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APUNTES

Locos y bajitos

BEGOÑA PEÑAMARÍA // ESCRITORA Y DISEÑADORA  | 16.02.2020 
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Hay canciones que te tocan el alma. No sabes muy bien porqué, pero cada
vez que las escuchas de manera voluntaria o involuntaria, taladran tu corazón de una forma especial para decirte al oído cosas que, tal vez, en ese momento preferirías no tener que oír… o quizás sí.

Del mismo modo, hay cantantes que se acaban haciendo nuestros amigos porque- sin conocerlos personalmente-, entendemos sus almas a la perfección. Ellos y ellas son capaces de transmitir por medio de poemas musicales, aquello que los demás pensamos sin más sintonía que la que emana de nuestro corazón, encajando las palabras y los sentimientos como si de una obra de ingeniería se tratase y fusionando palabras, rimas y música en una perfecta simbiosis.

Acabamos admirando y, de algún modo, queriendo a los creadores que piensan como nosotros, porque la afinidad de pensamiento hermana más que la propia sangre, recordándote que no estás tan solo como a veces te sientes. Serrat, que se refirió a los niños como locos bajitos, creó en honor de estos un tema cuyo título hace alusión a esa definición y que-como tantos de él- no puedo escuchar sin que la emoción me embargue.

Los hijos no piden venir al mundo. Los traemos sin consultarles. Cargan con nuestras creencias, con nuestras familias, con nuestras manías, con nuestros complejos, con nuestro modo de domesticar y con nuestro porvenir…

Para ello, nos empeñamos en dirigir sus vidas desconociendo sus vocaciones y tratando de protegerlos hasta el extremo, sin darnos cuenta de que nada ni nadie puede impedir que sufran, que se equivoquen, que se vayan poniendo viejos y hasta que un día nos digan adiós. Un adiós agrio que nos presentará una vida nueva a la que tardaremos en adaptarnos, por mucho que durante años creyésemos anhelarla.

Me aterra la idea de hacerlo mal, de no lograr ser una buena madre, de que en sus recuerdos quede alguna esquirla que les impida ser completamente felices, de sentirme algún día culpable de sus tropiezos, e incluso de no haber sabido adelantarme a acontecimientos venideros…

Pero lo que más temo es no ser capaz- en un futuro- de conservarlos lejos pero cerca, y a mí alrededor aunque no encima. Como nos sucede a la mayoría de los padres-puedan expresarlo o no-, deseo que mis vástagos encuentren en mí un punto estable de referencia y un lugar al que volver… Y que lo hagan simplemente porque les quiero y porque ellos me quieran a mí. Perdonando todo lo que nos dimos y todo lo que nos robamos, y sin mayor interés que la fuerza incombustible que representa el incondicional amor fraternal, muy lejos de todo lo banal que se empeña en vendernos la sociedad y sus despiadado ritmo.