El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Tendencias » El Correo 2

tribuna libre

Mi gato, patrimonio nacional

LUIS BLANCO VILA  | 27.10.2019 
A- A+

durante muchos años me he considerado vecino de El Pardo. De hecho, lo era. Salía de casa a las siete y diez de la mañana, salía a la izquierda por la carretera de El Pardo, con mucha precaución en los stops, que pocas veces respetaban, enlazaba con el desvío hacia Moncloa y estaba en la universidad a las siete y media, que era mi intención. A esa hora recibía a los primeros alumnos de mi tutoría y una hora después daba la primera clase.

Por aquellas fechas de enero de 1993 quedé finalista del Premio Edebe de novela juvenil, que otorgaba y dotaba (dos millones de pesetas el ganador, uno el finalista) la editorial del mismo nombre, EDB, Editorial Don Bosco, de Barcelona. Yo quedé finalista y el ganador fue Carlos Ruiz Zafón, que se consagraría con una novela larga poco después, La sombra del viento, con ventas millonarias y traducida a más de cuarenta idiomas. La que me robó a mí el premio gordo el año 1993, El príncipe de la niebla”, era un magnífico relato; en cambio, en ventas no acababa de funcionar, tal vez porque Carlos no era precisamente un carácter para divertir a los niños… ni a los editores. En cambio, a mí me tenían en palmitas, con un libro sin pretensiones, Memorias de un gato tonto, que, con veinte ediciones castellanas y ya descatalogado, todavía va agotando los ejemplares residuales, tanto en castellano como en catalán. Mi protagonista no era príncipe, era mi gato Io, personaje televisivo de unos programas infantiles, recién nacido y abandonado, y recogido por mi hija Begoña en el mismo escenario de rodaje, el Colegio Herrera Oria.
Mi gato “nació” en mi familia numerosa y fue testigo asombrado de las bromas de mis hijos, hasta que se dio cuenta de que él era muy capaz de devolverles las trampas, aunque a veces le salían las uñas en el juego y las piruetas. Mi gato vivió diecisiete años y nuestro lugar de diversión exterior eran el monte y los pinares de El Pardo, a unos pasos de la Ciudad de los Periodistas donde vivíamos. Hacíamos excursiones cuando teníamos un poco de tiempo libre, y era el que abría la procesión, dando pequeños frenazos. Una úlcera sangrante se lo llevó un día y el luto se oyó por el cielo de Madrid en forma de carraca de Semana Santa. Tres de mis hijos, más libres de tareas, me acompañaron en la procesión final. Enterrado quedó al pie de un pino resinero de buena envergadura, muy cerca, lo más posible, del Palacio del Pardo, donde vivía el jefe. El 25 de octubre es aniversario de su muerte, no recuerdo cuántos años tiene el túmulo de arena donde descansa.
El problema es que no sé qué hacer, si exhumarlo y llevarlo a Mingorrubio, ahí al lado, para regalárselo al dictador dominicano Trujillo, que también yace en tierra del Patrimonio. Podía llevarlo, no lo sé, a la cripta de la Almudena, que pagaron en su día nuestros nuevos parientes (por matrimonio de mi hija menor), que compraron la tumba igual que los Franco, pero más cara, para ser panteón familiar con foro eclesiástico garantizado y ahora… No, no, la Almudena no… por muy dulce e inteligente que hubiera sido Io… lo de enterrar en sagrado a un gato mascota no me suena… habría que ver el Derecho Canónico. Además, la subida a la cripta de la Almudena hay que hacerla con aperos de escalada montaraz, y no digamos cuando llueve o nieva… No hay manifestación que resista la prueba… Así que el peligro –lo digo por el Otro, no por mi gato– de algaradas, ninguno, cero, señora vicepresidenta…

Las compras de sepulturas en la cripta a petición de la Iglesia hizo posible el remate de la obra de la catedral y ahora deniegan el permiso de entierro, que es, teóricamente, el único destino de los esquilmados. ¿Para qué iba a comprar los fieles las tumbas si no iban a dejarles inhumar a los familiares? ¿Por razones de orden público, como asegura la vice-dixit-pixit? No ha estado allí… nunca. ¿Quiénes son los imbéciles que se pueden manifestar en la cuesta de la Almudena, donde es imposible moverse con meter allí a una docena de personas? De hecho, salvo algún familiar que viene al rezo del rosario, es el templo más solitario y apacible de Madrid. Y no hablemos del fraude que comete la Iglesia que vendió tumbas –como se hizo siempre- en las que no podrá nunca enterrar a los suyos. ¿O no eran para eso?

Yo, por si acaso, dejaré que Io siga donde se encuentra, campo de arena de sus juegos, freno sin ski de su nieve soñada… El sí es Patrimonio Nacional. Llevarlo a Mingorrubio sería acercarlo a la Fiesta del Chivo, que dice Vargas Llosa, al también generalísimo Trujillo, allí enterrado por cortesía del Patrimonio Nacional.