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TRIBUNA LIBRE

El caudillo de Dios

GABRIEL ALBERTO MULEIRO OLIVOS / ESCRITOR Y ANALISTA   | 11.11.2018 
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Al comenzar a escribir este texto, pienso en una moneda girando en el aire con sus infinitas caras rompiendo el espacio, sabemos que cuando la gravedad impere y regrese a posarse, podremos interrogar, como dice Borges, las dos contrarias caras que serán la respuesta.

Mientras trazo estas líneas, España se debate sobre el paradero de la tumba del general Francisco Franco; algunos grupos políticos no comprenden por qué debe moverse una lápida, seguro piensan que al mover esos restos el muerto que adentro reposa revivirá; aseguran que con esa lapida el pensamiento de los españoles se moverá y generará una revolución mental que entre murmullos ya se escucha por todos los rincones de este país; otros grupos políticos utilizan esos símbolos del pasado para conservar encendida una vela a la que le queda poco pábilo, y de esta manera mantenerse en el centro del debate. ¿Hasta qué punto se utilizan los símbolos culturales como fichas de cambio por sectores políticos? ¿Realmente mover unos restos humanos cambiará mucho las atrocidades del pasado?

Se dice que sólo los hombres que trascienden se convierten en mitos con el paso del tiempo. En el caso del general su recuerdo es difuso e indefinido, pero siempre enmarcado entre la admiración y el odio. También se dice que los muertos deben descansar en paz, pero hay algo que pesa sobre este difunto y es por eso que no se le permite dormir sosegado. ¿Qué pasaría si como en La muerta de Maupassant, el cuerpo del dictador se levantara de su lecho y rascara las letras de su lápida?, ¿qué se aparecería en esa losa?, ¿qué gritarían los restos que en ella habitan?

El solo recuerdo de algunos dictadores es perturbador, pero más perturbador es pensar que aún hay gente que los adora, que los protege y cuida de su legado. Que los convierte en dioses y mitos. No podemos negar que los autócratas tomaron decisiones acertadas y fallidas sobre sus países, incluso nos cuesta aceptar que las dictaduras lograban, al menos por un tiempo, ser populares entre la gente, ya que crean una especie de sortilegio en el cual se llegaba a pensar que un gobierno severo y riguroso podía resolver más fácilmente los problemas; sin embargo, cuando vemos una imagen de esos hombres hoy convertidos en símbolos, no podemos dejar de pensar en el horror que generaron sus malas decisiones. Aterrados por lo que sabemos de ellos, colmados de asco, pensamos en alejar esa imagen. Sin embargo algo nos detiene y seguimos mirando. Nuestra mente intenta separar al hombre del símbolo. No podemos. Sabemos que tenemos frente a nosotros, en un solo ser, a genios y monstruos. Para mucha gente, la obra de los hombres que trascienden se separa de su vida ya que piensan que los actos de esos genios deben ser medidos con otra vara. ¿Qué pasa por nuestra mente cuando pensamos en las acciones de esos dictadores?, ¿realmente nos da escalofrió?, o si estuviéramos en las mismas circunstancias, ¿actuaríamos de la misma manera?

 


La moneda sigue en el aire. Desde la prehistoria la especie humana ha tenido la necesidad de crear deidades, ya sea para responder misterios, o para dar tranquilidad a los pueblos; ¿cómo explicar, hace miles de años, un trueno? La fe le da sentido a nuestras vidas, llena el profundo e inexorable tiempo. El tic tac de nuestra mente nos enloquece. Nos distraemos añorando dioses que no acariciamos. Nos negamos a sortear el vacío. Buscamos cómo darle un sentido a nuestro destino de hierro. Necesitamos símbolos para adorarlos, para que el eco de nuestra mente no esté vacío, y que los interminables días que se miden entre nuestro amanecer y anochecer, aunados con ese silencio hondo que antecede a la gran catástrofe -nuestra inevitable muerte- sean más llevaderos. Ya decían los presocráticos que si el ganado tuviera dioses los representarían con cuernos. Nosotros los representamos con figuras de poder. Algunos llevan trajes militares, otros camisa y corbata. Dice Steiner que el fiel oprime con los labios el dedo del pie de bronce, besa el icono santificado, se inclina no ante el símbolo sino ante lo que toma por su encarnación. Aquí es donde radica el problema, cuando los hombres confundimos el símbolo con la encarnación. Cuando, hipnotizados, caemos de rodillas ante el emblema, justo en el instante que convertimos en sagrados a los hombres y sus ideales, ahí es cuando perdemos la batalla intelectual.

En 2018 parece que gran parte de las nuevas generaciones en el mundo entero se siguen arrodillando a símbolos del pasado. Todos los días se levantan y dirigen a los colegios con ideologías extremas. Autoridades germanas estiman que actualmente hay 22,000 neonazis o, con su nuevo concepto nipsters, que son aquellos que conservan sus tics racistas y xenófobos, mezclados con reivindicaciones por los alimentos y el medio ambiente. Cada vez es más habitual ver en Italia el #fascistlove o ver a jóvenes españoles haciendo el saludo fascista. En otra latitud el escenario no es muy distinto, Bolsonaro está cerca de ser presidente apoyado por jóvenes que corean rap. Las antiguas y astutas serpientes del pasado están mudando de piel.

Nuestra memoria se alimenta de la historia y muchos están preocupados de que el futuro sea igual que el pasado y que, como dijo Vanini, "la historia humana se repite; nada hay ahora que no fue; lo que ha sido, será". Es una realidad que las barreras nunca han sido territoriales, siempre han sido ideológicas. El gran viejo problema del mundo es el racismo, en sus diferentes escalas, y sigue siendo el tema que hace temblar a las patrias.

Debemos reconocer los aciertos y errores de las sociedades anteriores, reflexionar sobre ello nos permite seguir hacia delante, construyendo nuevo pensamiento. Observar, analizar e incluso admirar a estos hombres nos puede permitir cavilar si de ellos nace lo humano e infernal de las siguientes generaciones, pues necesitamos de esos contrapesos para luchar por un mejor mañana. El péndulo oscilante de la historia nos sirve para encontrar nuestras luchas del futuro.

La tumba se podrá mover pero el símbolo perdurará.

La moneda seguirá en el aire eternamente.