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reflexiones

Jaguar

ALBERTO MULEIRO OLIVOS  | 24.11.2019 
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Despierto, un día más devorado. Me dirijo al cuarto de baño veo mi rostro en el espejo, la barba de muchos septenarios. El sátiro barbiluengo me posee. Escudriño mi cara, descubro una nueva arruga en mi frente. El torrente de toda mi vida se condensa en mi rostro. Casa de agua, abro el grifo. Líquido templado se desliza sobre mis hombros. Lluvia dorada, Zeus preñando a Dánae. Pienso en Woody Allen, me desvelé viendo Manhattan, recuerdo el diálogo sobre Hitler, muero de risa en la bañera. Salgo de la ducha, seco mi cuerpo. Desnudo me dirijo a la  cocina, escucho Burnign love de Elvis, ardo en llamas, preparo un café, al estar listo me dirijo hacia la sala. Extingo la música. Observo mis libros, elijo uno de ellos, la Piedra de sol se abre ante mis ojos hambrientos ,el azar inunda las palmas de mis manos.

“Nunca la vida es nuestra, es de los otros la vida no es de nadie, ¿todos somos la vida?”

Alimento mi alma de poesía, me levanto de la mesa. Salgo del piso hacia el metro, camino por una pequeña avenida para las dimensiones de Madrid, recuerdo los ojos de la mujer que abordé en la biblioteca donde pude ver a Atlante descuartizar el mundo. Mi mundo. Mi vida. La voz de Allen embiste de nuevo en mi cabeza.

“El corazón quiere lo que quiere. No hay una lógica para estas cosas”.

Después de algunos pasos llego a la estación Torre Arias, desciendo por las escaleras, interno en sus entrañas. Mientras llega el vagón pienso. No tengo más ganas de ilusionarme. Estoy harto, grito hacia el infinito de mi adentros. Reflexiono. No son ganas. Es tiempo. Después de los veinte mis segundos se extinguen a una velocidad estrepitosa, Camus decía que a cierta edad uno empieza a envejecer y hay que aprovecharlo todo. Pienso que todas las hazañas de Dédalo deberían ser ensombrecidas por pedirle prudencia a Ícaro. La prudencia es un valor que se paga caro en la vejez. No quiero gastar más mi tiempo en cortejos modernos donde rugir de amor es un pecado, y es más fácil rasgarle la piel a un desconocido que verle nacer alas a un poeta.

Llega el vagón, entro, me siento. Me distraigo, observo las estaciones del tren en lo alto del vagón,  regresó la mirada a mis acompañantes en ese viaje. Me siento en la escena del tren de Stardust memories. El aire disminuye, me ahoga. Observo frente a mí a una mujer, escudriño su cara, me recuerda a la de la biblioteca. Nos imagino despertando en la Playa de Las Catedrales después de lamernos toda la noche. Cuerpos dorados. Por fin llego a la estación del Banco de España, salgo del metro, me dirijo al museo. Al llegar a la entrada pienso que no voy a  pagar ni un euro por ingresar al recinto, burlo al guardia con la excusa de que tengo que ir al baño. Mis clases de teatro por fin dan resultados. La autoridad debe caer en todas las circunstancias. Bajo en el elevador, al abrirse la puerta camino por un largo pasillo que me lleva a la zona de las estatuas, me interno entre una multitud de dioses con ojos de piedra que inmersos en su silencio me observan. Al centro, frente a mí, se postra un busto de Demetrio Poliorcetes fundido en bronce, observo que en el costado derecho tiene un gran impacto el cual hizo que en el pasado la mitad de esa cabeza explotase en pedazos. Cuentan los libros que en vida, el que fuera uno de los tantos sucesores de Alejandro Magno, era un gran estratega y era alabado por su belleza. De esas cualidades sólo quedan leyendas. Lo que yo puedo ver frente a mí es un busto mancillado, estropeado por el tiempo que, representa a través de fragmentos de bronce la existencia de un rey que terminó prisionero. Recuerdo el diálogo de Solón y Creso. Dejo la sala de las estatuas, me dirijo a admirar mi pieza favorita, camino en el Prado, me cruzo con la Venus recreándose en el Amor y la Música, esos senos me recuerdan el orgasmo de agua y luz que me hizo comprender que la existencia es una eterna búsqueda de piezas tratando de formar una obra dispersa, donde las sendas se disipan y los amores se disuelven. A partir de ese instante luminoso aprendí a devorar insaciablemente todos mis momentos convirtiendo cada latido en una revolución de sucesos que se disolverían a carcajadas y a admitir con valentía que como decía Sartre la vida sólo es una chispa entre dos nadas.

Llego a la serie negra de Goya,  observo a Saturno devorando a su hijo, anhelo mi futura muerte, floto sobre la perspectiva del tiempo. Me doy cuenta que en este punto de mi existencia prefiero vivir oscilando en un presente de lunasol como el del animal, donde el recuerdo y la esperanza se expanden y contraen alrededor de mí como el vientre de la yegua sagrada que dio a luz al rubio Ferenico. Cara al Aquelarre, iridiscentes mis pupilas se dilatan. Mil caballos salvajes galopan en mi corazón.
Evoluciono en jaguar liberándome de todo.

Desbocado corro por el mundo más allá de sus fronteras Nado contra la corriente  Busco la tensión del suceso Giro en redondo adivinando mi siguiente movimiento Mis mandíbulas buscan a su presa Cazo de imprevisto.  

Saciado en la piel de la bestia aprendo su lenguaje.

El Lenguaje.

Me agazapo y salto.

Caigo al vacío. Desplomado creo belleza de la nada.

Pinto murales en los océanos como el cachalote.

Elevo catedrales en las montañas como la araña.

Compongo partituras en las bahías como la cigarra.

Esculpo laberintos en las selvas como la termita.

Escribo versos en los cielos como el quetzal.