El Correo Gallego

Tendencias » El Correo 2

DESDE AROUSA NORTE

El carrerillas

LUIS BLANCO VILA / PERIODISTA  | 17.11.2019 
A- A+

Cuando era estudiante en Madrid frecuentaba los teatros, primero como ávido y necesitado espectador y, después, como crítico teatral del Diario YA, que, por cierto, era el periódico que más ejemplares vendía en la capital dicen que por la cantidad de anuncios por palabras, páginas y páginas en las que siempre se encontraba uno las mejores ofertas de trabajo. En la primera etapa de ávido espectador, tenía serias dificultades para asistir a las obras que me interesaban; para un estudiante sin ingresos fijos, la entrada al coliseo de turno suponía un ataque al minipresupuesto de la semana.

 


Un día me enteré de que prácticamente todos los teatros de Madrid tenían una reserva de entradas llamadas de clac o claque situadas en gallinero, arriba del todo, que costaban un diez por ciento de las normales y que, si la obra era buena, desaparecían en seguida. Yo solía ser de los primeros en beneficiarme del sistema de clac. Pero el beneficio había que pagarlo aparte. Uno de los asistentes cercanos al rinconcillo del palco más alto sobre el escenario era un profesional de la escuela de Tezanos...perdón, no quertía decir eso, era un profesional del halago y el sobresalto, y cuando hasta la clac parecía dormir, siempre al final de un párrafo, el profesional rompía el aire con un aplauso seco, un estallido iniciático que arrastraba al público, forzado a seguir la indicación sonora de sus manos, manera cierta de demostrar su atención, que no su sueño. Los de la clac debíamos aplaudir. El aplauso era nuestra labor de galeras en aquel palco incómodo, aunque la obra fuera un fiasco.

 


Nuestro aspirante a vivir muchos años en la Moncloa sin hacer mucho más de lo que viene haciendo, es decir...nada, lleva unos días muy ajetreados de mítines absurdos y vueltas aéreas a España -yo hice varias por aquellos años , incluso una a Europa- . En sus intervenciones se repite, cómo no, y por eso son sus discursos tan coquetos -¡qué guapo es!, dice una señora mordiéndose los labios- y es capaz de decir sí y no al mismo tiempo..., que es el arte de la coquetería. La señal de entrada a los aplausos está en la carrerilla,,, si no hay carrerilla, no hay aplausos. Lo sabe el o la de la clac, que recibe la orden. El sigue su ..."porque sólo así podremos hacer una España próspera y radicalmente democrática , progresista y social, como sólo el PSOE sabe y ha hecho cuando ha gobernado". (Aplausos cerrados, largos , ruidosos...afectuosos. Un caballero de muchos años, como yo más o menos, se acerca al orador, que está mojando sus resecos labios, lo abraza por debajo de las axilas, levanta los ojos para coincidir con los del orador, y grita: ¡Crisóstomo!. Hay un santo en el calendario eclesiástico católico que se llama así, san Juan Crisóstomo, que fue el apellido con que pasó a la historia por su "boca de oro", que es lo que significa Crisóstomo.

 


Pero, claro, por esa boquita por la que se deslizan las palabras de la carrerilla, dice Samuel Beckett "salen los borbotones de la sangre que esas palabras identifican con la verdad o la mentira. A veces son tan sin sentido que hasta provocan una vomitona de ambigüedades que interrumpe cualquier comunicación. En la ambigüedad, en decirse y desdecirse se pasa el tiempo inmisericorde. Mientras, el tiempo real se consumen vanamente, sin dar palo al agua, como si el tiempo fuera de su propiedad, la Moncloa fuera de su propiedad, el Falcon lo sea asímismo -yo he visto que lleva la leyenda de Reino de España- y parece que no tiene que responder ante nadie de sus actos. Tampoco de los aplausos acordados, claro, colgados en la clac del Teatro de la Comedia, que era donde solía, con el Español, representarse en Tenorio por esos días.

 


¿Se lo imaginan? Final de la obra: una dama de servicio detrás de una reja en los jardines de la Moncloa. Alguien ha llamado:

-¿Qué quereis, buen caballero?

-Quiero.

-¿Qué queréis, vamos a ver?

-Ver.

-¿A quién queréis ver a esta hora?

-A quien aquí mora.

-Idos, fidalgo en mal hora, ¿quién pensáis que vive aquí?

Pedro carrerillas y supongo que su señora.