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Espido Freire: "Cuando estoy en Galicia entiendo mejor quién soy"

La escritora vasca, aunque de ascendencia gallega, publica 'De la melancolía' (Planeta), un viaje hacia algunos de los grandes temas que han caracterizado su ya larga trayectoria literaria. Los amores difíciles, la superación de la depresión y la tristeza, la importancia de los espacios que habitamos y de la gente que nos enseña a sobrevivir.

Espido Freire
Espido Freire

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ   | 01.03.2020 
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Espido, conservas mucho de tu parte gallega, imagino.

Absolutamente, claro. Soy vasca, como sabes. Viví allí hasta pasados los veinte años, pero mis padres, mis abuelos, son de Coruña, y han vuelto a Galicia. Para mí, desde niña, Galicia tenía una connotación sentimental muy intensa. Durante mi infancia, en mi casa se hablaba en gallego. Mis padres hablaban gallego. Yo lo hablo mal... me da vergüenza hablarlo por eso... La connotación emocional era clara en las vivencias de aquellos días. Y también era una constante el regreso eterno del emigrante. Había nacido en un lugar al que mis padres no pertenecían, y al que yo podía elegir si quería pertenecer o no. Y bueno, acabé yéndome de Euskadi, vivo hace tiempo en Madrid, pero vuelvo mucho allí, habitualmente por cuestiones de trabajo.

 

Y vienes también mucho a Galicia.

Desde luego, vengo mucho a Galicia, porque aquí están mis raíces, y ahora mis padres están aquí, como te decía. Con la edad, noto un vínculo mayor con esta tierra. No sólo porque yo le dediqué un libro al Camino de Santiago. Creo que tengo alguna mentalidad heredada, una forma de ver la vida que seguro que viene de mis abuelos. Yo entiendo mejor quién soy en Galicia que en cualquier otro lugar.

 

Supongo que muchas cosas de esta tierra están, en efecto, en ti. Tengo la imagen de aquella chica de 23 años que apareció de pronto con un libro tan fulgurante titulado 'Irlanda'. Nos lanzamos a leerlo, pensando que se refería justo a Irlanda...

¡Craso error!

Sí, pero luego pensabas que, en cierto modo, sí se refería a él.

Claro, está todo en el espíritu atlántico que lo rodea. El animismo que envuelve 'Irlanda' y el simbolismo que lo puebla no se hubiera entendido sin mis orígenes gallegos. Me pregunto qué hubiera ocurrido si yo hubiera sido hija de emigrantes de otro lugar... Hay algo en el hecho de venir de esta tierra, algo que no sé si es aprendido, si es genético o si es contagiado. Hay un punto que yo reconozco en los que somos hijos de gallegos.

 

¿Viajas a Irlanda?

¡Sí! Estuve ahora en el Bloomsday, y vuelvo ahora con un grupo de viajeros. Y antes he estado en Irlanda del Norte. Pasé diez días. Estos viajes literarios en los que participo me permiten dar una especie de clases magistrales, con gente que tiene interés, a veces son charlas profundas, o peripatéticas, en otras nos comportamos como diletantes... Esta vez lo centré en los autores irlandeses que habían ganado el Nobel: ¡ya ves, nada menos que cuatro!

Y ahora se habla de Banville... O, si quieres, de Benjamín Black.

¿Sí? Eso parece... ¡Pobre Murakami! ¡Se queda sin opciones! La verdad es que de los irlandeses estoy muy interesada en la parte lingüística, la relación con la lengua vernácula, por un lado, con el inglés por el otro, y, desde luego, el contacto atlántico. Muchas veces las vías de comunicación no están en las fronteras, sino en las corrientes. En este periplo literario [organizado por un periódico y una agencia de viajes] estuvimos hablando de eso... y sobre todo en la poesía. En novela creo que últimamente miran más la tradición norteamericana. [La esencia de Irlanda] me parece que está más en la poesía, desde luego. Pero bueno, no soy una experta. Tuve que estudiar mucho, por razones personales, a Rosalía de Castro. Quería releerla, además. Y resulta que en esa voz femenina encuentro los autores masculinos irlandeses. Recuerdo la poesía de Heaney, claro, que es para mí un poeta transversal. Con un enorme conocimiento clásico, por cierto. Y con un uso del lenguaje piramidal.

 

Un día escribirás un libro que trate verdaderamente de Irlanda, y que no se titulará Irlanda. Y entonces te llamaré para hablar de él. Pero ahora, hablemos de ti.

¡Hemos estado hablando de mí todo el tiempo!

 

'De la melancolía' (Planeta) describe cómo el amor nos transforma. Pero también habla de las heridas que la crisis dejó en nuestras vidas. Aparentemente, es una novela que puede sumirnos en cierta tristeza, pero, al contrario, en ella se cuenta un resurgir.

Hay un eco aquí de la melancolía en sentido clásico, cuando se trataba como enfermedad. Y aquellos elogios, que eran más bien estudios de la locura, etc. Poéticamente es mejor hablar de melancolía que de depresión. Lo cierto es que melancolía es una gran palabra. Pero ha sido banalizada, asociada a la poesía, a la contemplación. Yo la incluiría en la saudade, en la morriña, incluso en la nostalgia. Lo que pasa es que la melancolía tiene dentro una tristeza que quizás la nostalgia no tiene.

Yo diría que tus personajes son oceánicos, porque tienen dentro ese vaivén continuo. Y también ese mar de fondo.

Me interesa la gente que calla. Me gusta la gente que muestra máscaras distintas. Esa capacidad de presentarnos como un poliedro. Elena no habla y más bien recurre a los símbolos. Eso me gusta.

 

Siempre hay un poso de ti en tus libros, claro.

Elena tiene de mí la experiencia de la depresión. Pero yo no la describiría como ella. Y tiene el uso de la primera persona del singular que ha sido una constante en gran parte de mis novelas. La elección de la subjetividad del narrador es clave.

 

¿Te sientes mejor escribiendo en primera persona?

A mí me gusta complicarme la vida. Lo más complicado a la hora de narrar es la primera del singular. Es un bisturí muy lacerante, con el que uno no se puede pasar.

 

Las relaciones secretas y oscuras son también habituales en tu literatura. Hay como dos caras en la vida de esta mujer.

Tras su ruptura (Sergio abandona a Elena) ella se deja llevar, y eso lo hará también en la segunda parte. Ella nos está contando la historia, así que no podemos estar seguros de que lo que nos cuenta sea exactamente así. Vemos cómo se desprende de su vida anterior y cómo en la nueva aparecen personajes que van a reconstruirla.

 

Los espacios son muy importantes en tu literatura. Aquí la terraza del Bellas Artes de Madrid, por ejemplo. Suelen tener una categoría simbólica en tu obra.

Las atmósferas y los lugares son, en efecto, decisivos en mi obra. En esta novela, Elena viene de una casa que consideraba vacía y llega a otra que pretende llenar de vida. Pero para llenarla de vida tiene que vaciarla de cosas.

 

Ella intenta ordenar y reordenar. El armario es como una metáfora de su nueva vida. Necesita eliminar cosas del pasado para introducir cosas nuevas.

¡Un poco como Marie Kondo! (risas) La idea de vaciar cosas para volverlas a llenar tiene que ver con esa situación en la que necesitamos un cambio evidente. Hay cambios físicos sobre los que tenemos poder: uno es cortarnos el pelo. Otro, vaciar los armarios. Ella recoge todo lo que Sergio había dejado, en su ansia de cambiar, evidentemente. Me resulta fascinante pensar en todas esas cosas que quitamos de en medio, que llevamos a los trasteros... A los trasteros psicológicos también.

 

La identidad es también transversal a tu obra y a los espacios íntimos, que son tus espacios favoritos.

Comprendo que a veces abrumo a los personajes, que los trato con extrema dureza. Andrés Ibáñez escribió sobre esto, hablando de 'Irlanda'. En 'Melocotones Helados', la protagonista sobrevive por inercia.

En esta novela está la fragilidad social.

Tengo la certeza de que muchas de las patologías mentales son fruto del entorno en el que se desarrollan los individuos. Ahora están apareciendo muchas patologías que tienen que ver con la productividad. Como seres sociales padecemos ciertas enfermedades según el entorno en el que vivamos.

 

Los estados y los poderes no siempre tienen en cuenta el daño social en los individuos.

No vivimos en un entorno protector, sino paternalista. No te quepa duda de que los poderes no tienen esto en cuenta.

 

Está muy bien construido el personaje de Lázaro. Tiene gran potencia. Es la figura del anciano que aporta un aire chamánico a la tribu.

Lázaro iba a ser el personaje fundamental de la novela. Lo terrible de su pasado sirve como contrapunto. Lázaro está entre los personajes que aparecen en la liberación de Auschwitz. Hubo Lázaros reales, naturalmente, que me sirven para componer el personaje. Lázaro establece un dialogo literario con Elena en la novela, es una especie de espejo. La novela habla de cómo superar el daño y el trauma.

"Hay un punto que yo reconozco en los que somos hijos de gallegos".

 

"Esta novela habla de cómo sobrevivir a los conflictos, los que sean, de cómo superar el daño y el trauma"