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TRIBUNA LIBRE

Cristina Rodrigues, la verdad contemporánea de Viseu

ALBERTO BARCIELA / PERIODISTA Y REDONDELANO   | 05.05.2019 
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La pervivencia de lo próximo, lo asumible, lo reconocible como auténtico pasa por la cultura local, engarza con el tránsito de los siglos, y nos une a lo primitivo. Niega la decadencia, pues asegura un vínculo y una continuidad, sino exactamente genética -que también- sí matérica, técnica, formal. En el ser humano hay una vocación de trascendencia, de unicidad y de unidad en lo esencial, de nudo entre generaciones, de transmisión de saberes. Y eso subyace en el interior de cada uno y en lo más profundo de la comunidad.

En la búsqueda individual o colectiva de la belleza radica la aspiración de hallar o definir al menos una verdad, un ideal, una armonía frente al Misterio. Al vivir, el ser humano construye una respuesta, una cultura espontánea, al convivir participa de otra colectiva, engarzada, más construida. Para adornarlas crea o acepta el arte, se entretiene con espectáculos, y trata de adivinar su futuro con la magia o la religión, mientras se reserva una esperanza superior a cualquier otra utopía: la aspiración a la inmortalidad. Un creador solo puede serlo de certezas y la única pasa por la muerte. Necesitas pues de una fe común.


Cristina Rodrigues (Oporto, 1980), una de las artistas plásticas portuguesas más importantes de su generación, ha sabido encontrar en el lino artesanal la esencia y con ella ha elevado lo sencillo a arte digno de los mejores museos del mundo. Su formación académica, su perspectiva universal y la fidelidad a sus raíces se concentran en un entusiasmo por un vegetal que ha creado una industria en el corazón mismo de su país.

Graduada en Arquitectura en Oporto y tras estudiar Historia Medieval y Renacentista, Cristina se doctoró en la Manchester School of Art y recibió una beca en 2011 para desarrollar su proyecto de investigación 'Diseño para la desertificación'. Entonces centró su trabajo en el estudio y registro de los territorios portugueses con baja densidad de población, mientras comenzaba a crear algunas de sus obras textiles más conmovedoras. Esto incide en la capacidad o visión de los artistas para adelantarse a movimientos como el de territorios vacíos, tan de moda en España y Portugal.


En la realización de sus obras textiles, Rodrigues se sumergió en las tradiciones de Viseu (Portugal). Buscó la colaboración de las tejedoras de Várzea de Calde, mujeres que perpetúan la historia artesanal de su zona utilizando las técnicas milenarias de elaboración del lino. Con sus métodos ancestrales tejieron los paneles de lino de O Sudário -una instalación textil estampada a mano, que en realidad había sido pensada para la Bienal de Arte de Colombo (Sri Lanka) del 2016-, que la artista adornó con franjas de seda y cintas de raso, también producidas en Portugal, creando un diálogo entre la tradición - estrías de vejez mundana- y la contemporaneidad

Toda la obra de Rodrigues se rige por una estética sencilla que flota entre la etnografía social, la antropología y la sostenibilidad. Elabora cada una de sus piezas con minuciosidad. El resultado son reliquias escultóricas que muestran el recorrido de la propia obra y la identidad artística de objetos obsoletos. Mezcla magistralmente el virtuosismo con lo común y sus instalaciones son tan universales en su significado como locales en su inspiración. Además, en todas sus intervenciones artísticas reivindica el papel de las mujeres como guardianas de la tradición cultural, como conservadoras perseverantes de un patrimonio que tiende a desaparecer.

Cristina y las tejedoras portuguesas son las modernas Penélopes. Cual personajes de la Odisea de Omero, tejen lino y destejen barbarismos, como en un conjuro para entretener un destino definitivo y trágico.


Estamos ante una suerte de utilitarismo del sentimiento estético. El arte ha de servir, y en este caso lo hace, desde su concepción, en el transcurso de su elaboración, y en el mismo museo. No se pregunta para qué lo bello, se responde con la obra misma.

La obra no es admirada sino que nos admira a nosotros, seres capaces de confrontar lo insólito y revestirlo para aceptar el destino con formalismo, es decir, con seriedad, con esperanza cierta. Son el goce ético y el estético aunados. La autora aporta el entendimiento culto y suma a lo popular una retórica, una narración, un sentido, hasta alcanzar belleza. Es entonces cuando surge un horizonte: la esperanza, la capacidad de entender que se puede llegar a aquello que se anhela, que una salvación común a través del arte es tan posible como la comprensión de la magia, el misterio. Se crea fascinación. Todo eso aparece como la fuente de su capacidad de sugestión y de arrebato. La vida tiene al menos un sentido.


Cristina Rodrigues ha trasvasado los siglos, es una moderna Sherezade que, lejos de entretener con cuentos al Sultán, incorpora al pueblo a su narrativa. Lucha contra la fragilidad individual y la cultural, en un mundo víctima de lo global. Encuentra nexos de autorreferencia. Hay pasión, pero lo que podría derivar en un hecho vulgar, meramente decorativo, idéntico al de otras evoluciones, deriva hacia lo sublime, el arte, y alcanza los altares. No hay extravíos. La artista da rienda suelta a sus más íntimos sentimientos, sensaciones, recuerdos y vivencias, alejándose del mundanal ruido - la contaminación circundante- buscando el éxtasis que asegura engarzar un momento de la historia con la cesión inmediata del testigo a las siguientes generaciones.

Cada obra de Cristina es un consenso, adapta sus deseos y necesidades privadas a las circunstancias derivadas de su adscripción a la sociedad, debiendo en muchos casos renunciar a determinadas aspiraciones y expectativas para favorecer el bien común. Todo nace de una necesidad y de una cultura aunantes. Por esta misma razón, las manifestaciones artísticas han existido desde tiempos inmemorables en la medida en que han supuesto el medio más adecuado para la preservación y desarrollo de la experiencia íntima del ser humano, constituyendo un excelente medio para la expresión de su vida interior en lo colectivo.

Quizás en Galicia podamos empezar por reconocer más el excelso trabajo de nuestros artesanos y el compromiso de algunos de nuestros artistas.

Cristina Rodrigues representará a Portugal en la Bienal de Venecia.