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“La letra pequeña de la Historia da carne y sangre a los personajes”

La autora barcelonesa, de profundas raíces gallegas, lleva semanas conquistando a sus lectores con ‘Un perfecto caballero’ (Editorial Planeta), un viaje casi familiar a la posguerra española, a los años del desarrollo industrial en Cataluña, en torno a un decorado complejo que refleja las heridas del conflicto civil.

Pilar Eyre
Pilar Eyre

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ  | 09.02.2020 
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Con Pilar Eyre no hay aburrimiento posible. Uno lleva ya varios años entrevistándola, a menudo bajo la luz amarilla de las lámparas del Hostal, en Compostela. Con lluvia y con sol, Pilar siempre me recibe con un calor poco menos que familiar. Las charlas, se dirían, continúan de un año a otro, como si se tratara de un extraño hilo invisible. Escribe su novela y luego aparece por el Hostal dos Reis Católicos. Y entonces reanudamos la conversación del año anterior, o de hace dos años. Sólo nos falta decir: ¿por dónde íbamos?

Galicia es uno de sus territorios, como todo el mundo sabe. La tierra de su padre, el pintor Vicente Eyre, que tan importante resulta en su última novela, ‘Un perfecto caballero’, publicada por Planeta. En 2015 me llegó a hablar hasta del pazo familiar… “pero somos tantos a repartir que no creo que me corresponda ni un ladrillo”, me dijo entonces. La afinidad lucense, galaica en general, ha traído a Eyre muchas veces por aquí. Pero, después de todo, ella se ha movido como pez en el agua en las atmósferas catalanas, ahora otra vez mediáticas y complejas, ha investigado en lugares recónditos o poco transitados de nuestra historia, incluyendo sus libros, tantas veces polémicos, sobre la Familia Real, o sobre Franco. Eyre escudriña el pasado, con la misma intensidad que lo hacía la niña Pilarita, la que cuenta esta historia de amor y posguerra en una Barcelona, según ella, no suficientemente conocida.

“Nadie puede creer sinceramente que la Barcelona industrial de aquel tiempo vivió a espaldas del franquismo”, viene a decir. En realidad, la historia se va reescribiendo según el perfume de cada época, pero Pilar tiene la memoria clara, y no suele ser de las que renuncian a contarlo. La novela en intensamente biográfica, aunque no del todo, y mantiene nombres verdaderos, aunque no todos. “Pero muchos se reconocerán”, afirma.

A fin de cuentas, es su historia más personal, y eso teniendo en cuenta que sus historias siempre son bastante personales, de una u otra manera. “Siempre hay algo de mí en mis novelas, claro”, concede la escritora. A lomos de los grandes nombres de la historia, Pilar gira hacia lo doméstico, hacia la intrahistoria. Todo se observa desde aquellas gafas infantiles de cristales gruesos. Y las imágenes siguen siendo nítidas, también los recuerdos. Acostumbrada a observar, uno de los deberes insoslayables de un escritor, Eyre dejó que el mundo pasara a su lado y mientas tanto no perdía ripio de él.

El mundo a veces pasaba de una manera ruidosa, otras de una forma sutil. El mundo vino algunas veces a visitarla, y otras, muchas, fue ella la que se acercó, hasta distinguir las formas, y los rostros, los nombres y las miradas. Por eso, gran parte de su literatura está trufada de las cosas que nos ocurrieron, las que llenaron titulares de los periódicos o las que sucedieron en las distancias cortas del ambiente familiar, que tanto alimenta el contenido de esta novela. “He sufrido más que nunca”, dice. Porque esta vez el contenido es muy próximo, el viaje al contexto familiar, intenso, pero, como siempre, es la historia la que marca el contexto, la importancia del escenario, la Barcelona de un tiempo polvoriento y herido, el aire denso y difícil de los años de la dictadura, la luz mortecina bajo la que también muchos medraron.

Pilar Eyre vive los recuerdos, apenas de la niñez, reproduce conversaciones, construye las arquitecturas grises de aquel tiempo, revive las reuniones familiares, presenta el tejido de la historia.

Su afán está en trasladarnos a aquellos años, y aunque de inmediato surge la historia de amor, entre empresario y trabajadora, nada menos, a pesar de su pasión por los amores difíciles y las vidas cruzadas, por los jardines que de pronto se bifurcan, la historia romántica, el amor loco que tanto ha retratado ella para sí misma en novelas anteriores, apenas puede con el andamiaje de la Historia con mayúsculas, con el contenido casi documental, con la narrativa que parece una sucesión de fotografías que pasan ante nosotros, y en las que podemos llegar a descubrirnos a nosotros mismos, o, sobre todo, a nuestros padres.

La España de los cuarenta y los cincuenta ha quedado, sí, desdibujada en las narraciones, como un territorio absorto y poco contado, como un momento demasiado tembloroso, en el que, sin embargo, se movían los cuerpos bajo el manto de tinieblas, buscando un lugar en el mundo. Todavía con el olor de la tragedia colectiva, era aún tiempo de destrucción, y sobre todo era tiempo de silencio.   

En Un perfecto caballero, el dolor aún flota en aire, pero en realidad nosotros asistimos a la reconstrucción de la alta sociedad, a la construcción de un nuevo decorado donde abundaba la fiesta y el entretenimiento, donde se buscaba cumplir viejos anhelos, sobre todo por parte de la gran burguesía catalana, ahora mismo protagonista de un buen número de novelas recientes. Eyre ofrece aquí un acercamiento muy creíble, quizás porque lo conoció, a la burguesía catalana de la segunda parte del siglo XX, aderezado, es verdad, con la historia amorosa que vertebra la novela.

Los empresarios textiles toman conciencia de la nueva situación, como Mauricio Casanova. Se enamorará de una de las trabajadoras de su fábrica, Amparo, una murciana cuyo marido está preso en la Modelo, donde terminará sus días, a pesar de que Mauricio había prometido a Amparo que lucharía por su indulto. Eyre presenta como en otras ocasiones un profundo conflicto humano, un amor difícil y poliédrico, que es una liberación para él y una posibilidad de arreglar los desmanes de la vida para ella. Mauricio, cuyo progreso crece paralelo al triunfo del régimen, descubre finalmente, como en los torrenciales relatos realistas del naturalismo, que su vida ha estado sometida a la mentira, a la impostura, y a los manejos de los demás. La realidad se cobra su cuota de crueldad, en cualquier caso. Más aún en tiempo de esperanzas frágiles.

No es tu autobiografía, o la de los tuyos. No exactamente. Es, eso sí, un buen fragmento de nuestra historia contando desde el reino doméstico de la familia.

Me gusta eso. Creo que tienes razón. Escribo sobre la letra pequeña de la historia. Eso es lo que da carne y sangre a los personajes. Es lo que da medida del ser humano que, al final, es lo que me interesa. En esta novela está todo lo que yo escuchaba de pequeña en casa. Las conversaciones, los secretillos de familia, los temas íntimos… Al final ya no sabes si las anécdotas son verdaderas del todo o no. Una de mis hermanas, Olga, me dice que en algunas cosas me equivoco, pero yo le digo a ella que no, que yo soy la que tengo razón (risas). A veces no se diferencia muy bien entre lo vivido y lo imaginado.

Tú tienes mucho que contar, y tu familia, tú misma, es a buen seguro una fuente extraordinaria. Por eso lo usas, particularmente en esta novela, pero siempre con un envoltorio histórico, con esa intención de definir una época, ¿no?

Bueno, siempre hay cosas de uno. Yo pienso seguir escribiendo… ¿eh? (risas de nuevo) y creo que me faltan muchas cosas por contar. Me interesa el mundo que me rodea… no tanto lo mío. Pero si hablara de Marte, algo mío saldría también, seguro.

Julia Otero me dijo hace unos días que Isabel Allende, cuando hablaba de sus comienzos, solía contar que tenía dos caminos. O quedar bien con su familia o quedar bien con la literatura. Y había decidido quedar bien con la literatura… Todos escribimos desde nuestra experiencia, claro. Yo, la primera. Lo que sí es cierto es que hay mucha intimidad en este libro. [Mi padre aparece aquí] y si mi padre viviera, seguramente este libro no podría haberlo escrito.

 El tema de la guerra era muy doloroso para él. Nunca quería hablar de eso. Mi padre murió hace poco tiempo, yo ya había escrito para entonces un montón de libros sobre el franquismo. Le decía: ¿qué te parece, papá? Y él, levantando su mano de pintor, me decía… “déjame, no, no quiero saber nada…”. Él hubiera sufrido con este libro, le habría recordado cosas tremendas. Porque estuvo condenado a muerte con dieciocho años, y preso durante dos años en la Modelo, que cada mañana leía los nombres de los que iban a fusilar.., y así cada día… Eso marca, desde luego.

Sueles divertirte escribiendo, pero no en el caso de Un perfecto caballero.
No, en esta novela he sufrido. Yo quería hablar de los miembros de mi familia que no hicieron grandes gestas, que estaban entre los vencedores de la guerra y que lo tuvieron todo para haberse enriquecido y convertirse en gente importante. Pero era demasiado honrados, así que las cosas no fueron así. Y quería hablar de mi tío Miguel, que a los dieciocho años murió en la División Azul en Rusia. ¿Quién se acuerda de ese pobre muchacho que fue a una lucha que seguramente ni entendía, y que lo mataron de un disparo en la cabeza cuando salía a buscar comida? Mis padres me dieron la vida y he querido devolverles parte de sus vidas con este libro. Mientras yo viva y yo escriba, mis padres vivirán conmigo en mis libros. Por todo eso ha sido un proceso doloroso, y te pido disculpas porque me entran ganas de llorar.

El libro tiene mucho de homenaje a Barcelona. Hay un gran dibujo social, pero también físico, arquitectónico, se siente la ciudad todo el tiempo. Y luego está esa especie de ‘Arriba y abajo’, que es el amor entre el Mauricio y una de sus trabajadoras.

Sí, el gran amor de Mauricio y Amparo es una historia troncal en la novela. Un amor entre un empresario textil y una de sus operarias. Como tantas veces, dos mundos opuestos que se encuentran, que se cruzan.

Mauricio era atractivo, seductor, mujeriego, miembro del polo… en fin, y ella una mujer que llega caminando de Cieza con su perro (siempre hay perros en mis novelas) y que tiene a su marido en prisión. Son dos maestros libertarios y ella está en Barcelona para poder ir a visitarlo.

A él le atraen sus viejos vestidos, es un personaje atormentado. Las mujeres en esta obra quizás comienzan como mujeres sumisas, domésticas, no son mujeres con dinero propio, pero poco a poco se van apoderando de la acción y van manejando la vida del propio Mauricio. Mauricio no deja de ser una persona desarbolada que comete actos terribles, que descubre también unos secretos de familia muy interesantes… El libro va desde 1939, con esa escena de la entrada del general Yagüe en Barcelona, y va hasta los años 60. Nunca quiero decir que el libro termina en 1962… Porque en ese año pasó algo importante que el lector descubrirá, y que quizás no recuerda…

Hay una poderosa descripción del clima empresarial en la posguerra catalana y de la evolución de la burguesía.

El prototipo de empresario es en realidad el suegro de Mauricio. Capaz de adaptarse a cualquier situación. Durante la guerra no se pronuncia mucho, pero después, durante el franquismo, se posiciona a favor del régimen. Se enriquecieron mucho los empresarios del textil. Mauricio quiere escapar de su mundo, tiene una historia muy tocada por la guerra, todos son perdedores en realidad. Una sociedad enferma y traumatizada. De ahí este amor por Amparo.

Los empresarios creían que eran el alma del país, ni Cambó, ni Franco, ni nada. Había un cierto paternalismo en todo esto. Eso va a darse incluso en las relaciones entre empresarios y obreros, y la gente se colocaba fuera de las fábricas esperando a que les dieran trabajo… en barracas, donde podían. Por eso pasó lo que pasó en el último capítulo… La verdad es que el tipo de industria ha podido cambiar, pero yo diría que en Barcelona hay entre cincuenta y cien apellidos que al final son los que mandan, aunque quizás no se conozcan sus caras, ni dejen de ir en coches pequeños por la calle. Pero eso pasa en otras muchas ciudades españolas, claro está.

La cultura de la ostentación ha cambiado… en aquella época había un judío que vendía pieles y si venían mal dadas las alquilaba… Las señoras podían alquilar un abrigo de visión para la temporada del Liceo. La gente iba a lucirse a los sitios. Ahora no. No tienes ni idea del rico catalán.
 
Este libro construye la historia de la burguesía catalana y habla de la trascendencia de la industria y el comercio en la creación de esa sociedad.

Yo creo que la saga en la que se incluye ‘Mariona Rebull’ (Agustí), y el resto de los libros, es la que mejor explica la creación del empresario catalán de principios de siglo. Colomer viene a decir que Un perfecto caballero es la gran novela de la segunda parte del siglo XX sobre la burguesía catalana… Sé que peco de inmodestia al señalarlo, pero es que Colomer es un tipo muy serio.

También dice que es tu mejor novela. Por cierto, que tu familia ya irá comentando qué les parece el libro.

Sí, claro. Bueno, imagino que descubrirán cosas nuevas de la familia, cosas que a lo mejor no conocían. Es que yo tenía mucho sentido de la curiosidad. De niña me metía por todos los rincones, a escuchar qué decían los demás.

Hay fotos de tu padre por ahí con gente importante de la época.

Sí, claro… Murió aquí en Santiago… Y sus cenizas se las dimos a Rafael Silva, de Follas Novas, para que las repartiera por los caminos por donde mi padre pintaba. Yo sigo teniendo una gran relación con Galicia, ya lo sabes.
 
Qué podemos decir de esta compleja Cataluña, que vive otro episodio de agitación histórica. Y qué podemos decir de Barcelona. Porque tú eres una buena conocedora de tu ciudad.

Bueno, los independentistas tienen un sueño que no es el mío. Es digno y legítimo. Si algún día llega a ser independiente, yo seguiré viviendo allí. Yo no encuentro, eso sí, ninguna justificación a la violencia, aunque su expresión sea mínima y limitada. Yo, en este sentido, tengo gran esperanza en esta coalición de gobierno, porque está formada por los dos únicos partidos que optan por una estrategia de diálogo en Cataluña. Lo único que puede arreglar esto es el diálogo, porque hay dos millones de independentistas, después de todo. No se puede dejar de lado ni a los que son ni a los que no lo son.