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"Me hice gallego cuando llegué a Santiago en los 80, tan sólo con respirar su aire"

Profesor en Melbourne y en Sidney, también en otras universidades, Roy C. Boland es el editor general de la revista de estudios hispanos y galaicos Antípodas, prestigiosa por su longevidad y con gran eco en Estados Unidos

El profesor Roy C. Boland en un patio trasero del Pazo de Fonseca, en Santiago de Compostela
El profesor Roy C. Boland en un patio trasero del Pazo de Fonseca, en Santiago de Compostela

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ / PROFESOR NA UDC   | 14.04.2019 
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Hace muchos años, más de veinte, que mantengo una buena amistad con Roy C. Boland. Nos conocimos en el entorno del Pazo de Mariñán, con motivo de uno de los primeros congresos sobre Australia que se celebraron en Galicia, un congreso en el estudiábamos la figura de Fray Rosendo Salvado, el histórico fundador de Nueva Nurcia. Los años han pasado, quizás demasiado deprisa, y Boland ha vuelto después de una década a un territorio que conoce casi como la palma de su mano. Roy C. Boland es un apasionado de España, y de manera especial de Galicia, como atestiguan sus viajes a estas tierras, probablemente más de una treintena, según sus propias palabras, desde poco antes de los años ochenta. Ahí fue el descubrimiento de la literatura española y también de la literatura gallega, a las que se dedicaría ya el resto de su vida.

Profesor en Melbourne y en S­ídney, también en otras Universidades, Roy C. Boland es el editor general de la revista de estudios hispanos y galaicos 'Antípodas', prestigiosa por su longevidad y con gran eco en Estados Unidos. No hace muchas fechas tuvimos la ocasión de colaborar en la redacción de un monográfico sobre Galicia y su literatura.

Tras pasar dos semanas con Roy C. Boland en Galicia (acompañado por Margaret Shepherd, su mujer), un lugar que él sigue contemplando como mágico, entrevisto al profesor australiano en un palacete próximo a la plaza de Santa Ana, en Madrid, donde se hospeda antes de volver a Sídney. Roy disfruta mucho de los paseos por Madrid. De una Casa del Libro a otra. De un museo a otro. O, simplemente, dejándose llevar por las calles de la ciudad. "Vine tanto a Madrid en los ochenta que ahora mis paseos se llenan de nostalgia, pero vaya, ya no es aquella ciudad. Por entonces aún se percibía cierto aire de fragilidad en Madrid, con Franco apenas recién desaparecido, había una ebullición política, había deseos de hacer muchas cosas, pero estaba lejos de ser la ciudad moderna que es hoy", me dice.

 


Roy, eres testigo de toda la gran evolución de este país, desde luego. Pero también de Australia, donde llegaste siendo apenas un niño en 1961. ¿Cómo ha cambiado Australia en todos estos años? Lo comparo al cambio revolucionario que ha tenido España en las últimas décadas. Es algo semejante. Ambos son países que tienen sus problemas, no hay duda, pero no dejan de ser problemas de países del primer mundo.


Sin embargo, Australia y España tienen notables diferencias, y no sólo culturales, sino derivadas de su posición geográfica. Sí, pero esas diferencias cada vez son más pequeñas. Ya no hay esa sensación de distancia, al menos no la misma sensación, por mucho que el vuelo sea bastante largo. Hoy todo está más cerca. Mi percepción viene de muy atrás, cuando yo llegué con mi familia a Australia en diciembre de 1961. Fuimos emigrantes, desde Estados Unidos y desde El Salvador. En el 61 la situación no se parecía en nada a la de ahora, como podrás imaginar.

Usaré la definición de un ex director del Banco Nacional de Australia: "hasta bien avanzados los años 70 Australia fue un país en vías de desarrollo". Y esa fue la sensación que mi familia tuvo al llegar. Hoy los 'millenials' están convencidos de que Australia es un país pujante, una de las mejores economías del mundo (ocupa el quinto lugar mundial en emprendimiento global, por ejemplo), un país diverso y multicultural, con universidades excelentes. Y sí, es muy cierto. Pero hay que ver cómo hemos llegado hasta aquí.


¿Cómo fueron aquellos años? Hay algo que lo explica muy bien. Verás. Cuando yo llegué en mi casa de Sídney (como en la mayoría) no había agua corriente, no podías usar agua en el inodoro, por ejemplo. Se utilizaba una lata, cada semana a las seis de la mañana llegaba un señor con camiseta azul y shorts y se la llevaba. Y dejaba una nueva, vacía. Ya te puedes imaginar.

En Sídney había miles y miles de decenas de casas así, con la enorme incomodidad que suponía. Esto esa lo normal. Creo que oí que en Perth el número de casas sin agua para los inodoros llegaba a 700.000. Nosotros éramos emigrantes de clase media, nos instalamos en una casa de madera, de pocos lujos, y la verdad es que nos sorprendió que el tema del cuarto de baño estuviera así. Es un símbolo de que la modernización estaba por llegar. Me acuerdo bien de que entonces las calles del Sídney urbano no estaban pavimentadas. No te hablo de la periferia de Sídney, ni mucho menos. Estaban cubiertas de polvo rojo. Me acuerdo de todo eso. Y en algunas zonas el correo se repartía todavía a caballo. Y una vez a la semana entregaban bloques de hielo, porque la gente no tenía refrigeración. Era todo bastante primitivo, aunque las zonas centrales eran un poco más modernas.


Hasta que llegó el gran cambio.Eso es. No fue hasta los años setenta, yo diría. Le economía australiana empezó a desarrollarse gracias a las explotaciones mineras. Fue el motor inicial. En 1972 en Australia se instauró un gobierno laborista radical que cambió el país de arriba abajo, y eso que no duró más de tres años. Fue derribado en un golpe constitucional, pero hizo cambios increíbles para la época. Fue el gobierno que decidió que la paga de hombres y mujeres debía de ser igualitaria, por ejemplo. Y estamos hablando de los años setenta.

La educación universitaria pasó a ser gratis, que es algo que hoy ha desaparecido. Mucha gente que no había tenido jamás en la universidad miembros de su familia comenzó a tenerlos. Y eso elevó enormemente el nivel cultural. En Australia había una gran división entre los protestantes y los católicos. Y los colegios de los primeros recibían un gran apoyo económico por parte del estado, pues se les consideraba centros públicos. Sólo entonces los católicos comenzaron a recibir ese tipo de ayudas también. Fue un gobierno que promovió las artes y los deportes, así que en gran medida fue responsable de la imagen de país abierto a los artistas y apasionado de los deportes y del aire libre, que es la imagen del presente.


Fue la labor de Gough Whitlam, como te he escuchado alguna vez. Sin duda. En tres años transformó muchas cosas. Luego, ya retirado, lo entrevistaron, le preguntaron sobre sus logros. Tenía mucho que contar, sobre todo porque también libró a Australia de ese proteccionismo económico que ha tenido siempre, un poco como Trump ahora. Se abrió al mundo, en todos los sentidos, y creo que hoy se podría decir que Australia tendría problemas sin el impulso de la economía china, no sería primer mundo.

La primera ley que se introdujo en Australia en 1901, el año de la independencia, fue la llamada White Australia Policy, que venía a decir que Australia debía ser para los blancos. Fue Whitlam quien empezó a desmantelar esta odiosa política racista, que se completó cerca de los años ochenta. Ahí está el origen de la Australia multicultural de hoy. Sin la emigración este país no podría existir. Cuando nosotros llegamos en los 60 la gran mayoría de los australianos se definió como británica. Casi el 90 por ciento. Ahora, según una cifra de esta misma semana, podemos decir que en torno al 30 por ciento de los australianos no han nacido dentro del territorio. Y la mayoría ha nacido fuera de países británicos, sobre todo en China. A veces oigo aquí que España está siendo invadida por los chinos. España no sabe lo que es eso (risas). Nada que ver. En Australia la emigración llega desde muchas partes, muchísimas, no tanto quizás desde Europa como antes (aunque sí desde el este), sino más de China, como digo, la India, algunas regiones árabes, lugares conflictivos de África, como Sudán. De aquella Australia blanca, cerrada, muy conservadora, ya no queda nada.


Y Whitlam es ya una figura histórica. ¡Desde luego! Yo diría que es toda una leyenda, aunque no falta quien lo encuentra polémico. Siempre quiso modernizar Australia. Yo me hice australiano por eso, para poder votar por él. Aunque perdió las elecciones, pero me quedé con el gusto de haberle votado. Pocos años antes de su muerte, cuando ya era percibido como una figura prominente por sus logros, él le quitó importancia a todo. Sólo dijo que lo mejor que había hecho, quizás, en aquellos años setenta, era haber logrado que todos los cuartos de baño de Australia tuvieran por fin agua corriente.


La gastronomía es otro de los objetos favoritos de tus análisis. Y a través de la gastronomía se pueden saber muchas cosas sobre la evolución de un país. Por supuesto. Yo uso la gastronomía como símbolo de la nueva Australia. Cuando llegamos, la mayoría de la gente tomaba té. Y no de muy buena calidad. Comía pan blanco. La pasta venía en lata y se usaba para hacer sándwiches: ¡metías los espaguetis en medio de dos rodajas de pan! La cultura del café apenas existía. El vino empezaba entonces (hoy es una industria puntera), porque algunos italianos comenzaron tímidamente con ella. Todo eso, con la llegada de los emigrantes, cambió. Ahora el café es mucho más importante que el té, en Australia. En España ha ido mejorando, pero todavía le falta algo.

Apenas hay variedad. Hay lugares en Australia en los que puedes tener cien tipos diferentes de café, casi necesitas un diccionario. Cuando viene la primera vez aquí, en 1980, el café me parecía malo y tibio, no sabían cómo prepararlo. Ahora ya no es lo mismo, aunque te encuentras de todo (ayer mismo tuve que devolver uno). La nueva y cada vez más asentada profesión de los baristas está ayudando a cambiar esto. Lo cierto es que el té ahora es una bebida minoritaria en Australia. La pasta también ha evolucionado mucho, los lugares chinos ya no son chinos simplemente, sino que pueden ser restaurantes del área chino-cantonesa, etc. Y, por supuesto, no faltan las especialidades europeas, latinas (salvadoreña, peruana... aunque los tamales australianos me parecen mejores que los de aquí), de medio oriente... Creo que nuestra comida autóctona es la comida internacional. Tú no vienes a España para comer comida que no sea española. Pero en Australia no hay comida propia, salvo la de los aborígenes, que se come poco, quizás ni los propios aborígenes lo hacen. Lo mejor en Australia es la comida de cualquier parte. Porque ha arraigado a través de la potente emigración y es de calidad y de gran variedad. Hasta el lenguaje refleja cada vez más esa internacionalización. Para los que nos dedicamos a la filología, como tú y como yo, el lenguaje es un gran reflejo de los cambios culturales. Una palabra tan simple con 'tapas', no existía, pero ahora puedes comer 'tapas' en todas partes. Están en todos los carteles. ¡Y ayer vi en Madrid 'tapas coreanas'! La gastronomía ha introducido muchas palabras nuevas en Australia. Por ejemplo 'dulce de leche', que se está haciendo muy popular. Y 'jamón', que para un australiano es difícil de pronunciar.

Los más viejos se niegan a usar la palabra española (risas): escucho decir mucho 'pael-la', no 'paella'. Una vez en un restaurante vi a un camarero decir 'paella', correctamente, y la dama elegante que la solicitaba le reconvino: "'pael-la' querrá usted decir, en inglés". Es decir, que nos gusta la comida extranjera, pero la pronunciamos en inglés. Como dije en una charla reciente, hasta 'cohones' ha sido importada, creo, del habla latina de Estados Unidos. Se lo escuché a unos boxeadores. Está ocurriendo una cosa muy curiosa, que creo que también proviene del habla latina norteamericana, y es que los jóvenes ya no dicen "you and me", para decir "tú y yo", sino "you and I". Seguramente viene del calco, de la traducción directa, y se ha expandido a los nativos.


¿Cómo llegó Roy Boland al descubrimiento de lo español y de lo gallego? Yo llegué pocos años después de la muerte de Franco. Aún España se estaba abriendo, diría que con dificultad. Yo trabajaba entonces en una universidad de Nueva Zelanda, y traíamos grupos de estudiantes durante un tiempo a la zona de Madrid. Ahí empezó mi verdadero conocimiento de este país. Fue un conocimiento profundo, una exploración. La España de hoy no tiene nada que ver, es moderna, es progresista y sinceramente creo que no corre graves peligros.


Y la conexión vino también por la literatura.Evidentemente, claro. Viví de cerca éxitos, como el de Cela, y me interesé mucho por Ferlosio, que, ya ves, acaba de morir mientras yo estoy por aquí. Dicté un curso en Australia sobre 'El Jarama' en una ocasión..., incluso hice una excursión allí. ¿Quieres creer que no lo he podido encontrar en Madrid? Espero que lo reediten ya. Bueno, mi descubrimiento de la literatura española hizo que ya no la abandonara jamás. Me dediqué a ella, por mucho que mi especialidad sea Mario Vargas Llosa. Y fue en el 88, me parece, cuando decidimos llevar a los estudiantes al norte, no al sur, como hacíamos siempre. Recuerdo cómo respiraba yo por el casco antiguo de Santiago, y entonces supe que aquel era un lugar diferente. Y si vengo de Australia, siempre voy a Santiago. Y vivo con Margarita un par de semanas en él. Ahí me siento en casa, te lo aseguro. Después he averiguado que tengo raíces asturianas o gallegas... así que algo tendrá que ver.

Desde entonces, desde el 88, no he dejado de ir. Me di cuenta, por ejemplo, de que Cela era muy gallego literariamente hablando, a pesar de lo que se dice. Conocí a Alfredo Conde, claro, y me interesé mucho en Torrente Ballester (después en Suso de Toro o Manolo Rivas), y especialmente en Pardo Bazán, cuya casa [también sede de la Real Academia Galega] he visitado aún hace una semana, junto a Mario Vargas Llosa y otras personas que acudieron al simposio de la Universidade da Coruña. Y Mario escribió en la dedicatoria en la que, como académico, perdía perdón a doña Emilia por no haber sido admitida, injustamente, como académica en su momento. Lo que me ha hecho gallego es respirar su aire. Y ese cantadito tan especial que tiene el idioma, que lo hace único y maravilloso, porque se habla como si se estuvieran recitando conjuros.