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El comienzo de 'Un mar violeta oscuro', de Ayanta Barilli

BARCELONA (ESPAÑA), 16/10/2018.- La escritora Ayanta Barilli posa para los medios de comunicacion tras ser proclamada como finalista de la 67 edición del Premio Planeta 2018 de novela por la obra ''Un mar violeta oscuro''.  - FOTO: EFE/Quique García
BARCELONA (ESPAÑA), 16/10/2018.- La escritora Ayanta Barilli posa para los medios de comunicacion tras ser proclamada como finalista de la 67 edición del Premio Planeta 2018 de novela por la obra ''Un mar violeta oscuro''. - FOTO: EFE/Quique García

18.11.2018 
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En una ocasión me dijeron que Elvira había sido puta. Lo recuerdo perfectamente. Mi tía Carlotta se estaba acicalando para ir a un estreno teatral y yo, todavía niña, la observaba sentada en el borde de su cama. Una cama de matrimonio muy grande, demasiado, sobre todo porque nunca la compartía con nadie de su misma especie. Solo con Romeo, el gato de piel de tigre y ojos de serpiente, que la amaba por encima de todas las cosas. Tanto que, cuando ella llegaba a

casa después de ensayar, Romeo saltaba a su pecho y le mordisqueaba un poco la cara, como para decirle «eres mía y de nadie más». Y su Julieta le abrazaba y le besaba en el hocico siempre húmedo, con un ligero aroma a sardinas en lata, el manjar favorito del joven Montesco. Romeo solía hablarle a mi tía con melancólicos maullidos que habrían partido el corazón más duro. Con su mirada amarilla y sus bigotes tiesos, parecía dedicarle las más tiernas palabras, a las que ella respondía siempre: Si, animaletto.

Romeo fue un gato sin familia hasta que un día decidió abandonar las peleas callejeras y las noches insom nes pegado a un tubo de escape. Buscó asilo en casa de la que consideraba la señora más guapa y más solitaria del barrio. Arañó la puerta, Carlotta abrió, Romeo se hizo el desmayado en el felpudo para resultar más convincente y ella lo adoptó.

En aquella época, mi tía vivía con su madre y su único hijo, Leone. Al poco de nacer el niño, se separó de su pareja, un excelso actor a quien había que rogarle para que se subiera a un escenario porque lo que de verdad le apasionaba era aullar ante las evoluciones de una pelota sobre el césped del estadio, afición considerada del todo inaceptable en mi familia. Carlotta era una mujer nerviosa, impaciente y con una clara tendencia a los ataques imprevistos de ira. Con las manos en el volante, se convertía en una perturbada. ¡Pobre de aquel que sufriera la desgracia de ir de copiloto! Ya se sabe que Roma es una ciudad de tráfico complicado. Mi tía se subía al coche y perdía el decoro y el control de sí misma. Empezaba a vociferar con medio cuerpo fuera de la ventanilla, tocaba la bocina como si fuera una ambulancia y componía una sonata de insultos tan ofensivos que siempre pensé que moriría estrangulada a manos de un romano en medio de algún atasco. Cuando se enfadaba, nos daba tanto miedo que Leone y yo nos escondíamos debajo de la cama para salvar el pellejo mientras ella nos arrinconaba con la escoba obligándonos a salir, rebozados en polvo. Pero lo cierto es que aunque gritara, nos diera en la cabeza con un periódico, estampara el teléfono contra la pared o pisoteara el árbol de Navidad en un arrebato, era un ser absolutamente inocuo y bondadoso. Una vez pasado el furor, nos perdonaba y se hacía perdonar llevándonos al cine o a alguna inolvidable excursión por los alrededores de la ciudad con su Dyane 6 color crema.

Carlotta, digna hija de Ángela, fue un claro exponente familiar del silencio. No había forma de sonsacarle la más mínima información. Tampoco mostraba ninguna curiosidad, por lo que sospecho que tal vez no supiera gran cosa.

- ¿Qué le pasó a Elvira? ¿Por qué nadie habla nunca de ella? - pregunté de sopetón mientras acariciaba a Romeo.

Me gustaba ver cómo se vestía, cómo se maquillaba, cómo abría y cerraba cajones de la cómoda, cómo sacaba una caja llena de abalorios, cómo elegía las medias, el perfume adecuado, las sandalias de tacón alto, el bolso, el chal. Todo. Carlotta era actriz. Y Romeo lo sabía. Por eso, desde la cama, seguía muy atento los movimientos de su estrella. Se quedaba quieto, convertido en una estatua de sal, aunque en realidad lo que tenía eran ganas de cazarla, igual que al ratón de sus sueños...

1963

Se firma entre España y Noruega un convenio bilateral para evitar la doble imposición. Mediante este acuerdo, se decidió que debían pagar impuestos en Noruega. Eso sí, por ley tenían prohibido afiliarse a la seguridad social, ya que para ello había que estar empadronado en un municipio del país. Requisito que no se le exigía a los noruegos, ya que algunos incluso tenían residencia en España.

1994

Hasta la década de los noventa, con la instauración del Espacio Económico Europeo (EEE) el 1 de enero de 1994, no hubo un acuerdo entre los gobiernos español y noruego para el reconocimiento de los trabajadores internacionales, su derecho a entrar en el sistema de protección social y, con ello, la garantía del pago de sus pensiones. No obstante, éste no tiene carácter retroactivo.

2008

Nace el colectivo Long Hope. La organización es la responsable de interponer una demanda contra el Estado Noruego, al amparodel Convenio Europeo de Derechos Humanos, y en tribunales noruegos, como paso previo a Estrasburgo.