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tribuna libre

De Cóbreces a Sobrado

ANTONIO MARTÍNEZ CEREZO ESCRITOR   | 09.09.2018 
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1. Refundación. En 1954, por encargo del cardenal Fernando Quiroga Palacios, arzobispo de Santiago de Compostela, el monasterio cisterciense de Viaceli, Cóbreces (Cantabria), acepta hacerse cargo de la reconstrucción del milenario cenobio de Santa María de Sobrado, en Sobrado de los Monjes (Coruña). El abad general de los trapenses, Sortais, ratifica el compromiso del abad de Viaceli, Yagüe, y da vía libre para establecer allí una fundación. «En el santuario que inspiró la salve» (12-8-1954) fray Justo Pérez de Urbel, lo anuncia con repique de campanas: «Sobrado de los Monjes va a tener monjes otra vez. Es un empeño decidido de Franco. Ya los cistercienses han comprado la antigua huerta del monasterio y no tardarán en llegar. ¡Extraña coincidencia! En este año dedicado a la Virgen va a volver a nueva vida este monasterio de Santa María, que inspiró la plegaria con la cual invoca a la Reina del Cielo toda la cristiandad».

2. EN MARCHA. Cuando supieron que iban a restaurar el monasterio que inspiró la Salve, los monjes de Viaceli sólo tuvieron un sueño, común a todos. De la abadía neogótica de Cóbreces partieron al alba, con escasa impedimenta e infinita paz interior. Gorros de fieltro marrón, mochilas al hombro, cantimploras al cincho y bordones con conchas jacobeas. En cabeza, el padre abad. Gastador de los hermanos trapenses que iniciaron el camino virtual, todos ya en edad terciada. El coche que el alcalde de Alfoz de Lloredo ofreció para llevarles lo rechazaron de plano. No por soberbia. Por humildad. Evocando los días de Jesús en el desierto, irían a pie. La idea de marchar descalzos la descartaron por temeraria. Llevarían botas con tacos, gruesos calcetines blancos y una toalla para arrimar hielos al pescuezo. Acostumbrados a moverse poco, en los prolegómenos de la salida razonaron que el viaje iba a hacérseles muy largo. Frente a sí tenían infinitos ribazos por salvar, con el Cantábrico rugiendo a la derecha, Castilla-León al sur, y Galicia como meta.

3. POBRES DE SOLEMNIDAD. En Comillas, se metieron hasta las rodillas en el mar y se aliviaron los bajos con risueños manotazos, sin osar izar los hábitos más allá de donde decencia aconseja. Y, asimismo, hicieron en San Vicente, Pesúes, Unquera y Llanes. Adiós Asturias de Santillana, provincia de Santander, dijeron al saludar una pancarta que advertía en bable algo que no supieron traducir al cristiano. Suroesteando por sendas, eras, huertas y pomares, llegaron a Gijón, donde un pescador les regaló un saco de oricios (erizos) y el arte de levantarles la tapa con una navaja para embeberlos en sidra. Salvando pedregales pasaron de Navia a Ribadeo; donde les recomendaron enfilar el sur sin olvidar el oeste. A Mondoñedo llegaron sin saber cómo. Salvo que cargó con sus molidos huesos un labriego que acarreaba heno para las vacas. Al alba, la catedral de Mondoñedo, ante la cual despertaron durmiendo apelotonados con muy santa aplicación, les pareció labrada en queso al vino. En Villalba, avistaron apetitosos capones, rotundos gallos de corral, gallinas ponedoras y perros que ladraban en galaico. Al salir de Villalba, les dijeron que si afilaban el hocico no tardarían en respirar santidad. Devotos, rezaron las oraciones que para tales momentos impone la «regla de la Estricta Observancia» y entonaron monódicas letanías gregorianas. Sobre sus cabezas, las alondras iban y venían llevando grano a los nidos mientras ellos, de blanco y negro, se daban coscorrones contra el suelo agradeciendo al cielo que les hubiera permitido llegar a tan ansiado lugar sanos y salvos. Sin tener qué comer se echaron a dormir, una vez más. Esperando que, como de costumbre, obrara la divina providencia.

4. Y A FE QUE OBRÓ. Fieles al mandato bíblico: «Siete horas al día te alabaré» y a las horas canónicas de San Benito, corearon maitines, antes del amanecer; laudes, al amanecer, y a punto de entonar la prima, que manda la hora que sigue al amanecer, cuanto mayor era su desfallecimiento y más les zurrían las tripas se anunció con trompetilla de concha un mandado del alcalde que sin mediar palabra les arrimó una olla de guiso con tocino, chorizo y morcilla, una hogaza de pan, una bota de vino con agallas, una jarra de agua fresca y un dulce con la cruz de Santiago dibujada en el bizcocho con azúcar requemada. «¡La divina providencia!», exclamaron, comiendo a rebatiña sin acertar a dar las gracias al enviado de Dios, el mandado del alcalde. Y de lo que éste les procuró nada dejaron. Que de bien nacidos es ser agradecidos.

 


5. RECUENTO. Por oficio, el historiador ha respetar la historia, materia con la que amasa su pan. Vuelta al orden documental. El 28 de octubre, Lorenzo López Sancho escribe en ABC: «San Bernardo de Claraval querría hoy estar en Sobrado de los Monjes. Los cistercienses han empezado a reconstruir el milenario monasterio, después de un siglo de abandono». Y prosigue: «Ochocientos años ha que murió San Bernardo de Claraval, pero si el activo monje medieval resucitara ahora, no sería a su amada abadía de Citeaux adonde dirigiría sus pasos. San Bernardo de Claraval estaría ahora, la mano sobre el azadón o la llana, en Galicia. En Sobrado de los Monjes, más exactamente. Veinte monjes cistercienses andan ahora entre las ruinas del que fue gran monasterio de Sobrado. Cómo en los tiempos de Alfonso VII, la tarea de los hijos de San Bernardo consiste en ordenar, reconstruir, restaurar la paz y el trabajo de la vida monacal. Pero ahora la empresa es más difícil porque el monasterio de Sobrado es poco más que un inmenso montón de ruinas abrazadas por la yedra».

6. ARDUA EMPRESA. Veinte monjes ante un laberinto de piedras y zarzas, en el lugar donde el monje Mezonzo (hoy, santo) inventó la Salve. Doce años más tarde, la iglesia celebró el renacimiento de Santa María de Sobrado con notable pompa el 25 de julio de 1966. Qué de gente mitrada. Cuánto cura. Qué solemnidad. Y qué mariscada. Doce años no pasan en balde. Quienes fueron a restaurar el monasterio en ruinas no respiraban, ni oraban, ni cantaban igual que los dieciséis que vieron solemnemente inauguradas las obras. Preconciliares aquéllos. Postconciliares éstos. Tal vez ni siquiera fueran ya los mismos. Pues el cielo quita y pone, a voluntad.