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"Hoy, Gala Dalí sería también una mujer fascinante y transgresora"

Monika Zgustova, escritoraMonika Zgustova narra la vida de Gala con los artistas de la vanguardia, Éluard, Ernst y Dalí, y la presenta como la gran intrusa imprescindible, como la mujer inagotable que contenía otras muchas mujeres.

El autor de la entrevista, Miguel Giráldez, con Monika Zgustova
El autor de la entrevista, Miguel Giráldez, con Monika Zgustova

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ   | 15.09.2019 
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Monika Zgustova habla con la precisión lógica de una traductora. Su vida, dedicada a las lenguas y a las literaturas, la ha llevado a diversos lugares del mundo, y, en eso, se parece a Gala Dalí, la protagonista de 'La intrusa', publicada por Galaxia Gutenberg. Monika, cosmopolita y cercana, repasa en esta entrevista el siglo XX en el que Gala vivió como mujer imprescindible en la existencia creadora de unos cuantos genios. Escuchándola, percibes de inmediato su gran pasión por las culturas rusas y checa, que tan bien conoce. Zgustova habla con delicadeza de tiempos que juzga tan peligrosos y feroces como atractivos. Ese mundo complejo que Gala conoció y en el que tanto tuvo que decir. Durante más de una hora, la escritora me cuenta su investigación en torno a la vida de Gala Éluard Dalí (nacida Elena Ivánovna), su fascinación por aquellos dioses del arte y la belleza, su admiración por la fuerza extraordinaria que Gala desplegó siempre, a pesar de su fragilidad.

 

Monika, tú tienes una larguísima trayectoria en el mundo de la literatura. Estudiaste en la Universidad de Illinois, en Estados Unidos, viviste algunos años en Chicago y luego has vivido mucho tiempo en Barcelona, donde continúas. Tienes una formación multicultural y también una gran pasión por la diversidad de las lenguas.

Bueno, mi padre era lingüista. Esto siempre ayuda, cuando lo tienes en tu ambiente desde la infancia. Mi padre hablaba varias lenguas, unas ocho muertas y también otras ocho vivas (risas). En el Este hubo una gran atención a la lengua, como sabes, basta con citar la Escuela de Praga. Pero yo me desvié rápidamente hacia la literatura. Me di cuenta de que la lingüística era demasiado científica para mí. Necesitaba algo más creativo. La literatura me llevó a la traducción. Así que me dediqué a traducir del checo y del ruso al catalán y al español, y vuelvo de vez de cuando a la traducción. Pero quizás estoy más en la creación ahora. En el ensayo también.

 

No es sencillo traducir a una lengua que no es tu lengua original. Lo digo porque tú traduces al catalán y al español, y eso, a pesar de tu gran dominio de las lenguas, no creo que sea cosa fácil.

No, no lo es. Lengua materna, como sabes, sólo tenemos una. Y claro, incluso mantener la lengua materna es difícil cuando vives fuera. Porque la hablas muy pocas veces, ni estás muy expuesta a ella. A estas alturas, creo que soy capaz de mantener el nivel. Una vez que has crecido... Es como andar en bicicleta, o como esquiar: ya no te olvidas jamás. Ahora ya hay muchos más traductores, pero cuando llegué eran muy pocas las personas que se dedicaban a esto. Yo quería dedicarme de lleno a la traducción, lo recuerdo bien. Empecé con los clásicos del checo (normalmente te piden clásicos), y con algunos rusos también. Pero, sobre todo, estoy muy orgullosa de la traducción que hice con Olvido García Valdés, [la antología poética de Ajmátova y Tsvetáieva titulada 'El canto y la ceniza'].

 

¿Cuándo traduces, cuál es la sensación de mayor dificultad? Por ejemplo, en tus versiones, tan emblemáticas, de Bohumil Hrabal.

Te diré que por ejemplo me resulta más fácil traducir a Hrabal al catalán que al castellano. Creo que es porque Hrabal escribe muy próximo al campo, a los campesinos, tiene abundancia de frases hechas, proverbios que se siguen utilizando. Creo que en castellano los proverbios suenan hoy más anticuados, por alguna razón encuentro más dificultades si no quiero que se pierda la riqueza fraseológica original.

¿Qué es lo que más te ha costado traducir?

Creo que la poesía. Estas dos poetas rusas que mencionamos. Y el Premio Nobel checo, Jaroslav Seifert. Cuando lo traduje tal vez no tenía la madurez suficiente. Y, desde luego, los primeros libros de Hrabal, porque tienes que acostumbrarte a él. Cuando empezó a venir a España yo le hacía de traductora o intérprete. Pronunciaba una de esas frases suyas tan largas... y yo ya sabía hacia dónde iba. Lo conocía bien. Éramos un equipo. En esto de traducir, la costumbre hace mucho.

 

Parece que es normal acabar siendo el traductor de cabecera de un autor.

Sí, y es lo deseable. Eres como su portavoz. Yo traduje tanto a Hrabal, y escribí su biografía, que cuando me dedicaba a mis propias novelas tuve que escribir un libro que le dediqué mentalmente: tenía a Hrabal circulando por mis venas desde hacía años y necesitaba quitármelo así, para poder escribir de otra forma.

¿Crees que tus traducciones han influido en tu escritura?

Creo que sí, pero no sé exactamente cómo. He escrito libros en distintos estilo... pero es verdad que empecé con cierto barroquismo 'hrabaliano'... como en 'Jardín de invierno'. Traducir ayuda porque una traducción es como una lectura en profundidad.

Te interesan todos los géneros.

Bueno, no me atrevo con la poesía. En teatro, he hecho aquello que me han encargado. Tal vez lo que más me interesa es la novela corta. También la prosa sencilla, conseguida a base de eliminar barroquismo.

 

Tu viaje hacia el interior de Gala Dalí, esa mujer poliédrica, complejísima me ha descubierto muchas cosas que no conocía. 'La intrusa' es un libro breve, pero de esos que uno no puede dejar de leer. ¿Por qué te decidiste a hablar de Gala?

Un día llevé a Vitali Shentalinski y a su mujer, una musicóloga rusa, al Castillo de Púbol. Estaban en España presentado su obra. Ya sabes que ese castillo era el espacio propio de Gala... su lugar privado...

 

Su habitación propia...

Eso es. Y Dalí también iba mucho por allí. Vimos su pequeña cama, no sé, como si fuera la cama de una monja, un icono de la virgen negra de Kazán, y estuvimos hablando sobre esta mujer que tenía muchos libros en ruso, muchos discos de ópera, aunque mantenía todo el espacio casi vacío, en contra de lo que le gustaba a Dalí, que era tan barroco. Fuimos a cenar con la experta en estudios dalinianos de la Fundación Gala-Dalí, y hablamos bastante de su relación con la literatura. Fue cuando decidí buscar en todas las fuentes posibles sobre los primeros años de su vida, los años moscovitas. Buscando en sus raíces me di cuenta de que lo que era Gala estaba realmente allí, en sus orígenes: su padre adoptivo les leía a los clásicos rusos casi cada noche. En su infancia había un ambiente de creación. Marina y su hermana Asia eran escritoras incipientes y su padre era el fundador del Museo Pushkin. La literatura allí estaba en el aire. Y de ahí le venía la veneración por la creación. Creo que sin ella, Paul Éluard no hubiera llegado a ser quien fue. Era un niño apenas cuando lo conoció, sus padres eran contrarios a que él siguiera en el mundo del arte, y ahí apareció Gala... la intrusa.

 

No habrá sido fácil reconstruir todos esos años primeros. En teoría, es mucho más sencillo documentarse de los años con Dalí. Viendo las fotografías que incluyes en tu libro, pienso que esas fotos, esos instantes capturados, han sido muy relevantes para ti.

Yo escribía sobre sitios que conocía. Moscú y el barrio de Gala. Nunca estuve en ningún sanatorio, como ella, pero sí que voy a Suiza a trabajar de vez en cuando. Conozco bien los escenarios, incluyendo, claro, París y Nueva York. También pasé mucho tiempo desayunando en el hotel donde ella se alojaba. Y eso siempre ayuda, como digo. La enfermedad de Dalí, su extrema timidez que le llevaba al pánico, o a la paranoia, también la conozco, porque la he vivido cerca de mí. Sé cómo funciona y qué clase de enfermedad es. En muchos momentos tenía la sensación de que pisaba un terreno conocido, como los acantilados por los que iban Gala y Dalí, y Portlligat, yo voy por allí como mínimo una vez al año. Nado en las mismas calas donde nadaban ellos. Para interpretar el carácter de Gala las fotos te ayudan mucho. Ella era solitaria, sobre todo cuando ya era mayor, así que creo que las fotos ayudan más que si la hubiera conocido. Y ahí la ves, tan moderna... Podría haber sido una chica de hoy. En las muchas fotos que hay con Dalí, se la ve risueña, feliz, juguetona... se reía sin parar. Yo no creo que fuera mala persona, pero los que la conocieron al final de su vida, cuando ya estaba enferma, quizás tuvieron una idea equivocada de ella.

Dejas la parte final de su vida en penumbra. Hablas de las fotos, pero da la sensación de que no has querido ahondar en el final, cuando ya el fulgor se apagaba.

Esta mujer tenía un sexto sentido infalible para el arte y la literatura. Por eso supo ayudar a los mejores artistas. Con su presencia y con su ausencia. No como musa, sino como colaboradora.

 

El París de los modernos, de los años 20, es un territorio ardiente, que te puede quemar y devorar. Y esta mujer fue capaz de estar siempre con los artistas más rompedores y difíciles.

Es que Gala era también así. Una mujer transgresora, pero sin planteárselo. Simplemente hacía lo que quería. Incluso hoy, siendo como fue, resultaría transgresora. Cuando se enamoró de Dalí, estaba con Éluard, tenía una hija, y aún así siguió adelante. Nunca ocultaba nada. Y se quedó con Dalí en un momento en el que no tenían dónde ir, vivían en una cabaña por cuyas rendijas entraba la tramontana... y ella enfermó, porque tenía una mala salud desde pequeña. Sus amigos lo perdieron todo en la revolución rusa, y eso, junto a la mala salud, estuvo siempre presente en sus vidas.

 

Gala atraviesa toda la historia de Europa cuando está incendiada. Y eso mismo le pasará en España con la Guerra Civil.

Tenía un gran instinto. Cuando se fue de Rusia atravesando toda Europa, estalla la revolución bolchevique, hace ahora cien años. Esa imagen quedó para siempre prendida en ella. Supo reconocer esto siempre. También cuando estaba a punto de estallar la guerra en España y se llevó a Dalí a París, aunque él no quería. La familia de Dalí lo pasó mal durante la guerra civil. Ella tenía instinto para ver venir las cosas. Y también se dio cuenta de que había que irse cuando empezó la Segunda guerra mundial. Sabía cuándo marchar y a dónde ir.

'La intrusa', el título de tu biografía de Gala, no deja de ser curioso. Es una palabra que aparece varias veces en el texto. Es verdad que Gala desestabilizaba el lugar en el que aparecía, la familia en la que entraba, con toda su fuerza, con su gran energía misteriosa. Pero también ayudaba a construir muchísimas cosas nuevas con su sola presencia.

¡Desde luego! Era exactamente así. Ella era una intrusa desde pequeña. Cuando empieza a ir a una escuela de señoritas bien... Su padre adoptivo era muy espabilado y sabía ganar dinero. Y pronto se sentirá bien en aquel lugar, pero las compañeras se reían de ella, no la tenían en consideración. Cuando se fue sola al sanatorio, en Suiza, donde todo el mundo iba acompañado, fue también una intrusa. Y con la familia de Paul Éluard, en París. No querían aceptarla, pero ella decidió quedare. Eran años en los que Éluard estaba en el frente. Con los surrealistas, era también una intrusa. No fue muy aceptada por ellos, a pesar de que la veían como una mujer más irracional que irracional. Fascinaba a los surrealistas, pero era tan críptica y misteriosa que no resultaba fácil, era difícil de entender a veces, y despertaba cierta incomodidad, e incluso resentimiento. Y finalmente, en la familia de familia de Dalí fue una intrusa también. La mujer casada, la rusa que llega de pronto... que aparece en aquella vida. El padre de Dalí deshereda a su hijo, al parecer por esta cuestión. Incluso en Estados Unidos, en la primera etapa, cuando vivieron con Caresse Crosby en Virginia. Allí reclamaba que Dalí, como genio, tenía que estar perfectamente instalado para dar rienda suelta a su arte, y actuaba de una manera insistente, pedía una y otra vez atención para el genio, lo que, sin duda, llevó a Crosby a considerarla una intrusa.

 

¿En quién crees que Gala influyó más? ¿En Paul Éluard, en Max Ernst o en Dalí?

Yo creo que en todos. Lo que pasa es que su influencia fue decisiva en Paul, porque era casi un niño cuando lo conoció. Creo que no hubiera sido poeta sin la presencia de Gala. Leían mucha poesía en voz alta, también los poemas del propio Paul: así es como se lee la poesía. Gala tenía este aprendizaje de la narración oral, su padre le había enseñado, porque siempre leía historia en casa a la hora de la cena, durante su infancia. Ella también leía en voz alta con Marina y con Asia. Gala leía a Éluard poemas en francés o en ruso. De Pushkin, por ejemplo. Novelas enteras de Dostoievski. Lo hizo incluso con Dalí, porque Dalí, no lo olvidemos, era también un gran escritor. Con Max Ernst las cosas fueron diferentes. Un amor menos duradero. Ella fue, como siempre, persistente en su vida durante aquellos años. Mientras Ernst pintaba las paredes de su palacete ella contemplaba todo (nunca había estado al lado de un pintor), y cuando se va a Roma a conocer a De Chirico lleva todo ese mundo de la pintura con ella: se ve que ha aprendido mucho al lado de Max Ernst. De Chirico va apreciar mucho su opinión y sus ideas sobre la pintura en ese viaje que hicieron a Roma. Creo que todos necesitaban a Gala cuando la tenían al lado.

 

Ella, tan débil y tan enfermiza, siempre estuvo preocupada por qué sería de la vida de aquellos hombres, tan geniales y quizás tan frágiles. Ella era finalmente la fuerte, la que sustentaba a los demás.

Esto viene de la tradición rusa: allí las mujeres son fuertes, y ella lo era. Estuvo siempre presente en la vida de Paul Éluard hasta su muerte, leía sus poemas antes de que se publicaran... Y eso que muchos de esos poemas estaban en las antípodas de su pensamiento. La creación era lo más importante para ella. Su gran amor era Dalí, y en otros jovencitos ella buscaba siempre a Dalí. No escondía nada. Creo que siempre buscó la admiración por los que él consideraba que la merecían, sentía esa fascinación con facilidad. Le pasó con su padre adoptivo. Incluso con su mismo hermano (se enamoró de ella, y ella luchó con esa incomodidad). Gala fue cogiendo el gusto por los amores prohibidos y secretos, y ya no lo abandonó.

 

A veces parece que Gala fue, con el grupo de la Residencia de Estudiantes, algo así como la Yoko Ono de los Beatles. Cuentas muy bien en tu biografía aquellas vidas cruzadas.

Bueno, no era tan controladora... Hubo celos... es cierto. Sentían que ella les había arrebatado a Dalí... También le parecía que Buñuel la miraba con mucho deseo, y eso es muy posible que pasara. Buñuel criticó a veces su físico, así que eso quiere decir que se fijó mucho en ella (risas). Con Lorca, en cambio, tuvo una relación excelente, de gran amistad.

NUNCA FUE UNA MADRE COMO LAS DEMÁS

La maternidad es un tema difícil en su vida. Me refiero a la relación compleja con su hija Cécile.

No tenía muchos sentimientos maternales. Pero ella lo hacía todo con mucha naturalidad. Es verdad que su vida no se ajustaba mucho a los cambios que implica tener una hija, pero en fin, Gala fue delegando, con los suegros, con el padre (Paul Éluard), pero creo que nunca tuvo una mala relación con ella. Cecile tuvo cuatro maridos, y ya no vive. Hablé con la directora de la fundación Miró, que se encontró en París con la nieta de Dalí, una hija de Cécile, y la nieta le dijo que Gala había sido una buena madre, pero que nunca fue una madre como las demás. Me alegra saber eso.

 

ENTREVISTA

En el Este hubo una gran atención a la lengua, como sabes, basta con citar la Escuela de Praga. Yo me desvié hacia la literatura. Me di cuenta de que la lingüística era demasiado científica para mí.

En el teatro, he hecho aquello que me han encargado. Tal vez lo que más me interesa es la novela corta. También la prosa sencilla, conseguida a base de eliminar barroquismo.