El Correo Gallego

Tendencias » El Correo 2

Madres trabajadoras, protectoras, fuertes... con un vínculo en común, sus hijos

Las madres son el motor que dinamiza, la sombrilla que cobija, y el libro que orienta. A ellas acaban atribuyendo sus hijos éxitos y fracasos. Ser madre es un arte de gobierno global.

RAMÓN CACABELOS / CATEDRÁTICO DE MEDICINA GENÓMICA   | 05.05.2019 
A- A+

La naturaleza ha posicionado a la mujer en el altar mayor de la creación y la ha dotado de un privilegio supremo: Ser Madre. La mujer es el templo del nacimiento, donde brota el manantial de la vida, donde se fecunda el sustrato biológico de cualquier sociedad, y donde germina el fruto del desarrollo humano. El vientre de la mujer es el nido donde se gesta el milagro de la vida, alimentado por el amor, el destino, la necesidad, la circunstancia o el azar, que culmina en el santuario de la maternidad.

Este privilegio de todas las hembras de cualquier especie, alcanza su zenit en la mujer, donde procrear es sólo un componente primigenio de la maternidad, que implica alimentar, educar, orientar, proteger, acompañar, encauzar, compartir, gobernar, sufrir y disfrutar del éxito o el fracaso de la criatura engendrada en el seno de una familia.

Dice un proverbio judío que como Dios no podía estar en todas partes creó a las madres; y Eurípides (484-406 a.C.), en reconocimiento al valor de las madres, escribía en Medea: "...prefiero estar tres veces en el frente de batalla que parir un hijo". Ser madre es un universo complejo que va del nacimiento a la tumba sin descanso. Al dolor-placer del parto sigue un rosario de retos y desafíos que ninguna madre ignora.

Hay que alimentarlos para que crezcan sanos y fuertes; hay que educarlos para que sean honrados, buenos ciudadanos y personas ejemplares; hay que ayudarles a enfrentarse a la escolarización y al estudio con voluntad de éxito; hay que saber mostrarles el camino del esfuerzo y del sacrifico para alcanzar el triunfo; hay que orientarles en las compañías para que sepan elegir, para que discrimen lo bueno de lo inútil, lo sano de lo tóxico, lo constructivo de lo destructivo; hay que saber desprenderse del cordón umbilical cuando abandonan el hogar y asumir que son adultos con capacidad de decisión y con alto riesgo de equivocarse en muchas decisiones.

También hay que saber aceptar la compañera o el compañero que eligen para compartir sus vidas, para crear un futuro, construir una nueva familia; hay que ayudarles en los momentos difíciles, cuando tienen iniciativas pero no tienen recursos, cuando se plantean tener su propia casa o emprender una aventura empresarial; hay que asistirles cuando desean tener hijos; hay que adaptarse al role de abuela, asumiendo que la educación de los nietos corresponde a sus padres, aunque las nuevas modas y formas de educar le parezcan aberrantes; hay que pasar a un segundo plano en casi todo sin dejar de ser esposa, madre y abuela, sin que nadie se ofenda; hay que empezar a asumir el declive, los cambios físicos, la vulnerabilidad que imponen los años y la amenaza del espejo; hay que hacer frente a la jubilación, a las nuevas restricciones económicas sin dejar de ser apoyo ante la necesidad; hay que empezar a sufrir los achaques de la enfermedad; hay que ser muy fuerte cuando empieza a haber pérdidas, cuando la cama se queda vacía porque aquel con quien se compartió la vida se fue voluntariamente o se lo llevó la muerte, cuando las amigas de siempre empiezan a desaparecer, cuando sin darse cuenta una se ve en la cúspide de la jerarquía familiar porque todos los demás ya no están; hay que acostumbrarse a vivir en soledad porque el compañero se fue, los que criaste tienen sus vidas y dejas de formar parte de sus intereses, su tiempo, su afecto, su atención; hay que hacer las maletas con lo mínimo porque la discapacidad ya no te permite vivir sola y necesitas ayuda externa.

Hay que empezar a convivir con nuevas amigas en el asilo (que ahora, eufemísticamente, llaman centro geriátrico), donde escasean las visitas y donde lo que te rodea no te pertenece; hay que reordenar los recuerdos cuando la memoria te juega malas pasadas; y, al final, hay que cerrar la cortina para el descanso eterno y partir soñando que ser madre es lo más importante que te podría haber ocurrido y que, a pesar de todas las adversidades, los disgustos, los abandonos, las pérdidas, los olvidos, lo volverías a hacer con el mismo amor, con la misma devoción, y con el mismo criterio, porque desde siempre supiste lo que implica ser madre: darlo todo a sabiendas de que nadie podrá pagarte nunca el valor de la vida que ha salido de ti.

Ser madre es mucho más que parir, aunque Arthur Shopenhauer (1788-1860) restringiese la existencia de la mujer a ser propagadoras de la especie. Se puede ser madre sin parir y se puede parir renunciando a ejercer de madre. Hay quien quiere y no puede y hay quien puede y no quiere.


Ser madre es un arte de gobierno global. Ruby Manikan, un líder religioso indio, decía en 1947: "Si educas a un hombre, educas a una persona; pero si educas a una mujer, educas a una familia". El horizonte inmediato de cualquier madre es la educación de sus hijos. Aristóteles manifestaba en su Nicomachean Ethics del siglo IV a.C. que la devoción de las madres a sus hijos deriva del hecho de haberlos parido y de la certeza de que son suyos. El estadista francés Léon Blum (1872-1950) escribía en Du Mariage: "En la mente de una mujer, dar a luz un hijo es el atajo a la omnisciencia".

La historia del ser humano demuestra que la educación familiar no es fácil y que no siempre los hijos corresponden las expectativas de sus progenitores. En el Orestes de Eurípides 480-405 a.C.) leemos: "Felices los padres cuyos hijos alimentan su felicidad y no su dolor o su angustia por insatisfacción de su esperanza". El poeta inglés Samuel Butler (1612-1680) escribió en su cuaderno de notas Elementary Morality: "¿Cuántas veces vemos cómo los hijos arruinan las virtudes de sus padres?". Pietro Aretino (1492-1556), un satírico del renacentismo italiano, contaba en una carta de 1537 a su amigo Sebastiano El Pintor que los padres son los bufones de sus hijos. Henry Ward Beecher (1813-1887), un clérigo americano, en sus homilías (Proverbs from Plymouth Pulpit, 1887) decía: "No hay mayor esclava que una mujer enamorada y de todas las mujeres enamoradas ninguna es tan esclava como una madre"; "Lo que una madre firma en la cuna lo mantiene hasta la sepultura"; "Nadie conoce el amor de los padres hasta que somos padres".

Francis Bacon (1561-1626) escribía en sus Essays "Of Parents and Children" de 1625: "Los niños endulzan el parto, pero hacen más amargas las desgracias; aumentan los cuidados de la vida, pero mitigan el recuerdo de la muerte". Las madres se desviven por sus hijos, aunque hay quien piensa, como el psiquiatra americano Milton R. Sapirstein, que la madre ideal, igual que el matrimonio ideal, es una ficción y que es imposible que una madre ame a sus hijos 24 horas al día. En el amor y en la pasión no hay dogmas, por eso abundan las opiniones. Cada uno tiene la suya.

En muchas familias, las madres son el motor que dinamiza, la sombrilla que cobija, y el libro que orienta. A ellas acaban atribuyendo sus hijos éxitos y fracasos. Dice un proverbio danés que un niño rico a menudo se cobija en el regazo de una madre pobre; y un proverbio francés define al padre como el banquero de la naturaleza.

Los excesos de celo puede ser caldo de cultivo del fracaso. Los hijos de la opulencia suelen ser un obstáculo para el progreso personal, familiar y social. Ya Elbert Hubbard (1856-1915) advertía que "cuando los padres hacen mucho por sus hijos, los hijos hacen muy poco por ellos mismos"; y resulta muy interesante una reflexión de C. Lenox Remond (1810-1873), un activista contra la esclavitud en la América del siglo XIX (The Mind of the Negro as reflected in Letters written during the Crisis, 1800-1860): "Las madres juiciosas nunca deben perder de vista que ellas son el primer libro que se lee y el último que se descarta de la biblioteca de sus hijos".

En la educación familiar hay que saber ponderar, con equilibrio, la proporcionalidad de las concesiones, porque, como dice un proverbio moro, a los ojos de una madre cualquier escarabajo es una gacela. Bertrand Russell (1872-1970) lo interpretaba a su manera: "El defecto fundamental de los padres es pretender que sus hijos sean un crédito para ellos".

Aunque los hijos sean la diana a la que apuntan todas las madres, la dimensión de la maternidad desborda todos los aspectos de la vida, desde la cuna a la tumba. Y ellas siempre están ahí. Creamos ídolos efímeros y despreciamos los símbolos perpetuos que nos regala la naturaleza. La sociedad humana todavía tiene pendiente la construcción del pedestal de respeto y admiración en el que deben ser veneradas las madres. El mérito de ser madre nunca ha sido suficientemente enaltecido; y quizá no sabemos valorar el significado de una madre hasta que la perdemos.









Galiofer es un portal de ofertas y descuentos en Galicia. Las mejores ofertas en Salud y Belleza, Hogar, Regalos, Restaurantes, Escapadas...