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El hombre que le lloró a Walter Benjamin

George Steiner, gran flósofo, crítico literario y ensayista, premio Príncipe de Asturias en 2001.
George Steiner, gran flósofo, crítico literario y ensayista, premio Príncipe de Asturias en 2001.

GABRIEL ALBERTO MULEIRO OLIVOS  | 23.02.2020 
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El lunes por la noche me encontraba escribiendo y bebiendo un café en la zona vieja de la ciudad cuando, a mitad de un sorbo, en la pantalla del bar, un periodista daba la notica de la muerte de George Steiner; aquella noche me fui a dormir lleno de confusión. A la mañana siguiente me dirigí a mi gran biblioteca --en realidad no es mía, es la biblioteca central de la Universidade de Santiago de Compostela, pero paso tantas horas en ella que he decidido que ya es mía, tal vez eso explica por qué tengo en casa desde hace cinco meses Los detectives salvajes--. Debo decirles que mi biblioteca impresiona, esa es la palabra, pues está dentro de un edificio neoclásico que se comenzó a construir en el siglo XVII, y que tiene unas columnas imponentes en su fachada que en lo alto sostienen a los benefactores de la universidad.

A pesar de que mi biblioteca es maravillosa, es difícil leer dentro de ella, pues el continuo ruido de los zapatos de los turistas que entran a admirarla es abrumador. Fue en ese lugar que, después tener los libros de Steiner que consultaría para escribir este texto, me pregunté cómo hacerle un homenaje al maestro. Así que, libros en mano y recordando La idea de Europa, me dirigí a una cafetería en la calle Ramón Inclán, donde pedí una cerveza. Pensé que no había otra manera de homenajearlo, ¡tenía que ser en una cafetería! Es que de lo contrario ya me imagino a Steiner haciendo una rabieta junto a Dios.

Mientras caminaba a la cafetería recordé que George Steiner nació en París en el año 1929, y fue hijo de una familia judía que abandonó Viena en 1924 para dirigirse a Francia, lugar donde esa familia pasó pocos años hasta que, ante la inminente catástrofe que asolaría a Europa, emigró a Estados Unidos. El amor por la literatura llegó a Steiner a través de uno de sus tíos, el cual, una fría mañana de invierno, llegó a casa de los padres de George desde Salzburgo con una guía ilustrada entre las manos, la cual entregó a su sobrino como regalo.

Cuando el niño abrió la guía quedó asombrado por la gran cantidad de blasones de infinitos colores que contenía el libro, así como por las historias de cada uno de ellos, y por un pequeño manual que concluía con un mapa enigmático. Fue así que, por medio de esos escudos, el pequeño quedó prendado de la literatura. Contaba el profesor que después de hojear ese libro se dirigió a su habitación a imaginar y azorado pensaba en la inmensidad del universo. En esa misma habitación aprendió de memoria pasajes completos de los clásicos griegos, este amor le llegó a través de su padre, quien adoraba a Patroclo --al escribir este nombre me es imposible no recordar la bella estatua de Menelao sosteniendo en sus brazos el cuerpo de un fallecido Patroclo en la Loggia della Signoria--. Supongo que fue también en esa habitación donde comenzó a analizar la cultura de su amada Europa, la cual era impensable para él sin sus cafeterías y calles. Decía que en las primeras se conspiraba y en las segundas se recordaba.

Cerveza en mano y tabaco liado me dispuse a recordar que Steiner definía a Europa en algunos axiomas. El primero de ellos eran sus cafés; para él, la cafetería europea era un lugar primordial donde el pensamiento fluía, pues en medio de una copa de vino, un café o un té, se habían pensado las ideas más revolucionarias y adelantadas a su tiempo. Coincido con él porque para mí la cafetería es el lugar de conspiración por naturaleza. “En el Milán de Stendhal, en la Venecia de Casanova, en el París de Baudelaire, el café albergó a la oposición política que existía, al liberalismo clandestino.

Tres cafés principales de la Viena imperial y de entreguerras ofrecieron el ágora. El centro de la elocuencia y la rivalidad, a escuelas contrapuestas de estética y economía política, de psicoanálisis y filosofía. Quienes quisieran conocer a Freud, o a Karl Kaus, a Musil o a Carnap, sabían exactamente en qué café buscarlos, en qué mesa se sentaban. Danton y Robespierre se reunieron por última vez en el Procope. Cuando las luces de Europa, en agosto de 1914, Jaurès fue asesinado en un café”.[Citation Geo12 \l 3082] En un café también se amaron y escribieron sus grandes obras Simone y Sartre. En un café Lenin y Trotski se desafiaron en una partida de ajedrez.  

Otro axioma importante para Steiner fue el de los caminos europeos. “La cartografía de Europa tiene su origen en las capacidades de los pies humanos, en lo que considera sus horizontes (…) La mayoría de las veces, las distancias poseen una escala humana, pueden ser dominadas por el viajero a pie, por el peregrino a Compostela (…) Las tropas de Alejandro marcharon desde la Grecia continental hasta las fronteras de la India y el desierto libio. La Anábasis de Jenofonte sigue siendo clásico de la desesperación del soldado de infantería, del agotamiento y la resistencia en una marcha forzada por la supervivencia. Las distancias recorridas por las legiones de Napoleón, de Portugal a Moscú, desafían lo creíble”.[Citation Geo12 \l 3082] Viviendo en Compostela este punto es totalmente comprensible, aquí toda Europa es un peregrino.

Otro axioma que le parecía fundamental a Steiner de Europa eran los nombres de las plazas y calles; para él era importante este elemento en las ciudades, pues funcionan como un constante recordatorio del pasado. Los caminantes de las ciudades europeas visitantes o locales se mantienen dentro de una atmósfera del pasado, imaginándolo y añorándolo a cada pisada: “Hasta un niño europeo se inclina bajo el peso del pasado, como tantas veces hace bajo el de la mochila escolar sobrecargada.

Caminado por la Rue Descartes, cruzando el Ponte Vecchio o pasando ante la casa de Rembrandt en Amsterdam, (…) Cuando Paul Celan se arrojó al Sena para suicidarse, escoge el punto exacto celebrado en la gran balada de Apollinaire, un punto situado bajo las ventanas de la habitación en la que Tsvietáieva pasó su última noche antes de regresar a la desolación y la muerte en la Unión Soviética. Un europeo queda atrapado en la telaraña de un in memoriam a la vez luminoso y asfixiante.”[ CITATION Geo12 \l 3082 ]

Aquellos que no lo leyeron en vida a George Steiner se preguntarán por dónde comenzar, yo recomendaría en El Castillo de Barba Azul, Los libros que nunca he escrito y La idea de Europa. El texto que más me gusta de esos tres libros es el ensayo que viene dentro de Los libros que nunca he escrito titulado “Los Idiomas de Eros.” Para que imaginen la potencia del texto, Steiner arranca preguntándose “¿Cómo es la vida sexual de un sordomudo? ¿Con qué incitaciones y cadencia se masturba? ¿Cómo experimenta el sordomudo la libido y la consumación?” Leer a George Steiner es leer a un nuevo clásico. Como buen clásico su obra es desafiante, y como pasa con las grandes obras, sabes que después leerlas nunca volverás a ser el mismo.  

Es así, que, desde hace algunos días, en todos los cafés de Europa, en esos mismos cafés donde se escribieron, debatieron y conspiraron las grandes revoluciones ideológicas, se habla y se llora la muerte de George Steiner. Yo, por mi parte, pedí una cerveza más, supe que ese día me emborracharía para olvidar por un instante que el maestro ya no volvería a escribir, pues desde que supe de su deceso quedé tan trise como él aquella tarde cuando lloró frente al sinuoso camino en el que se suicidó Walter Benjamin.

Escritor y analista