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El lenguaje de las manzanas

Eulogio Gómez Franqueira, fundador de Coren, pedía que le pasaran a manzanas los enrevesados negocios que le proponían los paisanos

• Figuras míticas de la Compostela eterna. 1.-Manolo Cambón, 2.- Gerardo Fernández Albor. 3.-Eulogio Gómez Franqueira. 4.- Ghaleb Jaber. 5.- Enrique Suárez Nouche. 6.- Manuel Pombo. 7.-Carlos Mella. 8.- José Martínez Couselo. 9.- Arán Trillo. 10.- Victorino Núñez. 11.- Alfonso Varela. - FOTO: ECG
• Figuras míticas de la Compostela eterna. 1.-Manolo Cambón, 2.- Gerardo Fernández Albor. 3.-Eulogio Gómez Franqueira. 4.- Ghaleb Jaber. 5.- Enrique Suárez Nouche. 6.- Manuel Pombo. 7.-Carlos Mella. 8.- José Martínez Couselo. 9.- Arán Trillo. 10.- Victorino Núñez. 11.- Alfonso Varela. - FOTO: ECG

ALBERTO BARCIELA / PERIODISTA   | 09.12.2018 
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En el restaurante Alameda de Compostela se hablaba en manzanas. Un idioma al peso de los decires intelectuales de los entendidos, libres y claros como la lluvia compostelana golpeando las vidrieras del local, como el Ribeiro blanco de las tabernas del Franco, como el lenguaje translúcido de los lenguajeros catedralicios, creciente en expresiones nacidas del granito universitario, saber de saberes, lúcidos. Eran tiempos de democracia recién estrenada, de políticos de granxa, como decía Enrique Suárez Noche, propietario de aquella renombrada casa de comidas situada en el privilegio, en el nacer del casco histórico, en la misma Porta Faxeira, el lugar a la entrada de un pueblo, ciudad o sitio público, donde todo se sabe, se descubre, se airea y se comenta despiadadamente.

El establecimiento, por el que acabaría pasando el mundo entero, abrió en 1954 por iniciativa de un joven de Calo de 24 años, Enrique Suárez Noche, y de Manuel Paraná. Lo hizo en un local ambientado con acierto por el arquitecto Arturo Zas. Poco a poco a la hora del aperitivo, fue implantándose en él una tertulia que marcó época, fundamentalmente con la llegada de la autonomía, la capitalidad de Galicia y sus instituciones. Enrique -uno de Calo con propiedades en la urbe del Apóstol: Hotel Peregrino, restaurante Alameda, accionista y consejero de EL CORREO GALLEGO, y hombre de negocios de ocasión- se demostró sabio, socarrón, vivido, anfitrión excelso, amigo generoso -el banco de los pobres o desafortunados-, y el intermediador, hombre bueno, del tercer centro de peregrinación cristiana.

Desde su batea infinita, el hostelero, sin estudios pero con una inteligencia natural prodigiosa, ironizaba de su éxito: "En los años sesenta gané tanto dinero que creí que era falso". No era presunción, sino evidencia. "Otra cosa no, pero dinero, el que quieras", y se lo prestaba, sin papeles, a quien lo necesitase. "Hay que saber invertir en uno mismo", "Hay quien no tienen lo que yo debo". Había que entender su profunda ironía, propia de sabios, en una España optimista que salía definitivamente de sus aparentes complejos. Enrique lo entendió mejor que nadie.

Las cosas claras, "o peixe sobre o muelle", repetiría años después Enrique. Él era el encargado de moderar las expectativas, de devolver a todos a la realidad. "Rapaz, no les hagas caso a estos nuevos ricos" -me decía sin mala intención- "un vino es bueno cuando un trago pide otro". "El mejor vino del mundo tú solo no lo bebes, pero si estás con un amigo tomas el peor y lo disfrutas". Y remataba la aseveración de manera irrefutable: "Eu de viños e mais de mulleres sei polo que me engañaron".

Enrique era un escéptico. Tenía razones particulares para serlo. Y por supuesto, conocimiento personal de la política para mantenerse al margen de militancias. "En la vida, no hay que ser de derechas ni de izquierda, lo que hay que ser es normal".

Al margen del color de las manzanas, de ideologías o de disputas, todo el mundo era bienvenido: Políticos, catedráticos, médicos, periodistas, empresarios, sindicalistas. Entre ellos: Gerardo Fernández Albor; Manuel García Cambón, y sus hijos Lolo y Tito García Valiña, fundadores y propietarios de Finsa; Ghaleb Jaber Ibrahim, Victorino Núñez, Severiano Carballal, Leandro Quintas, Alfonso Varela; el abogado Rafael Pardo Pedernera; Fidel Taboada y su esposa Mariona; José Antonio Arán Trillo, Carlos Mella, Borja Parajó; el pediatra Manuel Pombo Arias -yerno de Enrique-; el periodista José Couselo; Ramiro Trillo, del Banco de Bilbao; Manuel Martínez Antelo, de Galuresa; José Otero Pombo, constructor; Ramón Otero, de Bandeira; José Pérez, del Banco Central; el pediatra Antonio Mariño Iglesias; el oculista Jesús Suárez; José Manuel Mayán, Joaquín Yebra Pimentel; Antonio Rielo y Andrés Campuzano, del Hotel Peregrino; Juan José Lens Vilanova, odontólogo; José María Farto, de Acciona; el empresario Segundo Rey; los hermanos Ramón y José Piñeiro, dueños del restaurante El Portón, en Caracas; Jesús Pérez Varela, conselleiro de Cultura; Luis Cochón, escritor y profesor; Rosendo Pérez Fraiz, fiticio Conde de Cabanelas -al que habían impreso tarjetas con el título-; César Otero Varela, relojero jubilado; en ocasiones Ramón Martínez Rumbo, el neurocirujano; Diego Bernal, Perfecto Conde, Alfredo Conde, Manancho Villanueva Cendón, Alfonso Sucasas, Xaime Quesada, Acisclo Manzano, Aurelio Miras Portugal, Emma Caneiro y María Luisa, segunda esposa de Enrique, y algún otro. Desde la barra, a veces contribuían a la conversación otros comunicadores.

En aquel entonces, los únicos móviles eran los que movían a las intrigas políticas o sociales. La información y los rumores fluían sin interrupciones, se tamizaban, se convertían en algazara o en motivo de mediación positiva, en medio de ampliaciones gastronómicas que llevaban a probar percebes con cachelos y otras lindezas parecidas.

El equipo de sala del Alameda con Pepe, el metre, comandando a Paco, Avelino, Carlos y Luís, sucesores de Castor y Santiago, eran esenciales en un restaurante, cafetería, terraza, que resultaba el centro de reunión por excelencia de la sociedad compostelana, y cuya caja fue controlada durante mucho tiempo por el padre de Enrique, Manuel.

Por allí pasaron algunos de los visitantes más ilustres de la ciudad. Presidentes y empresarios, artistas y literatos. Entender el papel de Enrique, su respeto social, es conocer anécdotas como aquella que le llevó a acompañar en una recepción a prestigiosos catedráticos, médicos y abogados, que se presentaban con sus rimbombantes títulos. Cuando llegó su turno, el de Calo engoló la voz y se presentó: "Enrique Suárez Noche, natural de Calo-Teo, propietario, nadador de piscina, ex matador de reses bravas". A buen entendedor, pocas palabras bastan.

Cuando alguien le comentaba a Enrique que el día estaba maravilloso, que el tiempo era bueno, que se lo estaban pasando bien, sin inmutarse, les respondía: "El día es bueno, pero aún ha de venir quien lo fastidie". "Cando as cousas van mal, caes de espaldas e rompes o carallo", era otra de sus frases favoritas. Enrique gozaba del privilegio de positivar lo nefando. Se reía a borbotones, y con sus simpatía, volteaba las circunstancias de lo aciago. Él, que se había arruinado y se había vuelto a recuperar, decía con su fino gracejo "no te olvides que el dinero que perdí lo gané en América". El dinero era un instrumento. Se carcajeaba de su propia cojera, fruto de un desgraciado a­ccidente de carretera, entre Padrón y Santiago. Y dese la experiencia bamboleante de una vida de requiebros aconsejaba: "No corras con cojos, porque pierdes".

Un día, al ampliar la terraza de su negocio, ante un inspector, le dijo : "Chaval, no sigas, no hice nada legal en mi vida". Su filosofía estaba clara: "Si el caballo cruza el río, ¿para qué vas a cambiar de caballo?". El consejo servía para muchos ámbitos, incluso para los menos perversos.

Por arte de la magia compostelana, Enrique Suárez Noche fue editor involuntario de Pablo Neruda. Como socio del empeño, el hostelero escogió a todo un personaje de la ciudad, al que dicen faltaba un cuarto de hora para estar en punto: Santiago Selas. Le envió con 500 pesetas a hacer 15 copias del poema Palabra, de Confieso que he vivido, memorias del poeta chileno. Quería sorprender a los tertulianos. Selas regresó con 500 copias. "Eran muy baratas", le dijo por toda justificación. El dueño del Alameda pasó meses repartiendo el maravilloso texto. "Todo lo que usted quiera, sí señor...". Yo guardo una copia.

"No se muere de víspera". "No hay que morir sin salud". El 8 de enero hará veintiún años que la enfermedad nos arrebató a Enrique. Quizás, entre tantas promesas rotas, algunos, con pucha o sin ella, pudiesen ayudar a su memoria asignándole su nombre a la calle del Alameda, por donde se accedía a la tertulia. Casi un imposible. Aún antes de morir, Enrique ya se sabía resignado: "Los de Calo perdimos la guerra con los de Ferrol" -la cita aludía al general Líster y a Franco, dos gallegos protagonistas de la más cruel Guerra Civil del siglo XX español-.

En una ocasión, el hijo de Enrique Suárez Noche se mostraba extraño. El padre le preguntó qué le ocurría, y el niño le dijo que tenía miedo en el colegio -iba al magnífico Peleteiro de Santiago-. Y el progenitor le contestó: "Eso es imposible, porque los de Calo no tenemos miedo". Desde ese día, Enriquito -a pesar de muchas circunstancias desagradables, hoy afortunadamente superadas-, nunca más volvió a tener miedo.

Los pensamientos de Suárez Noche tienen apelativo: Las Enricadas. Lo recuerdan Mariló y Manola Cambón.

Enrique nos mostró que la vida, con sus arrugas, puede ser bella, que incluso puede ser normal. Por eso, tras veinte años sigo recordándole todos los días. A él y a aquella tertulia a la que ocasionalmente llegué siendo muy joven, casi a última hora. Tuvieron tiempo de enseñarme que el otro existe, que se puede discrepar mirándose a los ojos, y que los alimentos del espíritu saben mucho mejor si se comparten. Como las manzanas.

A finales de diciembre de 1997, Enrique me llamó a media mañana para preguntarme si podía bajar -de la CRTVG-, al restaurante. Me invitó a sentarme a su lado. Me dijo: "No te asustes: voy a morir". "Quería despedirme de ti y pedirte un favor". Con facilidad acepté su encargo, una solicitud profundamente humana. Lo hice con discreción, como me solicitó. Se trataba de cuidar en sus posibles necesidades a dos personas a las que él y yo adorábamos.

Cultivo palabras y trato de que se entiendan. Ahora creo que el mejor legado de aquella tertulia es que en ella aprendí a hablar claro, con un cierto sentido común, el maravilloso lenguaje de las manzanas.