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Concepción Arenal, una penalista ilustrada

La mayor parte de sus publicaciones y escritos están vinculados al tema sobre el que giró su vida: la necesaria reforma de las cárceles y los asilos

JAIME CONCHEIRO DEL RÍO / REGISTRADOR DE LA PROPIEDAD JUBILADO   | 02.02.2020 
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Concepción Arenal nació en El Ferrol el 31 de enero de 1820 en una casa ubicada en la céntrica Calle Real, en pleno barrio de La Magdalena y donde no existe placa que recuerde donde nació la intelectual gallega más importante del siglo XIX. Su madre, Doña Concha Ponte Ferreiro, era descendiente de familia noble, hermana del Conde de Vigo, mientras que su padre, Ángel del Arenal, firme defensor del liberalismo, sería encarcelado por enfrentarse a la monarquía absolutista de Fernando VII.

El año de su nacimiento, sería un año decisivo para su padre y también para la Historia de España. Un mes después del nacimiento de su hija se le reconocía finalmente el grado de teniente coronel de Infantería, bloqueado desde 1815 por sospecha de desafección a la "real persona de su majestad" que había impedido su promoción militar. Según afirma Anna Caballé: "Los augurios no podían ser mejores y la futura escritora sería muy consciente de aquella feliz coincidencia política y se sintió marcada por ella, como años después Rosa Chacel confesaría su orgullo por haber nacido en un año (1898) que daría sentido a la cultura española"

Concepción Arenal está considerada una de las pensadoras más interesantes del siglo XIX. Centró su obra en la ética y en la filosofía del derecho. La mayor parte de sus escritos están vinculados al tema sobre el que giró su vida: la necesaria reforma de las cárceles y los asilos, cuyo abandono y dejadez eran desoladores, así como a su obra por concienciar a la sociedad española a cerca de la urgente tarea de disponer de una Administración moderna en la que la corrupción de los funcionarios no tuviera cabida legal.

 


Uno de sus artículos de mayor impacto, de los más de 500 que publicó en la revista La Voz de la Caridad, fundada por ella misma en 1870, se tituló Los hijos del camino. En él denunciaba la conducción a pie de los presos, trasladados de un extremo a otro de la península en recuas que ofrecían un espectáculo desgarrador.

Su idea de que más sagrado aun que la vida es la dignidad del ser humano, sin tener en cuenta edades, razas, sexos o condición social, no puede ser más actual. Sus convicciones enardecían hasta un punto que no siempre tenía bajo control. La pobreza miserable, escribe Arenal, en El pauperismo es, entre otras desdichas, un impedimento para el bien, concebido como aspiración legítima y justa del ser. J. Bentham había hablado de felicidad, recordemos el lema de su filosofía: "Todo acto humano, norma o institución debe ser juzgado según su utilidad; esto es, según la felicidad o el sufrimiento que produce en las personas". Arenal no habla de felicidad, sino de bien, pero hay un hilo conductor evidente entre ambos planteamientos, aunque solo Arenal llevó la teoría a la práctica convirtiéndose en visitadora de pobres y presos, enfermera, directora de prisiones. Nuestra autora mantiene, sin embargo, una discrepancia esencial con Bentham; así como la nueva ética que defendía este se fundamentaba en el derecho al goce la vida, ella se detiene morosamente en el valor del sufrimiento como la principal experiencia modeladora del ser humano. ¿Qué es el dolor, qué somos nosotros? Son las primeras e impactantes preguntas con que se abre El visitador del pobre, su libro más traducido y popular. Y contesta: "El dolor no es un estado transitorio ni una consecuencia pasajera de determinadas circunstancias. No es algo que viene y se va. La felicidad es una experiencia efímera, superficial y complaciente. Sin embargo, el sufrimiento enfrenta al individuo con sus propias limitaciones: lo hace pensar, madurar; eleva el umbral de su resistencia y fomenta en su interior la necesidad del otro... El sufrimiento es tendón principal de la vida, y pese al espacio que ocupa en la vida humana, nadie nos enseña cómo afrontarlo y aprender de él para que, al menos, rinda un servicio que nos sea útil".


Desde el punto de vista histórico es en el Protágoras de Platón donde aparece la primera crítica fundamentaba a las teorías retribucionistas de la pena. Puede afirmarse que si Séneca vino a vulgarizar a Platón, Concepción Arenal, por su parte, lo traduce al mundo ilustrado y constitucional del siglo XIX.

Figura recurrente en la obra de Concepción Arenal es el paralelismo entre salud del cuerpo y la mente y el recurso al parangón entre salud física y moral. La curación del enfermo y la reinserción del delincuente 'enfermo moral', así como el valor expiatorio o purificador del dolor. Concepción Arenal se ocupa con insistencia del dolor, que no siempre tiene sentido, y afirma: "Yo considero la prisión como un hospital, sólo que en vez del cuerpo, tenéis enferma el alma".

 


Se muestra especialmente crítica en cuanto a la idoneidad o inidoneidad de los medios empleados para disuadir del delito, que con frecuencia tilda de ineficaces, idea que comparte con Séneca. Partidaria de la prevención especial, mediante la enmienda, no cree en la extensa duración de algunas penas. Denuncia, no solo, el desamparo de los delincuentes y las "malas condiciones de arrinconados pueblos", sino también aquellas "de provincias y capitales y hasta en la monarquía" y expresa la obligación del Estado de realizar todos los esfuerzos necesarios para evitar nuevos casos en que haya que lamentar una sola nueva "víctima inocente de una sociedad culpable". Desde esta posición, plantea su famosa, y no siempre bien entendida, distinción entre "corregibles e incorregibles" que trascendió especialmente. Para la autora no se debe hablar de incorregibles, sino de no corregidos, en gran medida porque los medios empleados son ineficaces y deben ser revisados.

 


En cuanto a los medios, considera que corresponde al Estado, mediante una legislación adecuada, poner a disposición los instrumentos suficientes para evitar que el delincuente pase a ser de no corregido a incorregible, considerando como tal a "todo penado que después de haberlo sido varias veces y puesto en condiciones de enmendarse, al recobrar la libertad vuelve a infringir las leyes repetidamente". Critica el lenguaje de la ley cuando, parar procurar medios suficientes, se legisla "se procurará que haya", porque conduce a la arbitrariedad y la injusticia. La corrección debe ser graduada y tiene un límite: "La conveniencia es la regla que indicará al legislador hasta dónde ha de llegar; pero nunca será causa suficiente para que se lleven los castigos más allá de los que el absoluto derecho autoriza".

Donde no es posible corrección o resocialización, cabe la prevención general mediante la intimidación a la colectividad, en casos extremos la inocuización. Partidaria de la ejemplaridad, pero muy combativa con los medios empleados, concepción Arenal se muestra escéptica en ocasiones; indignada otras como respecto a la aplicación de la pena de muerte a los incorregibles.

Ya en 1875, Concepción Arenal, había escrito censurando "el rechazo al delincuente cuando quiere ser insertado...", "después de estar verdaderamente recuperado hay que devolver a la sociedad la confianza en el excarcelado". "La esencia de la pena es que sea buena, porque ni el individuo ni la colectividad tiene derecho a hacer el mal" "Dada la naturaleza del hombre y la esencia de la pena, esta ha de ser necesariamente correccional".

Corrección significa, no solo dejar de delinquir, sino cualquier mejora que pueda obtenerse del delincuente; de evitar, por todos los medios, que se convierta en incorregible antes de proceder al análisis de su conducta delictiva a la vez que duda de la efectividad de la pena a efectos de reinserción del delincuente, en especial en algunos delitos culposos, porque hay muchos delincuentes que no necesitan reeducación, mientras que otros son incorregibles, o al menos no sirven para corregirlos los métodos existentes en el sentido de medios idóneos o inidóneos. En el pensamiento Arenaliano, como en el pensamiento romano, la reincidencia es una característica de los incorregibles, y el castigo mayor es haber delinquido.

 


El famoso penalista Antón Oneca afirma que Concepción Arenal anticipa los modernos estudios criminológicos y "echa suficiente agua al vino del correccionalismo para no desvariar por el camino de la utopía"

En definitiva, Concepción Arenal adopta un correccionalismo atemperado, dado que para ella la pena restaura la tranquilidad y sus fines son retribución y prevención general. Por su parte insiste en la dimensión moralizadora del castigo más que ninguno de los correccionalistas. La bondad de la pena descansa en el principio de que esta se aplica para enmendar moralmente una voluntad desviada del orden jurídico.

Tomas y Valiente considera que Concepción Arenal fue una luchadora individualista a favor de lo oprimido, del pobre, del desgraciado y, muy en concreto, del penado. La complejidad y riqueza del pensamiento científico de Concepción Arenal no cabe en algunos esquemas convencionales en los que, con un punto de simplificación, algo de pereza y mucho de misoginia se la ha querido encuadrar. En 1890, recibe la noticia de la defensa de su candidatura para ocupar la vacante en la Real Academia por parte de otra ilustre gallega, Emilia Pardo Bazán.

La insigne penalista murió en 4 de febrero de 1893 en Vigo, donde fue enterrada. En su epitafio el lema que la acompañó durante toda su vida "A la virtud, a una vida, a la ciencia". Sin embargo su frase más célebre fue, sin duda, la de "Odia el delito y compadece al delincuente".