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La historia que no aprendemos

JUAN JOSÉ FERNÁNDEZ TEIJEIRO   | 21.10.2018 
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Advierte George Santayana (1863-1952) en su ensayo sobre la Historia en La vida de la Razón, que si queremos que la memoria consolide en historia los hechos evocados es preciso investigar en las fuentes las pruebas de tales hechos. La historia, dice el filósofo, es una memoria reforzada y registrada, puesto que ''la memoria por sí sola es una suposición privada"; no deja de ser una hipótesis de trabajo, que precisa pruebas y testimonios. Solo así la historia logra ser una ciencia natural, cuyos hechos pueden ser cuestionados o apoyados.

De Cicerón es la célebre frase, repetida en muchas ocasiones: "Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla". El 18 de julio de 1938, ya muy agotada la guerra civil, el presidente Azaña (1880-1940), un intelectual nada afortunado en su gestión, y aún menos en sus dichos, tuvo el acierto en esta ocasión de lanzar un ruego a todos los españoles: "Paz, Piedad y Perdón"; así, con mayúsculas.

Ni unos ni otros le hicieron caso. Y este presidente, aunque fue jefe de estado, yace lejos de su patria, casi olvidado, en el cementerio francés de Montauban, mientras otros hoy quieren sacar beneficios políticos aireando los restos de otro que fue jefe del Estado durante cuarenta años. Las generaciones de la postguerra, los que no fuimos vencedores ni vencidos, niños y jóvenes a los que nos dieron una guerra ya facturada, alcanzada nuestra madurez, instaurada la democracia, creíamos que con la Constitución de 1978, bajo la losa sepulcral de Cuelgamuros quedaban enterradas y para siempre las profundas heridas de aquella desgraciada contienda que vivieron nuestros padres y abuelos. No ha sido así.

Han transcurrido diez años desde que entró en vigor
la Ley 52/2007, denominada Ley de la Memoria Histórica. Su objetivo: reconocer y ampliar los derechos de quienes padecieron persecución y violencia durante la Guerra Civil (1936-1939) y la dictadura (1939-1975). Tratar de encontrar en fosas comunes los restos de familiares desaparecidos, víctimas en la mayor parte de los casos del odio y de la venganza, el tiempo transcurrido no lo ha hecho fácil. Huesos y despojos recogidos con respeto, anónimos o identificados, todos llevan el triste apellido de la barbarie sufrida.

Este rescate es, además de un derecho, es una acción loable. No debe faltar el apoyo institucional. Pero remover cenizas para avivar odios y resentimientos es una vileza. No lograré entender jamás la pasividad mirando para otro lado con que un partido que gobernó con mayoría absoluta mantuvo esta Ley promulgada por el gobierno Zapatero.

Muy lejos está de los principios democráticos imponer la Historia con una Ley sin consolidar la memoria en las fuentes documentales. Los acontecimientos son presentados de una manera sesgada.

Hay referencias a los crímenes de la guerra y de la Dictadura, pero nada se dice de los cometidos bajo el amparo de la República (1931-1936), ni de la persecución religiosa con el asesinato de 13 obispos, 7.000 religiosos y miles de católicos torturados hasta la muerte.

La Guerra Civil, la sublevación de una parte importante del ejército, es enfocada casi como un divertimento de un grupo de generales que para no aburrirse acuerdan provocar una guerra. No se comenta la difícil convivencia en un clima de violencia sobre un panorama revolucionario alentado por el comunismo internacional y anarquista.

Ya vino tarde aquel "no es eso, no es eso" de Ortega. Entregar armas al pueblo en el más puro estilo soviético frente a un ejército disciplinado no fue la medida más acertada para frenar aquel golpe militar. ¿Sería incruento como el de Primo de Rivera? El resultado bien conocido: tres años de una dura guerra, con todas sus consecuencias.

El próximo año conmemoraremos el final de la que fue eso, deseamos y esperamos, nuestra última guerra civil. Con sus luces y sombras, ni hay por qué exaltar ni ocultar cuarenta años de dictadura, años decisivos en los que España llegó a ser la octava potencia industrial occidental y logró el acceso a la educación y a la salud pública de la clase media y trabajadora; años esperanzadores en los que las generaciones no beligerantes, en busca de libertades, hicimos posible la transición creciendo sin rencor y sin odio. Esa es nuestra memoria y nuestra historia.

ACADÉMICO DE LA REAL ACADEMIA DE MEDICINA DE GALICIA Y DE CANTABRIA. DOCTOR EN FILOSOFÍA