El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Tendencias » El Correo 2

EDUARDO MENDOZA, escritor

"Mis personajes viven en un estado de perplejidad. Como yo"

El escritor barcelonés contempla la vida española desde su residencia en Londres, donde piensa quedarse de momento a pesar del brexit. Lleva muchas semanas triunfando con su última novela, con Rufo Batalla como protagonista, El negociado del Yin y el Yang (Seix Barral)

Eduardo Mendoza - FOTO: JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ
Eduardo Mendoza - FOTO: JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ PROFESOR DE LA UDC   | 19.01.2020 
A- A+

Desde el encuentro que tuve en Compostela con Eduardo Mendoza hace ya una década, en 2010, para entrevistarlo con motivo del Premio Planeta, que acababa de ganar con su novela Riña de gatos, no había tenido ocasión de cruzar de nuevo unas palabras con él. Y lo cierto es que no faltaron motivos. Mendoza siguió publicando con éxito, como suele, nos entregó a su personaje entrañable y a menudo perplejo, pero aguerrido, Rufo Batalla, y, sobre todo, fue galardonado con el Premio Cervantes en 2016.

En efecto, no faltaban motivos para entrevistarlo de nuevo, pero sucede que Mendoza también ha estado cada vez más y más ocupado en los últimos años, su reconocimiento literario, que, por supuesto, viene de muy atrás, no ha dejado de crecer, lo que le lleva a atender abundantes compromisos literarios en lugares diversos, y, un dato relevante, hace ya tiempo que se fue a vivir a Londres. "Pero vengo mucho", me dice, como si tuviera que justificarse, mientras contempla la escena con su elegancia contrastada, pero con la mirada aguda, seguramente pergeñando en silencio alguna situación divertida derivada de mis palabras. O de las suyas. Vino hace unas semanas la suerte a visitarme, porque Javier Pintor me ofreció la posibilidad de acompañar a Mendoza en la presentación de su última obra El negociado del Yin y el Yang (Seix Barral), dentro del ciclo Somos o que Lemos, de la Fundación Luis Seoane de A Coruña, lo que implicaba, maravillosamente, casi un par de horas hablando, ante un público numerosísimo, con el escritor barcelonés. Mendoza nos recibió con esa novedad literaria que supone la continuación de El rey recibe, también rodeada de éxito, y que ofrece una mirada divertida y al tiempo profunda sobre los principales momentos históricos del siglo XX, siempre con Rufo Batalla como enlace perfecto entre la ficción y la realidad. Eduardo Mendoza ha estado en nuestras vidas desde el principio. En los libros de texto, en los programas de literatura. Es de esos escritores que ya forman parte de la historia literaria consolidada, o como quiera llamarse, de esos escritores cuya obra nos recorre y recorre el espinazo del siglo, sin faltar nunca un punto a la verdad, que diría Cervantes, sin abandonar nunca el sentido del humor.

En palabras de John Rutherford, pocas cosas hay más cervantinas que el humor. Le digo que siempre lo recordamos, desde aquellos manuales de los ochenta, por La verdad sobre el caso Savolta (la censura no permitió su título original, Los soldados de Cataluña), una novela que nos dio bastante trabajo como estudiantes algo desorientados, qué duda cabe, pero que nos ilustró y nos hizo pensar en el paso de la dictadura a la democracia (se publicó en 1975), aunque tratara de otra época. La novela, a pesar de ser una opera prima, instaló a Mendoza en el gran mapa literario, y en ese mapa ya no ha dejado de figurar desde entonces. Y ahí sigue, activo como nunca, enfrascado ahora en los avatares de Rufo Batalla, y en otras mil cosas. Con respecto al teatro, cabe señalar que Eduardo Mendoza lo considera el verdadero germen de su condición de escritor. Su padre, actor de juventud, fue un gran entusiasta del teatro y acudía prácticamente a todas las representaciones en la ciudad de Barcelona. Así descubrió Mendoza la magia de las tablas, la fuerza de los diálogos, la magia de los escenarios que podían transformarse en casi cualquier cosa. Aquellos años en los que su padre le llevó a conocer el teatro, sin importarle que la obra en cuestión no fuera una adaptación infantil o juvenil, acercaron al joven Mendoza de forma irresistible a la literatura. Y le condujeron a escribir algunas obras, a traducir otras y a adaptar algunas. Aunque fue Beckett su gran inspirador, como ha contado alguna vez, especialmente en el prólogo a un volumen excelente, Teatro reunido (Seix Barral).

Cuando quiso ser actor en su juventud, con éxito escaso, según reconoce, se vio involucrado en la representación de Esperando a Godot y tuvo que mecanografiar completa la obra (había hecho un curso de mecanografía), porque no tenían dinero suficiente para adquirir más allá de un ejemplar. Y copiando a Beckett aprendió, dice, el valor de cada palabra, y la importancia no sólo de leer a los clásicos, sino quizás de reproducir sus textos, como excelente aprendizaje literario. En el argumento de El negociado del ying y el yang vuelve sobre el mundo del teatro. Eduardo, creo que una de las características de tus personajes, la pasividad rebelde (a lo Bartebly, podríamos decir) brilla con luz propia otra vez en esta segunda entrega de las andanzas de Rufo Batalla. Creo que el título, donde incluyes la palabra 'negociado', tan del lenguaje administrativo, tiene ya un notable punto irónico. Primero quiero agradecer esas menciones que has hecho al teatro [en mi obra]. No me pregunta mucha gente por esto, la verdad, así que lo agradezco mucho. Suscribo todo eso que has dicho. En cuanto a lo del título de esta nueva novela, bueno... ante todo he de decir que yo soy muy malo poniendo títulos (risas). Pero ahí en la primera fila está Elena Ramírez que me ayuda mucho, junto a otras personas. Por supuesto, al final tienes que responsabilizarte del título que aparece impreso. Lo del negociado tiene que ver en mi libro con el negociete, más allá de lo del lenguaje administrativo (risas de nuevo), pero eso se advierte al leerlo.

En la corte imperial de Kioto, en el Japón del siglo XI, existía un ministerio del ying y el yang. Como esta dualidad lo gobernaba todo, decidieron crear uno con ese nombre, pero nadie supo nunca muy bien a qué se tenía que dedicar. Así que no servía para nada, como la mayoría de los ministerios del Japón de aquella época... Y no sigo con la metáfora... (risas).

Es una forma de entender el mundo, disparatada, sí, pero no más disparatada de la que tenemos nosotros, los occidentales. Leí que están investigando ahora en Japón la manera de conseguir que no nos muramos nunca. Sería el equilibrio entre el Yin y el Yang. A estas algunas aún estamos así... lo malo es que no lo han conseguido (más risas). Este personaje, tan rebelde pasivo, como le has llamado, se ve sorprendido por estas cosas. Las ve con interés y hasta con cariño... Con el Yin y el Yang van tirando... Como nosotros con nuestras cosas. Ahora, ¿qué significa el título? Pues ni idea.

Con la trama situada en los años próximos a la muerte de Franco, dibujas la España de entonces vista desde Nueva York, un destino que tú mismo tuviste, como traductor de la ONU, en 1973. Por supuesto [interviene aquí Pintor], hay mucho de tus recuerdos y de tu propia experiencia. En tu novela dices que en aquella idea de España desde NY "convivía Unamuno, Lola Flores y el último chisme llegado desde los mentideros de Madrid". Resulta interesante ver cómo los funcionarios se iban asentando allí, como la ciudad crecía con sus musicales, y el Studio 54... al tiempo que estaban a punto de llegar noticias sobre la muerte del dictador.

Era vivir en un mundo que aún no estaba muy cohesionado. La globalización era incipiente, pero la verdad es que nos parecía que, a pesar de vivir en Nueva York, en realidad estábamos aislados del mundo. No llegaba la prensa española. La radio y la televisión americanas no daban noticias de España. Dijeron lo de la muerte de Franco un día y no volvieron a hablar más de eso hasta lo de Tejero, años después. Creo que España les parecía un país remoto. Recibíamos, eso sí, cartas. No muchas. Y alguno llegaba de visita, aunque tampoco eran demasiados los que se aventuraban hasta Nueva York.

No estaba de moda como destino turístico, eso sólo estaba empezando. Nueva York inspiraba cierto temor y también cierto respeto. A la gente no le parecía una ciudad muy atractiva y sí bastante peligrosa. Teníamos un país próximo que no era el nuestro y uno muy lejano que sí era el nuestro. Flotábamos. Pero no se estaba mal (risas). A mí me gusta cada vez más flotar... Yo era funcionario también. Sedentario, fiel y ordenado. Éramos amables, con algunas excepciones. Había gente culta, pero nos gustaba también el fútbol. Y los crucigramas. Y todo eso situado en aquella estación espacial que era la Nueva York de los 70, con la basura en las calles y el Studio 54.

En la novela, la muerte de Franco se cuenta con un "ya está". Sin decir más. Así se lo anuncia telefónicamente al protagonista su propia hermana. Sobraban las palabras, al parecer. Se entendía perfectamente.

Sí. Cuando escribía el libro (iba ordenando los recuerdos, analizándolos, porque la memoria es engañosa) llegué a la conclusión de que la Transición fue decisiva desde el punto de vista práctico. Pero desde el lado emocional lo que importó fue, yo creo, la muerte de Franco. El hecho de ser capaces de decir: ya no está. Y eso produjo una catarsis, porque éramos adultos entonces y no habíamos conocido otra cosa.

Es como un teatro que se cae de pronto y descubres que la función que estás viendo no es nada, que detrás hay una pared. Durante bastante tiempo la realidad de Franco se había sustituido a nivel popular por los chistes de Franco. Todo el mundo los contaba y eso nos dejaba muy tranquilos: convertimos en un gran chiste lo que no tenía ninguna gracia. Por eso me rebelo ahora contra las caricaturas de los políticos en televisión: les quita responsabilidad. Ahora hay muchos chistes de Trump en Estados Unidos: mala señal.

Lo cierto es que cuando Franco murió, nos dimos cuenta de que nos habíamos engañado a nosotros mismos con tanto chiste, y nos quedamos tocados para siempre al descubrir que habíamos vivido en un mundo ficticio. Y di mucho tiempo vueltas al hecho de que la muerte de Franco, el hecho biológico, significara tanto. Lo que sucedía es que empezaba otra época y no sabíamos muy bien qué papel nos tocaría representar.

Tú estabas en Nueva York el día en que Franco murió.

Sí, estaba allí. Por eso digo que no se murió el 20-N, sino el 19-N para nosotros. Dijimos: ¿y ahora qué hacemos? Fuimos a tomar unos whiskies a un bareto. Estábamos entre contentos y decaídos, algo muy raro. No sabíamos qué sería de nuestras vidas.

El humor, sin embargo, es necesario para vivir. Tu obra está llena de humor, como es bien conocido, Eduardo. Seguramente es como hay que mirar el mundo para sobrevivir. Tus personajes están a menudo perplejos ante la vida, envueltos en el absurdo, en momentos surrealistas, quizás porque el mundo que nos rodea es realmente así.

Totalmente. Mis personajes viven en un estado de perplejidad. Como yo. Piensas que los demás deben de estar locos, pero entre esos 'demás' uno tiene que incluirse... La gente hace unas cosas... No te digo ya la familia (risas). Yo volvía a veces de Nueva York y me reencontraba con mi familia... Allí estaban sentados, tal y como los había dejado. Bueno, un poquito mayores, pero igual... Me decían: "¡Hombre, Eduardo, qué alegría verte, hacía ya tanto tiempo!". Y luego: "Espera Eduardo, que es que ahora van a dar el telediario y..." Y se ponían a verlo, así que no me volvían a hacer caso. Me daba cuenta de que por allí no había pasado el tiempo. Yo participaba de ello, desde luego. Hay un raro orden dentro del desorden, pero me sorprende mucho que el mundo aún funcione.

La creación onomástica de tus personajes es notable [subraya Pintor]. No sólo los nombres, que ya dicen mucho, sino sus actitudes desconcertantes. La abadesa, ¡y sus cartas!, es un buen ejemplo. Y por supuesto Monica Coover y el príncipe Tadeusz Tukuulo y el inexiste país de Livonia. Además de recoger acontecimientos históricos y culturales de la época que trato, o Japón como fenómeno global que está a punto de invadirnos en determinados aspectos, también recorro la literatura que me ha hecho vivir. Me ha gustado rescatar el género epistolar in articulo mortis. El personaje de la abadesa de las Clarisas de Tordesillas, es cierto, tiene su cosa... Piensa Rufo invitarla a un musical en Nueva York, pero tiene dudas [por si el musical es un poco subido de tono], y al final, aunque está bastante sorda y no conoce el idioma, es la que más disfruta... En agradecimiento, ella le enviará unas cartas que parecen las cartas de la monja portuguesa, donde le hace reflexiones sobre la vida, o sobre la Guerra Civil. Yo me encariñé mucho con la abadesa, la verdad, porque me pareció otro extraterrestre, como Gurb.

Esta novela es un viaje a Oriente, pero muy desorientado, digamos. Es un festival étnico, por ejemplo.

Es un viejo truco de las novelas del siglo XVIII, que es mi siglo literario. Yo soy un escritor del siglo XVIII. Mi novela es como aquellas de peregrinaje. Mi personaje no hace casi nada, pero se va encontrando a gente que le construye el mundo a su alrededor. Son novelas corales, con mucha gente, como los contrabandistas de Tailandia, etc. Son novelas de adaptación. Mi personaje es muy receptivo, todo sucede en tres días, pero él se implica en todas las culturas en las que se va viendo envuelto. Se va transformando. En realidad, nunca he creído eso de que no podemos entender las culturas orientales porque somos occidentales: ¡a lo mejor es que ellos no las explican bien! Pero bueno, en la novela aparece también Alemania, un país que está siempre autoanalizándose, preguntándose con desgarro por su terrible historia pasada. Es un país poco estudiado, en mi opinión. La revolución del teatro viene de Francia, de inmigrantes como Ionesco, pero la máxima expresión teatral se dio precisamente en Alemania.

En la novela sale un helicóptero, de los de Vietnam. Dicen que es un homenaje a Apocalypse Now.

Sí, lo he leído. Bueno, las imágenes se parecen, claro. Yo tengo un recuerdo muy nítido de Vietnam. Esa guerra la viví en Estados Unidos, como la muerte de Franco. Pero claro, es que la guerra de Vietnam la viví con gente que fue llamada a filas, algunos que tuvieron que salir por piernas a Canadá, era algo que estaba en los informativos americanos todo el día. Y todo el mundo sabía que era completamente inútil. Era la ruina total. Los helicópteros, tan enormes, nos impresionaban, significaban la guerra moderna en aquel tiempo. Acabaron vendiéndose en el mercado negro. Y por eso aparecen en la novela.

Una cosa grandiosa de tu literatura es esa capacidad de mimetizar la Historia, incluso la más solemne, con lo inmediato y lo doméstico. Como cuando dices: "aproveché para preguntarle cómo iba el Barça" (risas). Hay mucho detalle divertido. Y todo el mundo paga en los taxis, no como en las películas.

Yo crecí en la cultura de los cines de barrio, las sesiones dobles de la tarde. Me molestaba que en las películas todo el mundo encontrara aparcamiento delante de la puerta, por ejemplo. ¿Cómo es que los porteadores o los aventureros no tenían que pararse a hacer sus necesidades en la selva? O sí, lo de no pagar el taxi jamás. A veces he buscado en la hemeroteca el tiempo que hacía de verdad el día concreto al que me estoy refiriendo en la historia. De vez en cuando hay que echar un ancla a la realidad. Pero, en fin, todas estas cosas mes salvan, y voy escribiendo, una, otra, otra (risas). Porque cuando escribí 'La verdad sobre el caso Savolta' ya pensé que no me quedaba nada que contar.

Alguien [del público] te pregunta si lo de Cataluña podrá resolverse con sentido del humor.

Hum, no creo, ahora mismo, no. Como todo conflicto está causando muchos inconvenientes. Todo lo que tiene, por ahora, es negativo. No sé cómo se resolverá, ni siquiera sé si se resolverá. Yo de momento lo veo con más amargura que otra cosa.

El brexit, ya que vives en Londres, quizás sí que tiene su humor. Incluso Boris Johnson.

Bueno, Johnson es demagogo e inconsecuente, pero, por ejemplo, también le he oído recitar fragmentos enteros de la Ilíada, de memoria, en griego. Y habla latín muy bien. Es uno de estos productos decadentes de Eton, de Oxford... Yo creo que se ha metido en esto por puro petardismo. No entiendo qué hace ahí. El brexit lo sigo con la misma perplejidad que todo lo demás. Va a perjudicar a todos, pero vaya, ellos siguen adelante muy contentos, la verdad.

ENTREVISTA

"La Guerra de Vietnam la viví con gente que fue llamada a filas, era algo que estaba en los informativos americanos todo el día. Y todo el mundo sabía que era completamente inútil."

"Lo de Cataluña no sé cómo se resolverá, ni siquiera sé si se resolverá. Yo de momento lo veo con más amargura que otra cosa"

"Hay un raro orden dentro del desorden, pero me sorprende que el mundo aún funcione".

"En realidad, nunca he creído eso de que no podemos entender las culturas orientales porque somos occidentales: ¡a lo mejor es que ellos no las explican bien!