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Doscientos millones de nigerianos, protagonistas del futuro

Dispensario rural en Iwollo
Dispensario rural en Iwollo

TEXTO/FOTOS. JAIME CÁRDENAS / ONG HARAMBEE   | 09.12.2018 
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Aterrizo en Lagos, en el aeropuerto Internacional Murtala Mu­hammed. El vuelo dura lo que un Madrid-Moscú. Ha oscurecido y llueve a mares. Empiezas a sudar. La carretera del aeropuerto al centro, me dicen, sigue en obras entre vallas publicitarias que rezan: "Paga tus impuestos". Escasea el alumbrado público, abundan socavones colmados de agua vapeando y el conductor hace eslalon para esquivarlos. Más allá, un control de Policía o del Ejército, el primero de los incontables a lo largo del país. Unas veces te piden dinero, otras no.

Al tocar tierra, caes en la cuenta de que no conoces África. Nigeria ostenta tres marcas en el continente: mayor economía, el país más poblado y la ciudad con más habitantes. El norte es musulmán e influenciado por el S­ahel. El sur, cristiano y animista, partido en dos por el río Níger. El delta del Níger tiene la misma extensión que la provincia de Sevilla y de sus entrañas se extraen toneladas de crudo, causa de la prosperidad y de una parte importante de las desgracias de este país inclasificable y estratégico.

El hostigamiento de Boko-Haram desplaza internamente a 1,7 millones de nigerianos del norte al sur y provoca el movimiento de refugiados entre las fronteras de Nigeria, Camerún, Níger y Chad. Late además un conflicto con los Fulany, tribu del norte dedicada al pastoreo, que ahora se mueve hacia el sur invadiendo zonas de cultivo y asiento tradicional de las tribus Igbo y Yoruba: hace tres meses fueron masacradas un centenar de personas. Estos problemas son la punta del iceberg de un país diseñado por colonizadores y aún tensado en su propia diversidad.

Pero todas las cifras palidecen frente a la magnitud de los 200 millones de habitantes del país subsahariano. En contraste con las naciones envejecidas de la UE, 40 de cada 100 nigerianos tiene menos de 15 años; 50 entre 15 y 65 años; y solo 10 más de 65 años. Se fragua una eclosión demográfica que hace llorar de impotencia a los expertos al contemplar una UE ciega (que no quiere ver), que afronta el desafío migratorio con una delirante incapacidad para llegar a acuerdos más allá de levantar muros. Los números cantan: según los demógrafos, Nigeria alcanzará los 400 millones de habitantes en 2050. Pero no solo Nigeria. La misma proyección es aplicable a otros países del entorno, cada uno en su proporción, esto es, doblar su población en los próximos 30 años.

Acostumbrado al imaginario europeo de una África rural de chozas, tierra roja y vacas cuernilargas, los 20 millones de habitantes de Lagos te cortan la respiración. La megápolis desborda vitalidad a borbotones, entrecruzada por enormes suburbios de palafitos reflejados en torres de cristal de 30 pisos. Millones de vehículos, interminables atascos de tráfico de la gente que a diario entra y sale desde el continente hacia Lagos Island y Victoria Island, el corazón financiero de la ciudad.

Vengo a evaluar proyectos sanitarios que la ONG Harambee promueve en Nigeria. Al este del país, en la tierra de los Igbos, Harambee ha financiado una nueva ala materno-infantil en el Niger Foundation Hospital de Enugu y desarrolla programas sanitarios en un dispensario médico rural en Iwollo. Una gota en el océano, sin duda. En los países en vías de desarrollo la comparación entre la pequeñez de la aportación y el abrumador tamaño de los problemas es siempre una tentación que ronda preguntándote: "¿tiene sentido hacer esto?".

En Europa repetimos que hay que "solucionar los problemas en origen". Por supuesto. Las personas que he tratado en estos países te recuerdan que todos necesitamos una esperanza, un "para-qué-esforzarse". Si tienes horizonte, te quedas. Si no, te vas; nada tienes que perder porque ya eres un perdedor. Por eso hay padres que envían solos a sus hijos menores de edad a cruzar el Sáhara camino de Europa, pensando que quizá alcancen un futuro que ellos no pueden darle; por eso algunas madres, como me pasó en Uganda, te ofrecen a sus hijas para que te cases con ellas y te las lleves; por eso se va la gente de San Pedro Sula en Honduras, porque ahí la violencia volatiliza cualquier horizonte, aunque acaso tengas el estómago lleno.

De los que se van, unos lograrán sus sueños, muchos morirán en el Sáhara, en el desierto de Mojave o en el Mediterráneo, otras saciarán la sed de sexo de pago de europeos solitarios, los menores no acompañados serán devorados, y casi todos serán carne de cañón del tráfico de personas.

En 2014 Nigeria se convertía en la economía más grande de África. Es un país rico en recursos naturales, sobre todo petróleo. Desarrolla una potente industria del cine, Nollywood, y un pujante mercado de tecnología y comunicaciones. Cuenta con 150 millones de usuarios de teléfonos móviles, el 28 % de todo el continente africano. El país ha levantado un extenso sistema universitario, especialmente en el área de las ingenierías. Sugiere potencialidad y aliento de futuro.

Las buenas noticia vienen lastradas por el desalentador reparto de la riqueza, con el 50 % de su población viviendo en índices de pobreza extrema (menos de 1,9 $ USA al día), y un lento crecimiento de la clase media, según datos del Banco Mundial. Sus retos son universalizar la educación, la sanidad y las infraestructuras (carreteras, electricidad, agua), así como la lucha contra el cáncer de la corrupción y la criminalidad. Para ello, necesitan formar líderes políticos y equipos comprometidos con el bien común, que superen el afán de amasar dinero o de favorecer pulsiones tribales.

Desde que volví de Nigeria, la pregunta "¿os queréis ir?" vuelve a mi mente con cada noticia sobre migrantes y refugiados en Alborán, Guatemala o El Salvador, qué más da. Pienso en qué hubiera hecho yo si a los 18 ó 19 años me hubiera encontrado en ese 50 % sin horizonte. ¿Hubiera tenido el valor de marchar? No lo sé. En cambio, sí conozco la respuesta ante la tentación de si vale la pena colaborar aunque sea con gotas de agua. La respuesta es el rostro de cualquier persona, hombre o mujer, que puede quedarse en su casa, en su país, porque, gracias a esa ayuda nuestra, un punto de luz aparece en la oscuridad y descubre un horizonte.