Ingrid B

S. OTERO   | 03.03.2019 
A- A+

Stanley Donen, director de clásicos del cine como Cantando bajo la lluvia  y Charada nos dejaba a los 94 años. Donen, el director que revolución el musical en Hollywood y cuyo amor por el cine se gestó en sus horas de soledad, huyendo de los abusos por ser judío, había sido bailarín y destacó como coreógrafo.

De Stanley Donen (nacido en Columbia, Carolina del Norte, el 13 de abril de 1924) se cuenta que descubrió el musical muy joven viendo bailar a la pareja Astaire-Rogers en Volando hacia Río (1933). No hay nada de extraño en ello, pues esa leyenda se adapta bien a la imagen de mago del espectáculo que persiguió a Donen a lo largo de su trayectoria, la cual parecía seguir al pie de la letra el lema There's no business like show business, desde que a los dieciséis años -sin más bagaje que sus estudios de danza- decidiera trasladarse a Nueva York.

Allí encontró a dos cicerones de excepción, Gene Kelly, quien lo inició en su ascenso como bailarín de reparto en Pal Joey (1940), y a George Abbott, comediógarfo en cuya compañía musical trabajó, En compensación, ambos más adelante tendrían una destacada intervención en su cine. Donen & Kelly, ya amigos y fichados por Hollywood (Kelly en plan de estrella y Donen como su ayudante coreográfico), prácticamente no se despegaron uno del otro ni de las comedias musicales.

Entre 1944-1949, Donen ejerció de asistente coreográfico de Jack Donohue, Charles Walters, Charles Vidor y George Sidney en múltiples películas (Las modelos, 1944, y Levando anclas, 1946, son las más conocidas). En el mismo período pasó en seguida de coreógrafo y director de escenas de baile (Vacaciones en México, de G. Sidney, 1946; Así son ellas, de R. Thorpe, 1948; The Kissing Bandit, de L. Benedk, 1948) a filmar simultáneamente secuencias enteras (Living in a big way, de Gregory la Cava, 1947) o escribir el guión de otras, al incorporarse a la Metro (Take me out to th ball game, 1948).

En esa producción de Arthur Freed -con Esther Williams, Sinatra y Kelly-, y a causa de una indisposición del realizador, Busby Berkeley (esos accidentes típicos del mundo del espectáculo), cuando Donen dirigió una secuencia y el avispado cazatalentos de la productora intuyó sus posibilidades y le confió la correalización de Un día en Nueva York (1949).

De esa manera es como Donen llegó a la dirección, junto a su iniciador, y a participar en la renovación del género musical durante su década prodigiosa (1949-1959), labor a la que cooperaron directores como Minnelli y otros célebres bailarines como Astaire, Charisse y Ann Miller. En su trilogía Un día en Nueva York-Cantando bajo la lluvia-Siempre hace buen tiempo, Kelly & Donen, ante todo hacen transitar el musical por el Metro y las calles de Nueva York, infundiéndole tal optimismo a la cámara que los personajes, con paraguas o sin él, bailan cuando les da la gana, en el Empire State, con un diplodocus o en un ring.

Esos títulos, temáticamente, dinamitan los caducos esquemas del género, apartando a este del tradicional biopic, o del manido recurso de reproducir espectáculos encerrados dentro de otro espectáculo (de piscina, en pistas de baile o caleidoscópicos). A un ritmo más rápido, tal como imponía su movilidad externa, muestran unos asuntos más inmediatos y dinámicos: la irónica mirada al cine de comienzos del sonoro en Cantando bajo la lluvia, con sus tontas estrellas a las que unas desconocidas debían poner voz. El tema de los marines inseparables en On the town, con su alegría de vivir, daba paso en Siempre hace buen tiempo a su versión agridulce -la camadería erosionada por el tiempo- y cuya velada amargura fue la causa de que no triunfara este musical como merecía, aunque su influjo persistió en otras comedias posteriores sin danza (Bésalas por mí, 1957).

Contenían aquellos míticos films innumerables hallazgos narrativos -uso del color, visión en perspectiva, el sentido impecable del ritmo y el recurso onírico-, asociados siempre en el recuerdo a su obra maestra: el número homónimo ejecutado por Kelly empapado de agua, la aparición apoteósica de Cyd Charisse empezando por sus piernas...

Donen siguió dedicándose casi por entero al musical durante la década de los años cincuenta, y demostrando que sin Kelly también sabía desenvolverse. Con menos brillo que las anteriores, aplicó su talento e imaginación a films sobresalientes por sus aciertos parciales (como Royal Wedding, 1950, donde obligó a Fred Astaire a bailar despegándose del suelo), o por ofrecer una inusitada perfección en los números de baile: Tres chicas con suerte (Give a girl a break, 1953, deliciosa pieza a la medida de D. Reynolds y la pareja Margo & Gower Champion) y, en especial, Siete novias para siete hermanos (Seven brides for seven brothers, 1954), opereta-western lastrada por los gorgoritos de Jane Powell, pero de una prodigiosa realización en los números corales.

Menos apreciados -dentro de sus innovaciones- resultaron los films codirigidos con George Abbott, sin los cuales no se explica tampoco la evolución del musical, que llega aquí a su recta final. Temática y estilísticamente denotan el genio de sus nuevos colaboradores, Bob Fosse, un maestro en la coreografía, y Abbott, quien presta su original talento de autor a los temas descritos. Mientras The Pijama Game (1957) -calificado el primer musical social aunque lo interpretase Doris Day- transcurría en una fábrica de pijamas en huelga, Damm Yankees (1958) giraba en torno al mito de Fausto, teniendo por protagonista a una mefistofélica bailarina (Gwen Verdon). Seducido por el tema, Donen lo retomó en otra versión no musical que él considera su mejor comedia: Beddazled (1967) -inédita en España-, se vería reforzada por los desconocidos entonces actores-guionistas Dudley Moore y Peter Cooke y una espléndida Raquel Welch.

Con Una cara con ángel (Funny Face, 1957), el director reencontraba por última vez a Astaire, personificando a un fotógrafo de modas que transformaba a Audrey Hepburn en sofisticada maniquí y juntos aterrizaban en los Campos Elíseos cantando ¡Bonjour Paris!, a cuyo paso Donen decía adiós al musical y saludaba el nuevo género que allí asomaba: las brillantes comedias que iba a reinventar en los años sesenta, parodiando el estilo hitchcockiano, sutilmente recreado en la música de Mancini y por la forma de trabajar de los actores.

Audrey Hepburn y Cary Grant son inseparables del toque Donen que venía a imponer Charada (11963). Grant, además, compartió con Donen sus mejores trabajos de galán maduro. Lo vimos en Indiscreta (1958) sacando a pasear a Ingrid Bergman por las orillas del Sena, y en Página en blanco (1961) retar a un duelo de pistola a Robert Michum ante las infidelidades de Deborah Kerr. Junto al placer de observar a una Hepburn adulta, decidida hacer balance matrimonial, en Dos en la carretera (1966), Donen demostraba definitivamente que podía llegar a la sofisticación extrema y hacer reír sin otros medios que, desmenuzando en flashbacks, viajes escolares, peleas en hoteles, reconciliaciones junto al mar, fiestas nocturnas..., y con el toque magistral de ir mostrando in crescendo el status social de la pareja al tiempo que su amor difuminaba.

Luego, las realizaciones de este director se fueron espaciando cada vez más. Después de sonados fracasos comerciales (la adaptación musical del libro de Saint Exupery El pequeño príncipe, 1973; el cine dentro del cine de Movie, Movie (1977), la carrera de Donen salió relanzada con una de sus mejores comedias de los ochenta, Lío en Río (1983), donde volvía a bromear con el tema del matrimonio.